A medida que se acercan las próximas elecciones generales en nuestro país, los ciudadanos empezamos a presenciar un animado desfile de personajes que alardean de cualidades valoradas por una sociedad desilusionada. Este espectáculo funciona porque se suelen pasar por alto las deformaciones que el poder mismo causa en quienes no tienen conciencia de sus efectos corruptores.
El poder que se maneja sin conciencia de sus efectos distorsionantes genera contextos tóxicos para quienes han sido elegidos para tomar las decisiones más importantes en un ámbito determinado. Tal experiencia no se limita al campo político electoral. Todos hemos experimentado los nocivos efectos del poder, especialmente porque este no afecta solo a los gobernantes, sino también a empresarios, empleados e incluso hasta a los miembros de instituciones organizadas para los más nobles fines.
Dicho esto, se debe reconocer que muchos de los problemas futuros de un gobierno se hacen presentes en los pliegues de la personalidad de quienes arriban al poder. De hecho, se puede prever qué aspectos negativos tendrá una persona que arriba a los puestos anhelados; de hecho, basta reparar en los rasgos de personalidad que ya ha manifestado con anterioridad. Al filo de estas consideraciones, es fácil colegir que el poder tendrá efectos más devastadores en aquellas personas que padecen de una preexistente ceguera moral.
En este sentido, se suele decir que el poder no hace cambiar a las personas, sino que revela quiénes son en realidad. Pero la verdad va más allá: el poder es una fuerza corruptora por sí misma. Todos hemos comprobado el cambio súbito de personalidad de algunas personas que han incrementado su cuota de poder. El conocimiento y la capacidad quedan en segundo plano. Una pregunta frecuente entre los analistas políticos es cómo personas sin mayor capacidad ostentan cargos de responsabilidad.
Desde luego, este fenómeno no impide que una personalidad equilibrada pueda soportar los embates del poder. Una fuerte personalidad moral puede manejar el poder, como lo demostró hace décadas el Dr. Juan José Arévalo. Pero ese tipo de personas no abunda precisamente ni en nuestro escenario político ni en los ámbitos de nuestra cotidianidad. En una sociedad tan competitiva como corrupta, los puestos de autoridad suelen adjudicarse a las personas que manifiestan algún tipo de conducta agresiva.
Desde antiguo, en distintos ámbitos culturales, ha habido conciencia de que el poder ejerce un efecto corruptor en aquellos que no cuentan con las cualidades personales que sirven para no verse dominados por él. Pensadores como Sócrates, Séneca y el emperador Marco Aurelio vieron con claridad este problema. Lamentablemente, las enseñanzas de la filosofía suelen importar muy poco a los políticos, quienes no siempre se destacan por atesorar una educación profunda ni encontrar el gusto por la vida que se adecúa al pensamiento.
Recientemente, el investigador científico Tobore Onojighofia ha hecho un resumen de las investigaciones que explican los efectos corruptores del poder. Dichos efectos no pueden ser pasados por alto, especialmente porque este autor muestra que las repercusiones del poder sobre las personas que lo ejercen pueden llegar a ser fisiológicas, neurológicas y psicológicas. Al plantear un análisis científico del poder, basado en investigaciones relevantes, este autor confirma que el poder suele crear adicción, hipocresía, reducir la empatía y promover conductas carentes de ética.
Onojighofia presenta datos que nunca deberíamos olvidar. Por ejemplo, el poder activa los mecanismos cerebrales vinculados a la adicción, hecho que coincide con la observación común de que el poder parece ser una droga; por esta razón, una de las experiencias más estresantes para el que ostenta el poder es el particular síndrome de abstinencia que suele experimentarse cuando el poder se pierde.
No puede minimizarse la importancia de este asunto. La ciudadanía debe escudriñar la personalidad de los candidatos para la próxima contienda. Tomando como base las actitudes mostradas hasta la fecha, es fácil discernir qué actitudes podrían tomar en el futuro. Tales consideraciones siempre se deben integrar con análisis relativos a aspectos como identificaciones políticas y tendencias ideológicas.
El poder es una fuerza que debe ser ejercida con sumo cuidado. En la actualidad, las tendencias autoritarias muestran lo peor de este y es claro que algunos candidatos quieren reproducir los rasgos que han funcionado con cuestionables personajes. No sería raro, entonces, que uno de los candidatos que hoy nos sonríen piense que, al llegar, puede hacer las maniobras de aquellos dictadorzuelos que pueden prolongarse en el poder. Esto es particularmente cierto a partir de la popularidad que el presidente salvadoreño Nayib Bukele está alcanzando en nuestro país.
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