La Gen Z, un nuevo estallido social y el futuro de Francia

Marco Fonseca

octubre 17, 2026 - Actualizado octubre 16, 2026
Marco Fonseca

En la Francia de 1968, si bien las cifras diarias fluctuaron, el movimiento de protesta en su conjunto resultó en más de 1 mil arrestos el período alrededor del 25 de mayo. Y los disturbios más amplios involucraron cientos de arrestos a lo largo de varias semanas.

Una de las dinámicas más importantes para la izquierda en 1968 fue el auge de la Nueva Izquierda y la ruptura generacional e ideológica con la «Vieja Izquierda». Esto significó un rechazo tanto de los partidos comunistas estalinistas (considerados burocráticos, autoritarios y comprometidos por la invasión soviética de Checoslovaquia en agosto de 1968) como de los partidos socialdemócratas (considerados demasiado reformistas, centristas y cómplices del capitalismo del bienestar).

Los partidos de izquierda y sus organizaciones de masas no jugaron un papel relevante en la Francia del 68, excepto como frenos del levantamiento popular. Los partidos de izquierda fueron desbordados por el movimiento, no lo lideraron. El Partido Comunista Francés (PCF) y su frente sindical, la CGT, eran las organizaciones de masas más grandes de la izquierda obrera, pero su papel fue canalizar y frenar el movimiento, para nada impulsarlo. El PCF acusó a los estudiantes de ser «gauchistes» (izquierdistas aventureros), se opuso a que entraran en las fábricas ocupadas y, cuando la huelga general estalló, la orientó hacia demandas salariales y un «gobierno popular», es decir, hacia un desenlace electoral, no revolucionario y controlado por la supuesta vanguardia natural del proletariado.

Por su parte, la SFIO (sección francesa de la Internacional Socialista, bajo François Mitterrand) y el Partido Socialista Unificado (PSU), con Pierre Mendès France, también se movieron tarde y de forma cautelosa. Mitterrand declaró grandiosamente que «ya no hay Estado» el 28 de mayo, pero sin una estrategia clara para refundar uno nuevo. Mendès France se ofreció a formar un gobierno, pero sin el respaldo del PCF, la propuesta no cuajó y voló al aire.

La izquierda radical — incluyendo trotskistas (LCR, OCI), maoístas (JCR) y anarquistas — sí estaba presente en las calles y en las ocupaciones, pero era marginal en términos de militancia y no tuvo capacidad alguna de dirección. Nada raro en eso.

El resultado es que ningún partido de izquierdas logró articular una respuesta política creíble, amplia y audaz ante la crisis. Los gaullistas capitalizaron el miedo al «complot comunista», de Gaulle disolvió la Asamblea y convocó elecciones, y en junio de 1968 la izquierda fue completamente arrasada: el PCF pasó a 34 diputados y la FGDS (coalición de Mitterrand) a 57, frente a 353 de la mayoría gaullista. Un desastre total para las izquierdas.

Pero en las calles y con una nueva generación de intelectuales surgiendo de las universidades francesas, pero también de las calles, el enfoque tradicional sobre el proletariado como único agente revolucionario se amplió para incluir la raza, el género, la sexualidad, la ecología y el antiimperialismo. Aunque figuras ya establecidas como Sartre (el «intelectual comprometido») y Simone de Beauvoir, junto con Henri Lefebvre, Marguerite Duras, Michel Leiris, Nathalie Sarraute, Roger Caillois y otros firmaron la declaración de solidaridad con los estudiantes el 8 de mayo y distribuyeron La Cause du Peuple en la calle (Althusser mantuvo una «distancia crítica»), otros intelectuales cambiaron el discurso casi por completo. Deleuze, por ejemplo, manteniendo un pie en la academia y otro en las calles, se involucró directamente y, como su resultado, su trabajo Diferencia y repetición (1968), así como su colaboración con Félix Guattari (Antiedipo, 1972), fueron productos directos de la experiencia de 68. Foucault, aunque estaba en Túnez, se vio empujado hacia su compromiso posterior con el Groupe d’information sur les prisons (1971) y la figura del «intelectual específico». Jean-François Lyotard, Alain Badiou, Jacques Rancière, particularmente sus obras posteriores (Inacabable, Teorema del devenir-revolucionario, El maestro y su escribano) hicieron lecturas filosóficas de mayo. Derrida y Bourdieu, sin embargo, mantuvieron distancia e incluso cierto escepticismo. Guy Debord y la Internacional Situacionista, sin embargo, fueron «los pensadores que más directamente influyeron en la sensibilidad de mayo».  Los grafitis, las consignas, la estética de la ocupación, todo eso fue situacionismo. Debord no fue un intelectual en el sentido académico, pero su influencia fue enorme.

Fue pues de las luchas y pensamientos del 68 que «lo personal es político» se convirtió en un principio rector. Antijerarquía y democracia participativa, rechazo a los partidos de vanguardia en favor de la acción directa, la protesta masiva, la toma de decisiones por consenso y la autogestión popular. El influjo del existencialismo (Sartre) y del situacionismo (Debord) fue evidente cuando la transformación cultural se convirtió en acción política, la libertad individual y la autenticidad se convirtieron en objetivos de la lucha política, no sólo en la reestructuración económica. También hubo una articulación liminal entre estudiantes y trabajadores que fue especialmente visible cuando las sentadas estudiantiles se fusionaron con ocupaciones de fábricas y una huelga casi general, sugiriendo una coalición entre «universidad, fábrica y colonia».

El contexto global del 68 no debe ser ignorado. La lucha contra la guerra de Vietnam fue el punto unificador que unió estos hilos en Estados Unidos, Europa occidental e incluso Japón. Aunque la Nueva Izquierda nunca ocupó el poder estatal, sí transformó permanentemente la política de izquierda en Francia, Europa, Estados Unidos y más allá, sembrando movimientos posteriores en el feminismo, el ambientalismo y, más recientemente, el descolonialismo y las políticas de identidad.

El escenario francés en 2026 es una repetición, pero con matices cruciales. A un mes después de las protestas sindicales de septiembre en rechazo a las políticas de austeridad del gobierno de Emmanuel Macron, una nueva ola de protestas estudiantiles está recorriendo a Francia con un pliego de demandas más amplio y crecientemente más desafiante. El resultado contable hasta mediados de octubre de 2026 es que cerca de 7.000 personas han sido arrestadas en toda Francia, la gran mayoría menores de edad. A este ritmo y en términos de represión, con un despliegue policial y represivo sin precedentes, 2026 ya superó a 1968. Pero las articulaciones políticas ofrecen un panorama nuevo que debe ser apuntado.

En el centro del movimiento actual hay años de recortes al Estado de seguridad social, consolidado precisamente después del 68, con los correspondientes recortes presupuestarios y demás políticas de austeridad que han chocado con una población juvenil que se piensa como una generación cuyo futuro ha sido robado. Francia tiene las clases con el mayor tamaño de Europa (el 70 por ciento de las clases de lycée superan los 30 estudiantes), y el año pasado se perdieron ~20 millones de horas de clase debido a ausencias no reemplazadas de docentes. No es casual que el movimiento haya comenzado en el Lycée Saint-Exupéry de Créteil, y no en París propiamente dicho, como en el 68. Esto le ha dado al estallido social desde el primer día una dimensión clara de edad, clase y contexto social, pues los estudiantes de zonas de escasos recursos han sido los más abandonados por las políticas de austeridad del Estado y son ellos/as, ahora, quienes están al frente de la resistencia.

Las protestas han coincidido con huelgas a nivel nacional rechazando el presupuesto de reducción de costos de 54 mil millones de euros del gobierno para 2027, vinculando demandas específicas de las escuelas con un sentimiento antiausteridad más amplio en el país. La France Insoumise (LFI) ha tenido cierta influencia ideológica, pero ha rechazado acusaciones de haber orquestado el movimiento. En realidad, el movimiento de protesta estudiantil ha sido organizado de modo autónomo y desde abajo. Al momento de escribir esta nota, todavía no hay demandas nacionales articuladas, aunque podrían surgir en cualquier momento.

Hay algunos elementos adicionales en juego en 2026 que no estuvieron presentes en 1968. El primero es la crisis climática como un factor ya real en la vida de la juventud. Los estudiantes citan explícitamente las olas de calor de 2026 en Europa — con aulas que alcanzaron los 40 °C y unas 8 mil muertes en Francia — como motivo de la protesta. Entre sus demandas públicas figura la instalación de sistemas de climatización en las escuelas. Greta Thunberg participó en un bloqueo en Saint-Denis el 13 de octubre que, según la revista digital The Conversation, vinculó la protesta con una crisis climática que afecta a escuelas con un aislamiento deficiente dándole al movimiento un carácter global «sin precedentes».

El segundo elemento es Palestina. The New Yorker señaló que, en los bloqueos, «las banderas palestinas han sido tan habituales como las tricolores». Activistas propalestinos y grupos antifascistas forman parte de la coalición más amplia que ha confluido en torno al movimiento. Aunque Palestina no sea la motivación central del movimiento, se trata de un tema explícito y recio que también tiene resonancia a nivel global.

Aparte de esto, estas protestas de la Gen Z también han citado la guerra en Ucrania como parte de una crisis de carácter global y ven «una guerra en Europa del Este acompañada de un aumento de los presupuestos militares que contrasta con un déficit crónico en la financiación de la educación». Un estudiante lo expresó directamente: «El presupuesto de educación se está recortando en pedazos mientras se destinan muchos fondos adicionales al ejército». A lo anterior se suma la presión del costo de vida (combustible, energía, inflación en general), producto de la guerra contra Irán, como otro agravio alimentando el espíritu de la protesta. La movilización anunciada para el 17 de octubre se centra específicamente en los precios del combustible y el costo de vida, y se espera que se fusione con el movimiento estudiantil. Finalmente, la crisis de deuda de Francia y del modelo subyacente de capitalismo neoliberal son la limitación estructural de fondo. Los mercados de bonos están castigando a Francia, los costos de endeudamiento están aumentando y el gobierno ya no tiene espacio fiscal para responder a las demandas de los estudiantes o de sus acreedores.

Las protestas estudiantiles en Francia no son una expresión aislada, aunque tampoco articulada con las protestas de estudiantes en Bélgica, Italia («Hagamos como en Francia»), Grecia, Albania, Irlanda, Alemania y Austria. Pero en todo el continente hay una atmósfera que huele a estallido social y, en la efervescencia de la revuelta, es obvio esperar también que los discursos de la posverdad entren en juego, desde la Casa Blanca hasta el Rassemblement National. Por ejemplo,Trump ha declarado falsamente que la inmigración y al islam son los factores clave que han motivado los «disturbios» en Francia.

El linaje histórico que va desde Charles de Gaulle y Georges Pompidou hasta Macron y Lecornu no podía ser más sugerente. El Primer Ministro, Sébastien Lecornu, es una figura gaullista, socialmente conservadora y de derecha. Él es quien ha ordenado el despliegue brutal de las fuerzas policiales contra la juventud de Francia y quien ha estimulado la represión sin precedentes de las protestas estudiantiles y la luchas contra la austeridad. También lidera un frágil gobierno minoritario sin mayoría parlamentaria, sin legitimidad social y sin tiempo para enderezar su rumbo hacia el desastre. El gobierno de Macron está operando, esencialmente, en modo interino, tratando de sobrevivir el estallido social y la votación del presupuesto (calendarizada para el 17 de noviembre) esperando que se caliente la carrera por la elección del próximo presidente y el electorado le de atención a otros asuntos.

Lo más perturbador de la coyuntura presente, además de la brutalidad policial, es lo que acecha en la sombra de la elección presidencial a llevarse a cabo entre el 18 de abril y el 2 de mayo de 2027. La dirigente ultraderechista, Marine Le Pen, está obteniendo alrededor del 35 por ciento de aprobación en las encuestas y actualmente se coloca como la favorita. El auge de la extrema derecha sirve también de contexto y factor amplificador para la protestas, aunque no es su causa principal. Los principales motivos de lucha (falta de financiación, infraestructura en ruinas, recorte de docentes, etc.) son anteriores al actual aumento de la extrema derecha. Aún así, el ascenso de Rassemblement National (RN) da forma y contexto al movimiento de protesta de varias maneras importantes. Agrega una dimensión de «futuro en juego» para muchos manifestantes. Un comentario de primera línea de The Guardian cita a un estudiante que se preocupa explícitamente por un gobierno de extrema derecha: «Es casi seguro que un futuro gobierno de extrema derecha intensificaría este tipo de tensiones». En los bloqueos también aparecieron pancartas que decían «Que se joda RN» y consignas de los manifestantes coreando «todos somos antifascistas». El movimiento contiene, por tanto, un rechazo claro a la extrema derecha aunque una probable victoria de la RN en 2027 sea ahora algo deprimentemente posible.

Para la prensa liberal y centrista como CNN la situación en Francia representa «una carrera feroz entre la extrema derecha y la extrema izquierda por la presidencia, con gran parte del centro tambaleándose». Aunque se trata de una lectura superficial, las protestas sí se han convertido ahorita en el campo de batalla central del presente y de la campaña electoral en marcha hacia 2027. La extrema derecha, con Marine Le Pen (RN), proponen seguridad, así como «ley y el orden», presentando los disturbios como una prueba de que el gobierno de Macron ha perdido el control. Para Jean-Luc Mélenchon (LFI), sin embargo, los estudiantes representan el sentir profundo de la nación y denuncia la brutalidad policial y la respuesta estatal a sus demandas.

El discurso de la extrema derecha le da al gobierno un pretexto y voluntad política para adoptar una línea represiva. La caracterización que hace el Ministerio del Interior de los disturbios como «violencia urbana», junto con los informes de inteligencia que culpan a LFI, se alinean con el discurso de la extrema derecha. Esto permite al gobierno de Lecornu justificar la violenta respuesta policial usando granadas paralizantes, gases lacrimógenos contra menores y el arresto masivo y sin precedentes de adolescentes de educación media.

El discurso de RN se nutre, también de la desinformación que emana de figuras de extrema derecha global como Alex Jones y Tommy Robinson, quienes han difundido videos falsos y engañosos que enmarcan las protestas como una «guerra civil» impulsada por la inmigración y la «extrema izquierda».

El ascenso de la extrema derecha no es la causa principal del presente estallido social francés, pero sí es un factor importante del porqué ahora y del por qué esto es diferente al 68. El movimiento se produce en el momento preciso en el que parece probable un gobierno de extrema derecha, lo que aumenta las apuestas, añade una capa antifascista a un movimiento que de otro modo se centraría en la educación o la austeridad y convierte las protestas en el tema definitorio de la carrera presidencial de 2027. Aquí se está jugando el futuro de Francia y, quizás, de toda Europa.

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