Con bastante interés se esperaba la elección de la junta directiva del Congreso de la República 2026-27. Lo que inicialmente sería la confrontación entre dos planillas, se convirtió en una especie de referéndum, al postularse un solo listado como resultado de las negociaciones entre ocho partidos; en su mayoría expresiones de medio pelo que, de manera individual, no tendrían mayor incidencia.
Se trata de la expresión de una entremezcla de intereses, que para mantenerse mínimamente articulados requerirá, como ha sido la constante en otras ocasiones de directivas multipartidarias, de múltiples incentivos para aceitar la diversidad de engranajes; siendo el principal el presupuesto para el 2026.
Lejos de las narrativas que han expresado diputados y uno que otro activista social, lo sucedido la tarde del pasado martes no representa el triunfo de la democracia, el beneficio para el país, y menos aún un hito o triunfo del gobierno de la República. No olvidemos que la directiva del Congreso es un dispositivo, una herramienta dispuesta a ser utilizada por quienes tuvieron la capacidad y astucia de conjuntar un bloque parlamentario integrado por minorías que ahora tendrán el chance de ser aparentes protagonistas. Para ello es indispensable disponer una diversidad de incentivos, incluso de tal relevancia, como para desbaratar la conformación de la planilla contraria. Así que la nueva JD estará a merced, primero, de los intereses del actor que logró tal conjunción de intereses (el articulador), y segundo, a expensas de los resultados que vayan logrando a lo largo del ajetreado ciclo que está por delante.
Las dos planillas que se esperaba que compitieran entre sí no son más que dos caras de la misma moneda, siendo una de ellas un tanto más lustroso que la otra. Así que dejemos de lado los mensajes que quieren hacer ver en ganaron los “buenos”. Por supuesto que representa una dosis de oxígeno el hecho que las expresiones más delincuenciales (la cara más sucia) no hayan logrado, ni siquiera, presentar mínima resistencia. Me refiero a VAMOS, UNE (facción Torres) y Unionista. Pero ojo, buena parte de sus representantes votaron en favor de los ganadores, lo cual indica coexistencia y beneplácito.
El juego de intereses continúa y se revelarán, uno tras otro, en los capítulos que están por verse. Los actores perversos, unos representados en el Congreso y otros pululando en su exterior, mantienen inalterables sus propósitos de lograr la mayor cooptación institucional posible. Incluso, los roces y enfrentamientos entre ellos (luchas entre lobos de la misma manada), son oportunidades que podrán ser capitalizadas en favor, allí si, de vientos esperanzadores.
El Ejecutivo no fue el actor protagónico responsable de conjuntar la alianza, con lo cual seguirá siendo marginal y utilitario. Se le seguirá tomando en cuenta en su rol de generador de incentivos (cobrador y caja de los recursos públicos), pero no como su administrador. A lo sumo podrá, si cuenta con un mínimo de cintura política, en actor que aproveche los resquicios y coyunturas a futuro para incidir en favor de algunas iniciativas. Por el contrario, si ni siquiera quiere asumir este rol, seguirá siendo presa fácil de una alianza caracterizada por los intereses extractivos.
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