La independencia que no llegó

Juan Francisco Sandoval

septiembre 16, 2025 - Actualizado septiembre 16, 2025
Juan Francisco Sandoval

Esta semana Guatemala se cubrió de azul y blanco. Las plazas se llenaron de banderas, los niños salieron a desfilar, las autoridades repitieron sus discursos de siempre sobre libertad y patria. Desde el exilio, esas imágenes me mueven emociones encontradas: nostalgia por mi tierra, tristeza por la distancia, pero también una profunda frustración.

Amo a mi país. Amo su olor a tierra mojada después de la lluvia, su diversidad de pueblos, el esfuerzo de su gente que trabaja desde antes del amanecer para sostener a sus familias. Amo el espíritu de solidaridad que siempre aflora en los peores momentos. Pero también llevo a cuestas su dolor, su historia de desigualdad, la persecución que me obligó a dejarlo todo atrás.

Por eso me cuesta celebrar. Porque, aunque en los libros de historia se nos diga que hace más de 200 años fuimos libres, la verdad es que esa independencia nunca llegó para todos. Fue una independencia hecha a la medida de quienes ya tenían poder y buscaban conservarlo. Y dos siglos después, las grandes mayorías siguen excluidas, el racismo y el clasismo siguen marcando quién tiene acceso a justicia, a oportunidades y a una vida digna.

¿Podemos hablar de independencia cuando el Estado ha sido tomado por redes de corrupción que saquean los recursos públicos y utilizan la justicia para perseguir a sus críticos? ¿Podemos hablar de libertad cuando los pueblos originarios ven amenazados sus territorios y quienes los defienden terminan criminalizados? ¿Podemos hablar de soberanía popular cuando el miedo y la desinformación han sustituido a la participación ciudadana?

Desde donde estoy, lejos de mi casa, he visto a colegas encarcelados, a líderes comunitarios difamados, a periodistas hostigados, a jóvenes reprimidos por atreverse a exigir un futuro diferente. También he visto cómo se premia a quienes traicionaron el mandato de servir al pueblo. Todo esto confirma que lo que tenemos no es una república libre, sino un sistema que protege privilegios y castiga la disidencia.

El exilio me ha enseñado que la patria no es solo el suelo que se pisa. La patria está en la memoria, en las historias que cargamos, en los nombres de quienes ya no están porque los asesinaron por soñar con un país distinto. La patria está en las madres que buscan justicia para sus hijos, en los campesinos que resisten el despojo, en las mujeres que no se cansan de denunciar la violencia.

Por eso, para mí, el 15 de septiembre no es un día de fiesta sino de compromiso. Es un recordatorio de que la verdadera independencia está pendiente, que no basta con ondear una bandera si el país sigue siendo rehén de la impunidad. Celebrar debería significar exigir que la justicia deje de ser un arma contra el pueblo y se convierta en la base de nuestra convivencia.

Yo sigo soñando con el día en que pueda regresar, caminar sin miedo por las calles, servirle de nuevo a mi país desde la justicia, y ver que esta vez sí somos libres de verdad. Hasta que llegue ese día, mi manera de celebrar será seguir denunciando, resistiendo y creyendo que Guatemala puede y merece ser mejor.

Y a quienes están allá, les pido que no se acostumbren a la injusticia ni al silencio. Que no normalicen el miedo. La independencia no se celebra una vez al año: se construye cada día con actos de valentía, con exigencia ciudadana, con solidaridad entre quienes sueñan con una Guatemala distinta. Si cada uno hace su parte, llegará el momento en que podamos celebrar sin reservas. Y entonces sí, la fiesta será de todos.

Tags:

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?