El Pensador, de Rodin simboliza la reflexión, la introspección y la capacidad humana de pensar.
Cicerón, quien, además, de un gran jurista y orador célebre por sus famosos discursos pronunciados en el año 63 a.C.- en el senado romano contra el conspirador antirrepublicano Catilina –Las catilinarias- fue uno de los primeros que tradujo al latín las obras de los grandes filósofos griegos, en especial, de los estoicos, dijo que “filosofar es prepararse para la muerte”; y, Michel de la Montaigne, en su ensayo sobre el tema, agregó siglos después, ampliando y comentando este sentencia, que “esto es porque el estudio y contemplación separan algo nuestra alma de nosotros y la ocupan aparte del cuerpo, lo que supone cierto aprendizaje y parecido con la muerte; o bien, porque toda sabiduría y el discernimiento del mundo se reduce al fin a este punto, a enseñarnos a no temer a morir. … La premeditación de la muerte es la premeditación de la libertad. El que aprende a morir, aprende a no servir. El saber morir nos libera de toda atadura y coacción”.
Filosofar, es pensar que la muerte es un hecho e inevitable que pone fin a nuestras vidas. Es aprender a ver y comprender, que su irrupción es el destino que la naturaleza de nuestra vida nos impone algún día, sin ninguna posibilidad de evitarlo; es comprender que la muerte hace parte de nuestras vidas como su culminación natural a la que llegaremos, sin remedio y sin excepción. Y, que, además, es comprender, como lo enseñó desde la antigüedad Epicuro, que cuando morimos dejamos de sentir, y, por lo tanto, no sentimos dolor alguno. Pues, la angustia, tensa, agobiante y dolorosa que sentimos ante la muerte, no la sentimos, sino cuando estamos vivos, al sentirla cerca, presente y dispuesta a apoderarse de nosotros. Al comprenderlo así, podemos, entonces, liberarnos de ese temor y angustia que su presencia nos provoca. Poder vivir libres de esa angustia que produce su presencia no solo es una forma de vivir libres, sino, sobre todo, de “vencerla” en el instante en que se nos aparece, en el último instante de nuestras vidas.
Sin embargo, esta no es la función principal o característica de la filosofía. Si fuera así, la filosofía se reduciría a una sabiduría de la vida que es posible encontrar en algunas religiones orientales, como, por ejemplo, el budismo. Filosofar es también, y, sobre todo, preguntarse por el origen común o el comienzo de toda la diversidad de seres y fenómenos que vemos o que existen en el mundo. Hacemos filosofía, no tanto cuando constatamos y aceptamos el fin natural de nuestras vidas o todo lo existente, sino, sobre todo, cuando nos preguntamos por su principio.
Pero, formularse esta pregunta, sin embargo, no es suficiente para que la filosofía se constituya. Esta es una pregunta que todos los hombres y pueblos se han planteado alguna vez en el curso de sus existencias. Y, la respuesta que dieron fue la de forjar la imagen de dioses o seres superiores y poderosos, a los que les atribuyeron el poder de dar origen a la propia vida, y, a toda la diversidad de las cosas del mundo real. Se requiere, entonces, un paso más, que solo los antiguos griegos dieron, a saber, el de que la respuesta que ofrezcan sea una respuesta que indique algo de la propia realidad del mundo como ese origen por el que preguntan. Es decir, que sea una respuesta, que nombre y destaque a algo de la realidad del mundo como principio u origen de él. Este paso fue el que dieron precisamente los fundadores de la filosofía en la antigua Grecia, como Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Contestaron a esta pregunta, sosteniendo, que el principio único original de todo lo existente en la realidad era el agua o el aire, un elemento o sustancia perteneciente a esa realidad de la naturaleza. De tal manera, que, al responder así esta pregunta, dieron origen precisamente a la filosofía como disciplina del intelecto humano.
Pero, al preguntar por el origen único y común de toda la diversidad de los entes y fenómenos de la naturaleza es preguntar por lo que son, es decir, es preguntar por lo que tienen de invariable y constante. La pregunta por el origen de la naturaleza remite, entonces, necesariamente a la pregunta por su Ser. En este momento, entonces, le surge la necesidad a los hombres de saber lo que es el ser en sí mismo, de saber o determinar los rasgos o atributos que lo conforman, es decir, les aparece la necesidad de plantearse la pregunta por el ser mismo. Fue Parménides, un tiempo después, como se sabe, el que no solo se formuló esta pregunta, sino, comenzó a responderla, al decir que el ser de algo de la realidad es aquello que es invariable, incorruptible y permanente a ese algo, o, lo que es lo mismo, que el ser es lo que está siempre presente en la diversidad variable de todos los entes particulares. A partir de él, la pregunta por el Ser, se convirtió en una pregunta filosófica por excelencia.
Sin embargo, con la irrupción de Sócrates en la escena, esta pregunta por el Ser de la naturaleza se sustituyó por la del Ser de los diversos entes y fenómenos humanos, como, por, ejemplo, por el ser del amor, del conocimiento, de la virtud, del arte, etc. Preguntas, que, sin embargo, Sócrates, no respondió. Fue, Platón, su genial discípulo y profundo admirador, el primero, que, se consagró responder y explicar esta preguntar por el ser de los diversos aspectos de la existencia humana, en sus libros-diálogos en los que Sócrates es el protagonista principal. Y, después de él, todos los filósofos significativos e importante han respondido de nuevas y diferentes maneras, las mismas preguntas, que, Sócrates, formuló en sus conciudadanos en las plazas de Atenas.
Ahora bien, Heidegger, en el siglo pasado, en los tiempos modernos, dio un giro radical y fundamental a esta pregunta socrática por el ser de los diversos entes y fenómenos que constituyen la existencia de los seres humanos. Siguiendo una enseñanza de su maestro Edmund Husserl, planteó que esa pregunto por el ser de los entes había que sustituirla por la pregunta por el sentido del ser de esos entes. Esta era por él la pregunta que debía hacerse ahora la filosofía para renovar y continuar su existencia en el mundo moderno.
Pero, el sentido del ser de los entes no comparece o se muestra directamente ante los ojos de los hombres. Al contrario, se esconde u oculta siempre en su interior. Por lo tanto, para Heidegger, existe una diferencia ontológica entre el ser y el ente. De tal modo, que la labor esencial del pensamiento ahora es la de desvelar el sentido del ser de los entes que se oculta en ellos. Labor, que ya no puede cumplir a cabalidad la filosofía, sino la poesía. O, mejor, la integración de los dos, en una forma de pensar que llamó “El pensar poético”.
Sin embargo, lo que en realidad ocurrió con este giro dado por Heidegger, fue que la filosofía no desapareció o se desvaneció uniéndose a la poesía. Más bien, al hacer suya esa pregunta por el sentido del Ser de los entes del mundo humano, se dio a la tarea de contestarla indagando con los medios del lenguaje lógico-discursivo la presencia de ese sentido o sentidos. La filosofía no renunció al lenguaje discursivo que le es propio, para realizar esta labor. De ahí, que, si bien tiene o realiza una función semejante a la de la poesía, una gran especialista en desvelar el sentido de las cosas de la vida de los seres humanos y del mundo, conserva su propio rango, en la medida, que, no se sirve de metáforas para hallarlo, sino de razonamientos lógico-discursivos. Pero, además, sigue preguntando por el ser del hombre y de su mundo, tal como desde la antigüedad lo enseñó Sócrates. De tal modo, que en los tiempos modernos la filosofía se funda en estas dos preguntas diferentes, pero, complementarias sobre el ser de la vida de los hombres y los entes del mundo. Una que viene del pasado antiguo donde yacen sus orígenes, y, la otra, que ha surgido en la modernidad gracias a la obra filosófica de Heidegger.
Por eso, la filosofía no sirve a los hombres para prepararse para sus muertes, como pensaron Cicerón, los estoicos y Montaigne, sino, al contrario, para realizar sus vidas de la manera más humana posible, comprendiendo lingüísticamente, el sentido del Ser de sus existencias, y, del mundo socio-cultural e histórico en que están situadas.
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