Por qué odio el minimalismo
Me he quejado muchas veces de muchas cosas. Que si el color, que si el olor, que si el sabor. Mucha queja ya. Esta semana me quejo del minimalismo. Sí, esa babosada que dice que hay que viajar liviano y cómodamente. Eso suena a eslogan barato de Volaris, o Avianca, aplicado ahora también a las casas, a las ideas y, peor aún, a la vida. Todo es ahora una operación de bajo costo, de bajo interés y de bajo todo.
El martes fui a almorzar con un grupo de amigos —probablemente quienes me acompañaban me reclamen ahora haber omitido sus nombres— y mientras conversábamos, descubrí algo inquietante: el minimalismo me desagrada por completo. Me incomoda. Me molesta. Me desagrada. Profundamente. Con vocación. Es odioso. Detestable. Una forma sofisticada de la tristeza. Tal vez fue culpa de la plaza comercial, que ese día parecía atravesar una fuerte depresión clínica. Todo era gris. El concreto era gris. Las paredes eran grises. La gente era gris. Y hasta el cielo —este suele ser el último en rendirse— parecía haber firmado un pacto con la melancolía.
Según su página web, que consulté tiempo después, la misma plaza tiene un proyecto de residencia vertical junto a los comercios. Dice textualmente: «[Nombre que pienso ignorar] se ha consolidado como un referente de exclusividad y confort en zona 15, ofreciendo un entorno diseñado para ser el hogar de quienes valoran la calidad y el diseño».
Dudoso. Mucho. ¿La exclusividad se reduce a paredes blancas, pisos fríos, maderas descoloridas y persianas corredizas? ¿A espacios abiertos, pero vacíos?
Ahí mismo entendí que el minimalismo es también un estado de ánimo. En la arquitectura, sus raíces modernas se remontan al siglo XX, al Bauhaus, al constructivismo ruso y, sobre todo, a Mies van der Rohe y su célebre «less is more». Menos ornamentos, menos ruidos, menos historias. Después llegaron los japoneses con su zen impecable, los escandinavos con su madera clara y sus sillones sin personalidad que venden en Kalea. Desde entonces, todo debe ser blanco, recto, silencioso. Todo debe «respirar». Todo debe parecer un quirófano emocional, esterilizado contra cualquier forma de exceso, de memoria y hasta de vida.
Lo interesante acá es que nadie dice que, cuando todo respira, uno se asfixia. ¿Qué piensa usted? ¿Usted se asfixia? Curiosamente a quien nos encontramos a la salida del centro comercial gris —dudo que nos haya visto— fue a una también gris ex funcionaria pública a quien decidimos ignorar; ejercimos el minimalismo social. Nos ahorramos palabras y saludos. Probablemente a ella sí le guste visitar ese centro comercial; va a al supermercado, se reúne con sus amigas a tomar café y compra flores en la floristería del primer sótano. Ella ignora esa ausencia de color: ella es minimalista.
Me niego a vivir así. Me niego de forma ideológica y categórica. Y mi casa es la prueba material de esa resistencia. Hay pilas de libros pendientes en la antesala, otras más en la sala, algunas incluso en la lavandería, porque el espacio escasea pero la curiosidad permanece intacta. Las superficies despejadas, debo aceptarlo, brillan por su ausencia. Hay muchas acumulaciones afectivas. Me fascinan los cojines de tela típica y artesanías compradas en viajes, azulejos mexicanos, un plato pintado a mano en Kenia, y caballos de madera suecos. Nada combina. Todo conversa. Más parece que carece de vocación de showroom: funciona como archivo emocional. Como mi archivo emocional.
En cambio, en los apartamentos y en las edificaciones minimalistas, nada delata nada. Todo es discreto. Todo es neutral, todo, menos sus ridículos precios. Tras una búsqueda rápida en la web, un apartamento minimalista en zona 15 de 41.83 mts² sobrepasa los 976,849.33 quetzales. Es todo menos neutral, incluso considerando lo que incluye: 1 dormitorio, 1 baño, 2 balcones, sala-comedor, cocina, lavandería y 1 estacionamiento. Podría vivir ahí cualquier persona. O nadie. A veces dudo. Son espacios diseñados para gente que todavía está por llegar, que aún no ha nacido; sus habitantes actuales son simples inquilinos de paso.
El minimalismo promete libertad, pero muchas veces ofrece vacío. Todo está en su lugar, sí, pero nadie parece habitar allí. Las paredes carecen de pasado. Los muebles modernos y descoloridos carecen de memoria. Las mesas carecen de migas, de manchas, de historias. Son espacios donde la vida pasa sin dejar huella, como si los habitantes pidieran permiso antes de existir. Lugares que parecen diseñados para ser fotografiados, pero jamás para ser recordados. Casas que funcionan como escaparates del buen gusto y terminan convertidas en simples vitrinas del silencio.
Quizá por eso me inquieta tanto el minimalismo. Transmite la sensación de que la existencia puede organizarse como una simple maleta. Solo lo indispensable, solo lo útil, solo lo funcional. Como si amar, recordar, equivocarse o acumular manías ocupara demasiado espacio en la cabina. ¡Todo ocupa espacio! Prefiero una casa que revele mis torpezas. Prefiero una sala que exhiba mis obsesiones. Prefiero una biblioteca que delate mis contradicciones.
El minimalismo parece tener prisa. Prisa por limpiar, por reducir, por tirar, por borrar. Prisa por parecer correcto. Prisa por parecer moderno. Prisa por parecer feliz.
Yo prefiero parecer humano. Y a usted, ¿le desagrada el minimalismo?
*Texto originalmente publicado en A ratos la vida, newsletter del autor, el 30 de enero del presente año.
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