Sembrar sobre arena

Hugo Maul R.

abril 27, 2026 - Actualizado abril 26, 2026
Hugo Maul R.

La discusión sobre el desarrollo en Guatemala suele centrarse en la cuantía de los recursos asignados o en la aprobación de nuevas normativas. Sin embargo, se ignora con frecuencia un factor determinante: la capacidad de implementación del Estado. Según el análisis global presentado en el libro Building State Capability, Guatemala se sitúa entre las naciones con una de las capacidades estatales más débiles del mundo. Esta condición genera lo que se denomina una «trampa de capacidad«, donde las instituciones logran cumplir con la apariencia de modernidad sin alcanzar nunca la funcionalidad esperada.

En este contexto, resulta fundamental distinguir entre la generación de «productos» y la consecución de «resultados». El aparato público guatemalteco ha demostrado ser relativamente eficiente en la producción de insumos visibles: se inauguran edificios, se emiten reglamentos y se ejecutan partidas presupuestarias. No obstante, estos productos rara vez se traducen en resultados reales para la ciudadanía; la infraestructura no mejora la logística, las leyes no garantizan justicia y los servicios básicos no llegan a quienes los necesitan. Se observa, por tanto, un sistema que gasta recursos pero que no resuelve problemas estructurales.

Esta desconexión entre el esfuerzo institucional y el beneficio real puede ilustrarse mediante una analogía geográfica. Considérese la situación de un agricultor guatemalteco, experto en la gestión de suelos fértiles, que es trasladado repentinamente a un desierto absoluto con la misión de cultivar hortalizas. A pesar de su voluntad y conocimiento técnico, el agricultor se enfrenta a un entorno que es hostil por diseño. En el desierto, la supervivencia de cualquier simiente depende de condiciones que el terreno simplemente no ofrece de forma natural.

Sembrar hortalizas en el desierto no fracasa por falta de semillas, sino porque el entorno impide que la semilla se convierta en fruto. En el sector público guatemalteco, sembrar en el desierto significa enfrentar cuatro condiciones adversas al mismo tiempo. Primero, el agua no llega a la raíz: el presupuesto se consume en trámites, controles formales, compras lentas y burocracia estéril antes de convertirse en servicio efectivo. Segundo, el suelo no procesa los nutrientes: por más leyes, préstamos o consultorías que se apliquen, una burocracia sin carrera administrativa, mérito ni estabilidad técnica no logra transformar esos insumos en resultados. Tercero, la radiación política quema los brotes antes de que maduren: cada cambio de autoridades reinicia prioridades, desmantela equipos y sustituye políticas de Estado por urgencias de corto plazo. Finalmente, cuando aparece un pequeño oasis de eficiencia, el propio sistema lo vuelve presa de plagas clientelares: presiones políticas, captura de las instituciones y corrupción que terminan devorando su capacidad antes de que se consolide.

En la antigua Persia, la capacidad de hacer florecer el desierto era la prueba máxima de competencia política. Para los persas, un gobernante no solo era un guerrero, sino un jardinero del Estado. En territorios áridos, la prosperidad no dependía simplemente de tirar semillas al suelo, sino la gestión del agua para el riego y el ordenamiento del territorio. En un entorno donde la escasez era la regla, los persas desarrollaron sistemas hidráulicos —los qanats— que no solo permitían llevar agua a largas distancias, sino sostener ciudades, agricultura y comercio en condiciones donde otros solo veían desolación. De hecho, la propia palabra “paraíso” proviene del persa antiguo pairidaeza, que hacía referencia a jardines amurallados irrigados artificialmente: espacios donde el orden humano lograba imponerse sobre la aridez natural. No era un lujo estético, sino una demostración de poder estatal.

Como los acueductos romanos, los qanats eran más que infraestructura: eran evidencia tangible de una civilización capaz de organizar recursos, conocimiento y autoridad para transformar el entorno de manera duradera. Construir y mantener qanats implicaba coordinación intergeneracional, conocimiento técnico acumulado, reglas claras y exigibles, y una autoridad capaz de sostener ese sistema en el tiempo sin que colapsara por abuso o abandono. No se trataba de una obra puntual, sino de una capacidad persistente. Por eso, hacer florecer el desierto era un símbolo retórico de un buen gobierno. Allí donde los qanats funcionaban, había Estado; donde colapsaban, lo que quedaba era desierto.

Guatemala no está fallando por falta de semillas, sino porque insiste en sembrarlas sobre arena y llamar política pública al acto de enterrarlas. Mientras no se construyan los “qanats” institucionales que permiten convertir recursos en resultados, se seguirá confundiendo promesas electorales con instituciones capaces de sostener resultados en el tiempo, gasto con desarrollo y actividad con capacidad. No obstante, en ese desierto hay quienes siguen intentando hacer florecer algo. No reciben elogios, sino críticas; no cosechan reconocimiento, sino desgaste. Son la excepción y,  justamente por eso, son incómodos, porque evidencian que el problema nunca fue la falta de recursos, sino la ausencia de capacidades institucionales sistémicas dentro del sector público.

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