Desde Gaza hasta Mamdani: la policrisis del orden global, la administración de la barbarie y la posibilidad de lo imposible

Marco Fonseca

diciembre 6, 2025 - Actualizado diciembre 5, 2025
Marco Fonseca

En estos meses ha quedado claro que el mundo no está simplemente en crisis, sino – para retomar la expresión de Maristella Svampa – en una policrisis orgánica en la que cada “solución” funciona como la continuación intensificada del problema mismo. La política internacional se ha convertido en una especie de distopía administrada: el fin del mundo ha dejado de ser un horizonte futuro y se ha vuelto parte de la gestión cotidiana de la barbarie. Y allí entran Gaza, Ucrania, Venezuela, ICE, la COP30 y Honduras como piezas de un mismo rompecabezas que sólo adquiere coherencia cuando, asumiendo cierta distancia crítica, aceptamos su obscenidad fundamental: el sistema necesita su propia barbarie para poder mantenerse como “democracia” o “civilización”.

En Gaza, el llamado alto al fuego funciona como la forma suprema de la guerra. Ese “alto al fuego” celebrado y adulado por el bloque hegemónico occidental como un triunfo diplomático es, en realidad, el nombre cínico de la continuidad del genocidio por otros medios. Aquí aparece con total nitidez “la violencia objetiva”, no solo la del bombardeo espectacular que continúa a diario y en absoluta impunidad, sino la ingeniería administrativa que permite que la limpieza étnica avance sin interrupción, aunque ahora sin titulares en los medios dominantes que puedan atraer o incomodar al reducido público lector que todavía queda. Y, sin embargo, es necesario recordar algo más: aunque la ocupación, el apartheid y la violencia sistemática han sido la realidad cotidiana y permanente de Gaza, y aunque la resistencia palestina, tanto pacífica como armada, ha formado parte de esa misma cotidianidad colonial, nadie imaginó que un acto de resistencia y contraataque armado, como el del 7 de octubre de 2023, pudiera servir como pretexto inmediato para desencadenar un genocidio contra el pueblo palestino y negar así la idea central que surgió del terrible Holocausto judío: “Nunca Más”. Ahora la guerra genocida se vuelve “paz” y esa “paz” se vuelve la fase más eficiente de la guerra genocida.

En Ucrania vemos cómo la realidad se desplaza por la dialéctica Trump–Putin como una comedia siniestra en la que ninguna de las partes es simplemente “víctima” o “villano”, sino engranajes de una confrontación estructural más profunda. La propuesta de paz de Trump, ese acuerdo mafioso disfrazado de racionalidad geopolítica, revela otra verdad incómoda: la guerra no se encamina hacia un cierre porque haya dejado de ser rentable para Occidente, sino porque ahora resulta más rentable “resolverla” de un modo que consolida la posición negociadora de Rusia y alimenta la fantasía trumpista de ser un gran arquitecto imperial. Aun reconociendo que los agravios de Rusia tienen raíces históricas y geopolíticas reales, y que la expansión de la OTAN y la arquitectura de seguridad occidental contribuyeron decisivamente a empujar el conflicto, nos encontramos ante un cierre perverso en el que la paz se configura como la victoria de quien no podía imponerse plenamente en el campo de batalla. Y lo grotesco es que esta ventaja estratégica de Rusia no surge ni de una fuerza militar inexpugnable ni de virtudes diplomáticas extraordinarias, sino del colapso del liberalismo occidental, el ascenso de las derechas neofascistas y el retorno más agresivo del neoimperialismo trumpista, que reconfigura la guerra no para resolver sus causas estructurales, sino para reubicar a Estados Unidos en el centro de un orden internacional aún más inestable y coercitivo.

En Venezuela y el Caribe estamos siendo testigos en vivo de ejecuciones extrajudiciales presentadas como “guerra contra el narcoterrorismo”. Ya hemos estado antes ante este tipo de escenario internacional manufacturado para desplegar la infamia sin ninguna supervisión. Pero hoy los ataques de la administración Trump y su “secretario de guerra” Pete Hegseth contra supuestos botes narcotraficantes en las costas venezolanas, calificados ampliamente como crímenes de guerra, funcionan como uno de esos momentos en los que la obscenidad del poder supremacista aparece sin ningún maquillaje: el imperio simplemente ejecuta a personas pobres en alta mar, sin proceso, sin evidencia, sin responsabilidad ni rendición de cuentas, simplemente arguyendo que son criminales y que lo hace en nombre de la “seguridad”. En clásica tradición paulina podemos decir que estos crímenes de guerra no niegan la ley, sino que la revelan en su forma más pura, como privilegio absoluto del soberano imperial ejerciendo el poder desnudo, una vez más, en su “patio trasero”.

En las redadas de ICE en Estados Unidos, que funcionan de igual modo a como una vez lo hizo la SS (Schutzstaffel) en Alemania – organización principal encargada de la persecución de judíos en la Alemania nazi – y que también repite Europa con las redadas, deportaciones y espionaje contra el activismo propalestino – responde a una lógica concentracionaria en versión burocrática. Las nuevas olas de persecución migrante, que descansan en perfiles raciales, acusaciones falsas de “alta criminalidad”, deportaciones sumarias, son el rostro doméstico de esa misma lógica imperial y supremacista descrita más arriba. En el fondo, ICE funciona como una pedagogía del terror de Estado que enseña que no existe un “afuera” de la violencia estatal. Esto debemos entenderlo bien: cuando una sociedad necesita criminalizar a los más vulnerables para sostener su fantasía restauradora de ley y orden, es porque esa ley y ese orden ya se ha desintegrado internamente y carecen totalmente de legitimidad. Quienes despliegan ese poder supremacista ya no tienen la posibilidad de construir consenso de modo voluntario y democrático. Con esto hemos entrado en una nueva noche del mundo.

Una noche que se extendió al caluroso y resplandeciente escenario amazónico de la COP30 en Belém, Brasil, en donde el sabotaje se constituyó no solo en programa político, sino que también en la quinta columna compuesta por cientos de cabilderos de la industria global de combustibles fósiles, con acceso privilegiado, que hizo fracasar lo más fundamental del esfuerzo. Por su propia ausencia, la intervención de Trump en la COP30 no fue un accidente ni un gesto de indiferencia climática: fue un acto deliberado de restauración del derecho soberano a destruir el planeta sin rendirle cuentas a nadie por encima del Estado ni dar explicaciones científicas a una ciudadanía crecientemente idiotizada que en principio las rechaza. Al reinsertar a los intereses fósiles como actores decisivos y desarticular cualquier referencia seria al abandono de los combustibles fósiles en la declaración final, Trump (y sus aliados) indirectamente logró algo más profundo: convertir la conferencia en una farsa tan explícita que hasta el movimiento ambiental y climático global quedó momentáneamente paralizado, incapaz de procesar la magnitud de la derrota simbólica. Pero, seamos claros en cuanto a lo que viene. Tal vez la mayor catástrofe no es que fracasemos en frenar el colapso climático, sino que logremos organizar ese colapso con eficiencia tecnocrática y todo pintado de verde.

Recién el pasado fin de semana observamos otra restauración neoliberal como retorno de lo reprimido y lo idiotizado. La derrota de la izquierda en Honduras y el apoyo entusiasta de Trump a la ultraderecha criminal y neoliberal confirma que las zonas de fragilidad democrática en América Latina son hoy laboratorios de contra-refundación preventiva. El mensaje es claro: cualquier gobierno que intente siquiera moderadamente desarmar el orden oligárquico, un orden donde los corruptos, los narcos y los neoliberales han forjado alianzas duraderas, será castigado y sustituido por una versión más agresiva del neoliberalismo. La derrota de Rixi Moncada no se explica simplemente por fallas tácticas, aunque sí las hubo y sobre todo una falta de articulación democrática y contrahegemónica, sino por una verdad estructural ahora casi permanente: el neoliberalismo no tolera alternancias reales, sólo administradores distintos del mismo orden extractivista. La forma en que Trump y el neoimperialismo gringo lograron influir en el proceso tiene preocupados/as ya a varios gobiernos progresistas de Latinoamérica.

En este panorama de perversión, cinismo y destrucción administrada, la elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York surge como una anomalía que descoloca el tablero. No por su “progresismo” en sentido superficial, sino por lo que representa: la irrupción inesperada de un proyecto político que no se propone simplemente gestionar la miseria, sino que busca poner en cuestión la narrativa dominante de seguridad, ciudadanía y poder en el corazón del imperio. Su ascenso, un ascenso rizomático, improbable, nutrido por redes de organización barrial, voluntariado juvenil, movimientos de vivienda y una práctica política cotidiana más cercana al trabajo comunitario que a la maquinaria partidaria tradicional, desmiente la idea de que la reproducción del poder en una megalópolis como Nueva York es lineal, predecible y de antemano bajo el control de las élites. Lo verdaderamente subversivo es cuando el sistema empieza a producir sus propios elementos que no encajan, partes que no tienen parte. Cuando la excepción ya no es patología sino síntoma. Mamdani es precisamente esa parte sin parte, ese síntoma que demuestra que incluso en el centro del leviatán imperial, en su ciudad más rica y poderosa, bajo condiciones extraordinarias y hostiles y contra toda anticipación académica, encuesta de opinión o pronóstico de los mercados, pueden emerger rupturas y aperturas históricas no previstas por la lógica restauradora del capitalismo global y el trumpismo nacional. ¡Sí es posible!

¿Cómo hilvanar, entonces, Gaza, Ucrania, Venezuela, ICE, COP30, Honduras y Mamdani?

Una respuesta sería que todos estos procesos expresan la misma verdad traumática, sintomática y crítica, es decir, que el orden global sólo puede reproducirse mediante una violencia cada vez más abierta y, también la misma posibilidad, que esa violencia, al volverse tan explícita, puede producir grietas y acontecimientos inesperados.

El genocidio necesita silencio. La guerra necesita cinismo. La devastación climática necesita indiferencia. El neoliberalismo necesita desesperanza y una ciudadanía idiotizada. Pero la historia, esa vieja astuta y tramposa, siempre deja un espacio para el corto circuito y la interrupción. Y a veces esa interrupción aparece en el lugar menos esperado: un intelectual democrático-socialista, neoyorkino nacido en Uganda, hoy convertido en alcalde de Nueva York, y reescribiendo desde dentro el guion del poder municipal.

En un mundo donde todo parece consolidar la barbarie, el verdadero gesto radical es recordar que incluso ahora, incluso aquí, lo imposible sigue siendo la opción más realista.

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