Sobre los monumentos a los conquistadores

A propósito del 12 de octubre

Camilo García Giraldo

octubre 12, 2025 - Actualizado octubre 11, 2025

Monumento a Hernán Cortés en Medellín, España. Foto: Wikipedia

Ninguna persona, que, con un ejército o grupo armado, haya encabezado la conquista de un territorio determinado y sometido a su voluntad la población que lo habita para apoderarse de ese territorio y de sus recursos merece, desde el punto de vista moral o ético, alguna celebración o tributo artístico, poético o festivo. Se le puede reconocer habilidad e inteligencia militar y política, como al conquistador de México Hernán Cortés, pero nunca calidad o valor moral. Son personas que, a pesar de sus atributos militares, o mejor, precisamente por ellos, carecen de calidad moral. Incluso, una persona como Gonzalo Jiménez de Quezada que conquistó sin ejercer violencia los territorios del pueblo Muisca o Chibcha que habitan el altiplano cundi-boyacense donde fundó Santafé de Bogotá, merece que se le rinda tributo artístico. Pues, él, y sus hombres armados iniciaron el proceso de despojo de las tierras de ese valioso pueblo indígena, que, debido a sus convicciones profundamente pacíficas, no le presentaron resistencia.    

Ni siquiera el hecho que un conquistador haya fundado una ciudad, como ocurrió con frecuencia en América, en esas tierras conquistadas le otorga ese “derecho”. Es una fundación que, por supuesto, es necesario registrar, como siempre se ha hecho, como un dato significativo e importante en los anales de la historia. Pero, sin embargo, no lo libran del hecho censurable de haber usado la violencia para despojar de esas tierras a sus dueños originales. Entre otras cosas, porque la fundación de una ciudad, constituyó el resultado y la prueba del éxito del dominio militar, y posterior político, que logró él y sus sucesores sobre los pueblos que las habitaban. Doble condición de conquistador de territorios, y, fundador de ciudades y pueblos, que están íntimamente ligadas. La primera, presupone la segunda. La primera, debe ser recordada siempre como lo que realmente fue, como un acto injusto y carente de valor moral; y, la segunda, como un hecho histórico que, por más importante que sea, no borra o suprime la injusticia original que los conquistadores-fundadores cometieron.

Por esa razón, el acto por el que un grupo de indígenas de la comunidad Minsk derribó, hace unos años, una estatua del conquistador español Sebastián de Belalcázar en la ciudad colombiana de Popayán, que fundó en 1537, después, de haber fundado a Quito, y de haber derrotado militarmente a los habitantes indígenas de la zona, y haberles provocado la muerte de muchos de ellos, es un acto en gran medida legítimo. Al realizarlo, este grupo indígena reafirmó que no es justo o moralmente válido rendir homenaje artístico a quien en el pasado se apoderó de las tierras que pertenecían a sus antepasados, y ocasionó la muerte de cientos de ellos. 

Ahora bien, es posible que este acto de “violencia simbólica” que llevaron a cabo no sea el más apropiado. Hubiera sido, seguramente mejor, movilizarse, y movilizar a importantes sectores de la ciudadanía para pedir a las autoridades locales que la retiraran en base de las justas razones que tienen, como algunas que acabo de mencionar, y, entre las que está, además, la de que estaba levantada sobre un cementerio indígena enterrado, o, promover un amplio debate público sobre su presencia. Pero, sin embargo, esta deficiencia o “error procedimental” no le resta razón y validez moral a su pretensión de eliminar ese monumento que celebra y rinde homenaje a la persona que, aprovechando la superioridad de los medios armados de poder que tenía, comenzó a arrebatar las vidas, y las tierras de manera violenta hace más quinientos años a sus antepasados.

Y, en España, patria de estos conquistadores, las autoridades y los ciudadanos tienen el deber moral, que, sin embargo, muchos se niegan a asumir, de reconocer que no es normativamente válido la existencia de las estatuas que se han erigido desde hace tiempo en varios lugares del país en honor a estos conquistadores, como ocurre con la peor y más vergonzosa de todas, la de Cortés levantada, desde finales del siglo XIX, en la plaza central del municipio de Medellín, en la que la figura del conquistador aparece aplastando y humillando al indígena vencido, en este caso Cuauhtémoc. Y, se niegan porque están erróneamente convencidos, comenzado por el actual monarca Felipe VI, que los conquistadores abrieron el camino para que los españoles hicieran la gran obra de civilizar a pueblos indígenas “salvajes”, enseñándoles la religión católica, sus usos, costumbres culturales y su idioma. Sin embargo, esta falsa creencia o convicción que tienen no borra de ninguna manera la realidad de las injusticias que los conquistadores cometieron en América. Y, por lo tanto, sus acciones no enaltecen el pasado histórico del país, sino, al contrario, lo ensombrecen notablemente. Son personajes, que, por supuesto, hacen parte de su historia. Pero, que, sin embargo, no merecen ningún tributo artístico que los ensalce y engrandezca, anulando así, la sombra oscura que su presencia arroja y proyecta en el tiempo.

Y, es que estas estatuas y monumentos de los conquistadores no solo carecen de justificación moral. También, en el fondo, carecen de valor o calidad artística, así pretendan ser obras de arte. Son monumentos, que, al ensalzar a estos personajes, se niegan a sí mismos como obras de arte. Pues, toda “obra de arte” que celebre o rinda tributo a las acciones violentas injustas que una persona ha realizado contra otra u otras, deja de serlo, en ese preciso instante. Se convierte en un puro remedo de arte, o mejor, en una obra que reniega del carácter artístico que pretende.  

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