El Pequeño Jaguar
En 1983 todavía se usaba el correo físico para comunicarnos, en lo que se refiere a lo escrito, cuando la distancia era más distancia, como dijo un escritor. Circulaban por esa vía los libros, las revistas, periódicos y otros impresos. Con emoción se iba a una oficina de correos a recoger lo que enviaban. A veces uno era sorprendido por el cartero que llegaba a casa con un paquete que contenía una publicación.
Fue en ese año que el poeta Francisco Morales Santos inició otra de sus travesuras como editor, antólogo y difusor de poesía. Creó el trifoliar «Pequeño Jaguar» , en tamaño carta, en una sola hoja, escrito en ambas caras, que llegó a distintos países de habla hispana. Fue una publicación bimestral que duró hasta 1987. En sus páginas muchos poetas de América fueron incluidos con uno o dos poemas. Morales Santos recibió correspondencia de muchos de estos. El nombre del trifoliar lo escogió porque el jaguar es un animal mítico en la cultura maya. En muchas estelas y códices aparece. Aún hay ejemplares vivos en las selvas del Petén. El maestro Efrain Recinos le hizo un homenaje en el edificio del gran Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Desde la plaza Carlos Mérida, del Banco de Guatemala se puede observar que el edificio indicado es un jaguar sentado.
El sol de San Jacinto y Ventana
Don Eusebio Rojas fue un funcionario menor, en los años noventa, en la embajada de México en Guatemala. Era una persona mayor en edad, bajo en estatura. En una época de su vida estuvo en la embajada de su pais en la India, bajo las órdenes de Octavio Paz. Su estadía en ese país incidió profundamente en su manera de ser y de actuar. Se identificaba como indígena de Oaxaca.
No recuerdo cómo fue que se hizo amigo del grupo que nos reuniamos casi todos los dias laborables a almorzar, años noventa del siglo pasado, en el comedor El Establo, en el edificio El Patio, zona 4, ciudad de Guatemala, lo que lo llevó a conocer a la mayoría de miembros de la Comunidad de Escritores. En Guatemala compró dos casas en Mixco. Una en la colonias San Jacinto y la otra en Lomas de Portugal.
Adoptó a una familia como propia, formada por una señora y su hija, a esta última le dejó una casa cuando retornó a México. La queria como hija. Hizo la entrega de ella en su boda, Venía de visita de vez en cuando de su tierra natal. La señora era muy humilde y pasó un dia por su casa solicitando ayuda. Le ofreció que viviera en su casa. Lo mismo hizo con dos jovenes universitarios. Su relación con la señora y su hija fue muy sana, sin compromisos de ninguna naturaleza.
Don Eusebio ya falleció. El compartir con quién lo necesitaba lo aprendió en la India. Uno debe ayudar a quien pueda y como pueda era una de sus expresiones, que pronunciaba despacio con su acento mexicano. Se movía en bus urbano de su casa a su trabajo y viceversa. Recuerdo su generosidad y su amabilidad. En sus años de Guatemala, creó dos revistas culturales ,que el mismo financiaba, aunque aceptó patrocinios. Una fue el «Sol de San Jacinto» y la otra literaria ,»Ventana», en la que escribimos muchos de sus amigos. Fueron ediciciones de quinientos ejemplares, con un máximo de 20 hojas de tamaño media carta. Las Ilustraciones de las portadas, a un solo color, fueron regalos de amigos, entre ellos Luis Ortiz Archila, publicista, gestor cultural, pintor y escritor. Fue fundador de la casa de Cultura de Mixco
Los tres primeros números de la Revista Pedernal
Durante la existencia de la Comunidad de Escritores de Guatemala, — 1988- 1999 –se publicaron seis números de una revista que llevó el nombre de » Pedernal», título sugerido por Francisco Morales Santos, con quién sacamos los primeros tres números. Los siguientes estuvieron a cargo de Carlos René García Escobar, Enrique Noriega y Ana María Rodas. Existió para su publicación un Consejo Editorial.
La revista Pedernal es otra de las aventuras fallidas en las que participé. Junto a Paco Morales seleccionamos el material de los números, de los que nos encargamos, y contratamos a Andrés Román, mi amigo de barrio, quien fue el impresor de algunos de mis libros, de los Cuadernos de la Verbena y de algunos trifoliares, de los que he comentado antes, en esta serie de memorias y anécdotas. Sucedió que cuando debíamos presentar, en un acto público, el primer número, que correspondió a abril-junio de 1989, al buscar a Andrés se nos comunicó que estaba “tomando”, o de “furia” como decimos en Guatemala, por lo que iniciamos una búsqueda por las cantinas que frecuentaba.
Al localizarlo lo secuestramos y lo llevamos al taller, y ahí, con nuestro apoyo, se imprimió y se preparó la edición de la revista. Los tres números, el primero y el segundo, que correspondía a julio-septiembre 1989, se editaron con el sello de Nueva Narrativa. En ambos se incluyeron trabajos de distintos escritores. En el primero: Antonio Machado, Haroldo Shetemul, Luis Alfredo Arango, William Lemus, Arturo Arias, Max Araujo, Francisco Nájera, Jorge Alberto Manrique, Juan Carlos Santaella, Eduardo Gargurevich, José Mejía, Miguel Angel Vasquez, Dante Liano, Francisco Morales Santos, y Carlos René García Escobar.
En el segundo número: Edgar Gutiérrez, Antonio Brañas, Joaquín Orellana, Luis de Lion, Méndez Vides, Lucrecia Méndez de Penedo, Árqueles Morales, Celso Lara, Carlos René García Escobar, Ana María Rodas, Ligia Pelaez, Rigoberto Paredes, Roberto Armijo, José Adán Castellar, Miguel Prado y Eduardo Gargurevich. Algunos autores ya habían fallecido. No todos son guatemaltecos, algunos muy reconocidos. El dinero para las dos publicaciones lo obtuvimos con la venta de una pintura de Jorge Félix, que nos donó el crítico de arte Juan Juárez, compañero mío en la primaria, en el Colegio Don Bosco, y nieto de doña Mina, vecina de nuestra casa, en la zona 7, quien atendía una tienda modesta.
Siempre me impresionó un cuadro que estaba en una de sus paredes. Pasados los años descubrí que era Tríptico “Jardín de las delicias” del pintor “El Bosco”. Se explica porque ella era evangélica. Con el tercer número de 500 ejemplares, sucedió un hecho impensable. Vivia en Guatemala el escritor nicaragüense Ariel Montoya, quien realizaba trabajos ocasionales para sobrevivir. Había alquilado un apartamento en la 12 calle y novena avenida de la zona 1.
Le entregamos casi toda la edición para que las vendiera y obtuviera así algunos ingresos económicos, pero días después retornó a Nicaragua. Pasados unos meses y al no saber de él fuimos con Paco a hablar con el encargado del edificio y le explicamos que queríamos recoger los números de la revista que se encontraban en la habitación. Nos respondió que ya no era posible porque había entregado libros y objetos de Montoya a las personas que se llevaban la basura. Afortunadamente tengo un ejemplar de cada uno de los números, al igual que de los siguientes que se publicaron en años posteriores.
Los estudiosos de nuestra literatura no deben olvidar cualquier publicación, aunque sea modesta o poco conocida, porque estas son fundamentales para la historia de la misma.
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