El historiador y pensador alemán de la primera mitad del siglo pasado Oswald Spengler sostuvo en su libro La decadencia de Occidente (1918-22)que la cultura europea occidental estaba asistiendo después de la segunda guerra mundial a su decadencia, es decir, al final de existencia histórica debido a la presencia dominante de las ciudades, las técnicas de raíz científica y el dinero. Pues, para él las culturas son organismos vivos o biológicos semejantes a los organismos de los seres humanos que las crean, y, que, tienen, por lo tanto, el mismo recorrido vital al nacer: primero son jóvenes, después maduran y finalmente envejecen y mueren. “Toda cultura pasa por los mismos estados que el individuo” nos dice. Y, para él, la cultura y civilización occidental europea, como organismo vivo, ha llegado a esta fase final de su existencia después de haber atravesado por las anteriores a lo largo de mucho tiempo de su historia. La civilización occidental en los años que escribió el libro está presentando los rasgos y síntomas de su decadencia que revelan su pronto final, como el predominio del dinero en la vida de los seres humanos y la extensión creciente de las ciudades.
Esta concepción de Spengler de asimilar la evolución histórica de los culturas y civilizaciones de los pueblos con la evolución de los organismos vivos de la naturaleza, no obstante que pretende fundamentarla en las ideas sobre “la naturaleza viviente” elaboradas y expuestas por Goethe, y que le sirvieron de base para sus investigaciones morfológicas, no tienen validez porque omite el hecho esencial que la historia es forjada por seres humanos que no son solo organismos vivos, sino también, y, sobre todo, sujetos que actúan de modo consciente en función de un plan o propósito definido que se dan. Y, al actuar así forjan los hechos de la historia, como lo comprendió y estableció bien el pensador italiano del siglo XVIII Juan Bautista Vico.
Pero, además, desde que los diversos pueblos europeos comenzaron a darse instituciones monárquicas-estatales después de la desintegración del imperio romano en el siglo V de nuestra era, es decir, se erigieron como pueblos civilizados, se enfrentaron entre sí en guerras en muchas ocasiones. Basta mencionar algunas de ellas como la guerra de los Cien años en el siglo XIV entre Inglaterra y Francia o la guerra de Los treinta años en la que participaron las principales monarquías europeas en el siglo XVII. O, las invasiones militares que realizó Napoleón Bonaparte a comienzos del siglo XIX en otros países europeos como España, Bélgica y Holanda para anexionarlos al Estado francés. Y, por supuesto, la invasión militar que llevó a cabo de Rusia con 600.000 soldados en junio de 1812 para conquistarla y anexarla también a Francia. Campaña militar que también perdió 5 meses después debido a la resistencia del ejército ruso y al crudo invierno que azotó a sus tropas. Y, finalmente las dos guerras mundiales, las más devastadores de la historia de la humanidad, que emprendieron el imperio Austro-húngaro en 1914 y el régimen nazi alemán en 1939 contra las demás naciones y Estados del continente.
Esto significa que, si bien los pueblos europeos se hicieron progresivamente civilizados a partir de la caída del imperio romano, no fueron capaces de establecer entre sus Estados relaciones civilizadas estables, permanentes y prolongadas porque cada una de las guerras que libraron entre sí negaron de plano el principio fundamental de una civilización compuesta por un grupo determinado de Estados, pueblos y naciones, de mantener y preservar una convivencia pacífica entre ellos. Al dejar de tener entre sí, en muchas ocasiones, relaciones civilizadas entre sus Estados, resulta problemática y cuestionable, entonces, la tesis que han formado en su conjunto una civilización. Es decir, que estos Estados mantuvieron entre sí relaciones civilizadas en los periodos en que convivieron en paz. Pero, cuando se enfrentaron en guerras sus relaciones dejaron de ser civilizadas para convertirse en relaciones “bárbaras”, marcas por la ley de la fuerza o el poder de la violencia militar. Esta doble y contradictoria condición en que han existido a lo largo de la historio los Estados europeos fue la que seguramente tenía en mente Walter Benjamin cuando escribió su famosa frase en sus Tesis de filosofía de la historia, que “Todo documento de la civilización es al mismo tiempo un documento de la barbarie”.
Esto significa que la decadencia de la civilización occidental europea no comenzó por primera vez en los iniciales años del siglo XX, como lo sostiene Spengler. Esta decadencia comenzó muchos siglos antes, casi en el preciso instante en que se comenzaron a formar los Estados monárquicos después de la caída del imperio romano con cada guerra que alguno de ellos emprendía contra otro u otros. Cada vez que un Estado emprendía una guerra contra otro u otros, establecía una relación no civilizada con él o ellos, y, por lo tanto, provocaba la caída o decaída de la propia civilización que los unía o los asemejaba originalmente como Estados. Solo después, cuando alguno de ellos era derrotado o firmaban un acuerdo o tratado de paz dando por terminada la guerra se restablecía entre esos Estados una relación civilizada, reviviendo así la civilización que sus existencias cercanas, geográfica y culturalmente, de hecho, constituyen. Fenómeno que se ha repetido una y otro vez en la historia de los Estados y naciones europeas desde sus orígenes hasta el final de la segunda guerra mundial.
Ahora bien, los nuevos líderes y gobernantes europeos de post-guerra entendieron, después de haber vivido, sufrido y presenciado esa gran catástrofe para sus pueblos y países, que era absolutamente necesario asegurar a partir de ese momento el carácter civilizado-pacífico de las relaciones entre sus pueblos y Estados de manera definitiva y total. Decidieron, entonces, promover la creación de la organización de las Naciones Unidades, la ONU, en 1948 para que se encargara de preservar la convivencia pacífica y civilizada que querían de ahora en adelante tener entre sí, y, también, la paz civilizada entre todas las demás naciones y Estados del mundo. Y, algunos años después, decidieron asegurar más profundamente el carácter definitivo de las relaciones pacífica-civilizadas entre sus Estados u naciones, creando la Unión Europea a partir del tratado de Maastricht en 1992 en la que todos los Estados que la integran adquieren el derecho a través de sus representantes que participan en los órganos directivos y legislativos que la conforman de dirigirla y proponer y debatir y aprobar leyes que valen para todos.
Vale la pena recordar aquí, que fue Emanuel Kant el primer pensador que, en los albores de la modernidad, se percató y comprendió con gran lucidez el vínculo necesario y profundo que debe existir entre los Estados y la paz entre ellos para que sean verdaderamente civilizados como lo sostiene en su texto Idea de una historia universal en sentido cosmopolita: “Lo que el estado salvaje sin finalidad hizo, a saber, contener el desenvolvimiento de las disposiciones naturales de nuestra especie hasta que, por los males que esto le produjo, la obligó a salir de ese estado y a entrar en una constitución civil en la cual se pueden desarrollar todos aquellos gérmenes, esto mismo hace la libertad bárbara de los Estados ya fundados, es decir: que por el empleo de todas las fuerzas de la comunidad en armamentos, que se enderezan unos contra otros, por las devastaciones propias de la guerra y, más todavía, por la necesidad hallarse siempre preparados, se obstaculiza el completo desarrollo progresivo de las disposiciones naturales, pero los males que surgen de todo ello, obligan también a nuestra especie a buscar en esa resistencia de los diversos Estados coexistentes, saludable en sí y que surge de su libertad, una ley de equilibrio y un poder unificado que le preste fuerza; a introducir, por tanto, un estado civil mundial o cosmopolita, de pública seguridad estatal, que no carece de peligros, para que las fuerzas de la humanidad no se duerman, pero tampoco de un principio de igualdad de sus recíprocas acciones y reacciones, para que no se destrocen mutuamente”.
Pero, además, Kant vio muy bien que los pueblos y sus gobernantes estatales tienen que cumplir una condición fundamental, si quieren ser civilizados, la de aprender a respetar los principios y normas morales de validez universal como las que ordenan respetar la vida y los bienes de todos. Dice Kant a continuación, “Antes de que se dé este paso (el de la constitución de una liga de Estados), es decir, casi a la mitad de su formación, la naturaleza humana padece los peores males bajo la apariencia engañosa de nuestro bienestar; y no estaba equivocado Rousseau al preferir el estado de los salvajes si se olvida la última etapa que nuestra especie tiene todavía que remontar. El arte y la ciencia nos han hecho cultos en alto grado. Somos civilizados hasta el exceso, en toda clase de maneras y decoro sociales. Pero para que nos podamos considerar moralizados falta mucho todavía. Porque la idea de la moralidad forma parte de la cultura; pero el uso de esta idea que se reduce a las costumbres en cuestiones matrimoniales y de decencia exterior, es lo que se llama civilización. En tanto los Estados sigan gastando todas sus energías en vanas y violentas ansias expansivas, constriñendo sin cesar el lento esfuerzo de la formación interior de la manera de pensar de sus ciudadanos, privándolos de todo apoyo en este sentido, nada hay que esperar de la moral; porque es necesaria una larga preparación interior de toda comunidad para la educación de sus ciudadanos; pero todo lo bueno que no está empapado de un sentir moralmente bueno no es más que pura hojarasca y lentejuela miserable. En esta situación permanecerá, sin duda, el género humano, hasta que, de la manera que he dicho, salga del caótico atolladero de las relaciones estatales”
Los líderes políticos y gobernantes europeos occidentales también comprendieron bien que ese compromiso formal a que habían llegado para instaurar de manera definitiva relaciones civilizadas entre el conjunto de sus Estados y pueblos era necesario asegurarlo con principios y normas éticas de validez universal. Por eso, decidieron promover en el seno de la asamblea general de Las Naciones Unidas recién creadas un texto declarando los principales derechos que tiene todo ser humanos por el solo hecho de serlo. Declaración que fue por supuesto aprobada por los representantes de estos gobiernos, y, además, por la inmensa mayoría de los demás gobiernos del mundo representados en esa reunión. Al ser aprobado, entonces, este texto-declaración por los gobiernos de Europa occidental, adquirieron de hecho e inmediatamente la obligación de respetarlos, y de emplear los medios de poder a su alcance para promoverlos y hacerlos cumplir. Y, esta obligación se convirtió en la obligación ética fundamental que adquirieron estos gobiernos y autoridades europeas y mundiales que lo aprobaron. Ratificando todos ellos así, tal vez si saberlo, la plena validez del contenido de estas palabras que Kant había escrito casi dos siglos atrás.
Sin embargo, en los últimos años los gobiernos europeos occidentales y los dirigentes de la Unión Europea desde la ocupación militar del gobierno ruso del territorio de Ucrania en 2022, parecen que están clara y poderosamente interesados en romper ese compromiso formal y solemne que hicieron sus antecesores después de terminada la segunda guerra mundial de convivir de manera pacífica y civilizada entre sí, alentando y apoyando al gobierno ucraniano con todos los medios económicos, tecnológicos y militares posibles para que mantenga y continúe la guerra que se inició a partir de la ocupación militar rusa. Y, sobre todo, negándose de plano y categóricamente a abrir algún canal de diálogo o comunicación con los gobernantes rusos, y que estos siempre han estado dispuestos a abrirlo.
Esta voluntad de los gobernantes y líderes políticos europeos de apoyar el gobierno ucraniano de Zelenski, profundamente corrompido y cada vez menos respaldado por su población, para que continúe la guerra con los rusos se plasmó con evidencia cuando sabotearon el acuerdo de paz que había el gobierno ucraniano y el ruso en la ciudad de Ankara en Turquía dos meses después de comenzada la guerra, en el que el gobierno ruso retiraba sus tropas de Ucrania a cambio de la declaración y el compromiso formal del gobierno ucraniano de no ingresar a la OTAN, es decir, de seguir siendo un Estado y país neutral. Acuerdo que sabotearon los gobernantes europeos a través del entonces primer ministro británico Boris Johnson, prometiéndolo a Zelenski todo el apoyo político, económico y militar necesario para seguir enfrentando militarmente a Rusia con muchas probabilidades de éxito. Sabotaje, en el que también participó activamente el gobierno norteamericano del demócrata Biden.
Esta decisión de los gobernantes europeos occidentales de respaldar con todos los medios posibles al gobierno ucraniano para que prosiga la guerra con Rusia, que ha costado la vida de millones de soldados tanto ucranianos como rusos y la progresiva destrucción de Ucrania, los ha involucrado de hecho en esta guerra. Es decir, son en gran medida responsables y coautores de esta guerra que sostiene el gobierno y las fuerzas militares ucranianas con Rusia, con un Estado y país que es en gran parte tan europeo como lo son sus países. Guerra, que, por lo demás, están claramente perdiendo porque el ejército ruso ya tomó el control de la región del Donbás, al este de Ucrania habitada mayoritariamente por una población de origen ruso, y sigue avanzando hacia el interior del país rumbo a su capital Kiev. Ciudad, que, además, los rusos están bombardeando constantemente destruyendo su infraestructura eléctrica. La defensa militar ucraniana es cada vez más débil porque han muerto cientos de miles de sus jóvenes soldados, y los civiles que quedan se niegan a alistarse en sus filas, escondiéndose de las autoridades o huyendo del país. Y, el gobierno desesperado por esta situación está tratando de reclutar a las filas del ejército miles de jóvenes mujeres, sin mucho éxito, porque también ellas prefieren esconderse o huir para no terminar probablemente muertas en algún combate. Y, ucranianos cada vez más numerosos, al ver que sus fuerzas miliares están siendo derrotadas, y que la guerra está prácticamente perdida, consideran con razón que no vale la pena continuarla. Por eso han organizado milicias para realizar diversas acciones que presione u obliguen al gobierno a terminar la guerra.
Los gobernantes europeos actuales al romper así el compromiso fundamental que hicieron sus antecesores después de la segunda guerra mundial de establecer entre sus Estados relaciones pacíficas y civilizadas de manera permanente y estable, está ocasionando de nuevo la caída o decaída –la crisis- de la civilización que habían de nuevo una vez a lo largo de su larga historia comenzado a forjar desde ese momento. Una civilización que sus fundadores querían que tuviera una larga y duradera existencia. Sin embargo, sus sucesores actuales se están encargando que no sea así. Por eso, es un orden de relaciones civilizadas entre sus Estados, una civilización, que ha durado menos de 80 años.
Sin embargo, algunos podrán objetar que los gobernantes europeos actuales no han roto ese compromiso original porque Rusia no es país y Estado auténtica y completamente europeo porque una gran parte de su extenso territorio está en el continente asiático. Y, los diversos pueblos originarios que lo habitan son también asiáticos que no profesan la religión cristiana, propia de los europeos, sino la musulmana.
Sin embargo, esta objeción no es suficiente para negar el carácter europeo de Rusia por varias razones. Primero, porque su territorio no solo hace parte de Asia, sino también, de Europa. Toda la parte occidental de su territorio desde los Montes Urales es parte de Europa, tal como lo han reconocido, desde hace mucho tiempo, los mismos gobernantes e instituciones estatales europeas. Segundo, porque la religión que profesan la gran mayoría de su población es la religión cristiana tanto en su versión católica como protestante que ha sido desde que el siglo IV después de Cristo el fundamento espiritual de la vida de la gran mayoría de los europeos occidentales, a pesar de hoy muchos han dejado de profesarla. Y, en su versión ortodoxa es la religión dominante de otros pueblos europeos como los griegos, los serbios, los macedonios y los propios rusos. De tal manera, que gran parte del pueblo ruso comparte desde hace siglos estas mismas creencias religiosas cristianas que el resto de los pueblos europeos. Tercero, porque su idioma lo escribe con alfabeto europeo como el cirílico que comparten también con los griegos. Y, finalmente, porque sus rasgos físicos étnicos son los mismos, o muy semejantes, del resto de los europeos tradicionales.
Esto sin contar la ingente y decidida labor que realizó el zar Pedro el grande, quien desde finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, por integrar al país saberes y técnicas militares y administrativas, y usos y costumbres europeas occidentales. Fundando, además, una ciudad con su nombre, San Petersburgo, en 1703 con edificios y casas de estilos arquitectónicos también europeos, para convertirla en “La ventana de Rusia hacia Europa”.
Por lo tanto, la guerra que estos gobernantes europeos están abierta y activamente apoyando contra Rusia desde hace más de 4 años, es una guerra contra otro país europeo. Es decir, contra un país que hace parte con el que sus antecesores se habían comprometido a mantener relaciones civilizadas y pacíficas, así ese país fuera el núcleo principal de la Unión Soviética hasta su disolución en 1991.
Ahora bien, también se ha objetado siempre que esta guerra que libra el gobierno y el ejército ucraniano con el apoyo de los gobiernos europeos no es una guerra de agresión, sino al contrario, una guerra de defensa contra la invasión que las tropas rusas hicieron en el país. Y, por lo tanto, es una guerra defensiva plenamente justa y legítima.
Esta objeción, que aparentemente constituye el principal y más fuerte argumento que esgrimen los gobernantes europeos, para continuar sosteniéndola y prolongándola a favor de Ucrania, se cae o pierde peso a la luz de la negativa tajante que hicieron de avalar el acuerdo de paz que firmaron el gobierno ucraniano y el ruso dos meses después del iniciado el conflicto bélico, como ya lo señalamos. Y, lo hicieron con el deseo o propósito de convertir, con su apoyo total, esa guerra defensiva en una guerra ofensiva contra Rusia, con la “certeza” de derrotarla en un tiempo más o menos corto. Cálculo que resultó completamente fallido y erróneo porque las fuerzas armadas ucranianas no pudieron nunca expulsar el país a las tropas rusas. En cambio, la guerra se ha librado, y se libra en territorio ucraniano del que los rusos ya controlan una parte, y avanzan hacia la capital del país, como ya dijimos.
En la medida que los gobiernos europeos se sigan involucrando cada vez más directamente en esta guerra a favor de Ucrania no solo romperán definitivamente ese gran y valioso compromiso de civilizada convivencia pacífica entre los Estados europeos que hicieron sus antepasados, sino, además, estarían conduciendo a sus países y pueblos a una guerra directa con Rusia. Y, en caso de producirse, no solo dañarían o destruirían con sus ataques y bombardeos muchas infraestructuras energéticas, edificios, casas, puentes, etc., y matarían a miles de ciudadanos rusos. También, simultáneamente, las fuerzas armadas rusas lanzarían una enorme cantidad de misiles y drones sobre las ciudades europeas que las dañarían severamente, que destruirían también sus centros de producción de armas y energéticos y, provocarían la muerte de muchísimos civiles. Esto sin contar que el riesgo real que esa guerra se libre, además, entre tropas terrestres de los dos bandos
Afortunadamente una gran multitud de jóvenes alemanes y holandeses están saliendo a las calles de las principales ciudades de sus países para decirle a sus gobernantes que, no quieren ir o participar en esa guerra que sus gobiernos están preparando y dispuestos empezar en un futuro cercano, como posibles o potenciales soldados en la que muchos de ellos perderían sus vidas. Este rechazo frontal de los jóvenes europeos esta posible guerra con Rusia es tal ve la última esperanza que tienen las fuerzas que aspiran a mantener viva la convivencia civilizada entre las naciones europeas para impedir que sus gobernantes la desaten, como sujetos ciegos e inmensamente irresponsables, llevando a sus pueblos y países a la muerte y la destrucción.
Pero, además, los gobernantes europeos occidentales actuales y los dirigentes de La Unión Europea están desconociendo o ignorando de plano la declaración de los derechos humanos que también sus antecesores promovieron y suscribieron en 1948 en la reunión de la asamblea general de las recién fundada Naciones Unidas, al no condenar con palabras y sanciones las acciones criminales y devastadoras del ejercito israelí ordenadas por el gobierno de Netanyahu en la franja de Gaza que han matada hasta ahora casi 75.000 muertos civiles palestinos, una parte de ellos, niños y mujeres, y la destrucción casi completa de sus casas, edificios y calles. Genocidio, que es la mayor violación de los derechos humanos cometida por un Estado desde hace mucho tiempo. Por eso, esta posición que adoptaron los gobiernos europeos, con la excepción del español, los han convertido de hecho en cómplices de este genocidio, es decir, en cómplices de esta gravísima violación de los derechos humanos que siempre habían promovido y defendido, como sucesores y herederos de sus antepasados gobernantes, porque tenían, y tienen el poder y la capacidad política y económica de haberlo detenido, o por lo menos, de haber presionada con inmensa fuerza el gobierno israelí para que lo detuviera.
Al adoptar esta postura, los gobiernos europeos actuales perdieron la legitimidad moral que les daba el reconocimiento que siempre hicieron antes del valor supremo de estos derechos, y de la obligación de todos los Estados del mundo de respetarlos. Y, por lo tanto, también perdieron la autoridad moral que les confería ese reconocimiento de los derechos humanos de exigir o reclamar su respeto a cualquier otro Estado del mundo cuando los viole o irrespete.
Estamos, entonces, asistiendo no solo a una nueva decaída o crisis de las relaciones civilizadas y pacíficas entre los gobiernos y Estados europeos, sino también, a la pérdida o caída de la legitimidad y autoridad moral que habían tenido hasta hace unos pocos años. Una nueva y grave decaída de sus relaciones civilizadas en tanto sus antecesores gobernantes se habían comprometido formal y solemnemente a nunca más promover guerras entre sí. Y, caída de la legitimidad moral que tenían porque comenzaron a desconocer los derechos humanos que siempre habían reconocido como plenamente válidos. Naciones que han entrado, entonces, en una nueva decadencia de su civilización política de las numerosas que han tenido a lo largo de la historia, y, en la primera de la legitimidad moral que habían adquirido a partir de la declaración de los derechos en la reunión general de la ONU en 1948.
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