Sobre la peste y el saber

Podemos decir, que los guerreros aztecas no fueron vencidos propiamente por las tropas españolas y sus aliados indígenas, sino por la acción letal sobre sus organismos de estos pequeños e invisibles agentes patógenos que los españoles trajeron consigo en sus cuerpos, y, que se convirtieron, sin saberlo o proponérselo, en sus mejores y más efectivos colaboradores y aliados.

Camilo García Giraldo

julio 13, 2025 - Actualizado julio 12, 2025

El Códice Florentino muestra a indígenas mesoamericanos afectados por epidemias.

En el año 430 antes de Cristo una grave epidemia se propagó sobre la ciudad de Atenas que estaba en ese momento gobernada por Pericles, quien desde que el año 460 anterior a Cristo había dedicado gran parte de su gobierno a promover la vida artística, cultural e intelectual de la ciudad, a cultivar una estrecha amistad con algunos de sus más notables artistas y pensadores como Fidias y Anaxágoras, y a llevar a cabo grandes proyectos de construcción arquitectónicos como El Partenón sobre la colina del Acrópolis que le encargó a los arquitectos  Ictino y Calícrates, supervisados por Fidias, y, que, apenas dos años antes de desatada la epidemia se había terminado de construir.

Fue una epidemia probablemente causada por la bacteria del tifo que llegó en uno de los barcos mercantes provenientes de Egipto o del próximo oriente. Duró casi tres años provocando la muerte de miles y miles de personas, especialmente de la población de esclavos que ascendían a 500,000 que vivían en precarias condiciones de hacinamiento, y, de los campesinos de la región del Ático que un año antes habían comenzado refugiarse tras los muros de la ciudad de las incursiones militares que el rey de Esparta Arquidamos con la que la ciudad de encontraba en guerra, la gran guerra del Peloponeso. 

Después que el propio Pericles muriera también arrasado por esta epidemia un año después, en el 429 antes de Cristo, las autoridades de la ciudad nombraron una delegación para que viajara a Delfos a consultar al oráculo, consagrado al dios Apolo, lo que debían hacer para acabar con este gran mal que estaba acabando con la vida de los habitantes de su próspera, culta y bella ciudad. El oráculo contestó diciendo que debían duplicar el altar que había en la isla de Delos consagrado a Apolo; altar que tenía la forma de un cubo. Presurosos ordenaron la construcción de un altar cúbico cuyos lados fueran el doble de las del altar de Delos, pero la epidemia no solo no cesó, sino se volvió más mortífera. Los atenienses desesperados regresaron de nuevo a Delfos para preguntar al oráculo por qué razón la peste no había cesado, ya que habían cumplido la condición que les había pedido. A lo que el oráculo les contestó que el altar que habían construido no era el doble de grande sino ocho veces mayor, puesto que el volumen del cubo es el cubo de su lado. Y, a pesar que lo intentaron, no supieron cómo construir un cubo cuyo volumen fuese exactamente el doble del volumen de otro cubo dado; pues de hecho era, y es, imposible diseñar su modelo geométrico usando la regla y el compás. Se necesitan técnicas algebraicas que los griegos no conocían para poderlo diseñar. Y, aunque no pudieron resolver este interrogante, la epidemia finalmente terminó casi dos años después.

Este episodio histórico, que tiene la forma de una alegoría, nos enseña o nos recuerda una vez más que las enfermedades que sufren los seres humanos solo las pueden combatir, tratar y curar con medios y conocimientos científicos. Si carecen de ellos no podrán tratarlas con éxito y curarlas; quedan irremediablemente a merced de su acción dañina y destructiva. Los atenienses no pudieron combatir con éxito la enfermedad que se extendió como epidemia en la ciudad porque no conocían la causa que la provocaba, y, por lo tanto, tampoco tenían los medios y procedimientos más apropiados para enfrentarla. El hecho de no haber podido resolver el problema geométrico-matemático para construir el altar en honor a Apolo en realidad lo que nos indica es la incapacidad cognoscitiva que tenían para resolver con eficacia el grave problema para sus vidas que esa enfermedad les estaba ocasionado.   

Ahora bien, muchos siglos después, ocurrió un hecho histórico que tuvo devastadoras consecuencias para los pueblos indígenas originarios de México y Centroamérica, el triunfo del relativamente pequeño ejército del conquistar español Hernán Cortés, compuesto en su mayoría por indígenas tlaxcaltecas, sobre los numerosos guerreros aztecas en 1521, que fue posible debido a varios factores que los historiadores han examinado y establecido bien. Y, sobre todo, a uno muy importante, el de que una buena parte guerreros aztecas estaban contagiados por los virus de la viruela, el sarampión y la bacteria del tifus que varios de los soldados españoles llevaron consigo al interior de la ciudad cuando fueron recibidos a su llegada por el emperador Moctezuma. Soldados, que contagiaron los primeros indígenas, que, a su vez contagiaron a otros, dando lugar a la propagación en gran parte de la población de la ciudad de estos infinitamente pequeños organismos patógenos letales que comenzaron a enfermar gravemente, y, provocar la muerte de una inmensa cantidad de indígenas. Pues, como estos virus y bacterias eran hasta ese momento inexistentes, los indígenas carecían en sus cuerpos de las defensas o anti-cuerpos que les hubiera permitido combatirlos con alguna mínima eficacia, como sí lo hacían los españoles que tenían mejores defensas naturales. Por eso, su letalidad mortal fue mucho más contundente con ellos de la que era usualmente con los españoles, y, en general, con los europeos que habían sufrido desde hacía siglos de sus acciones letales, y sabían de su existencia. 

Lo mismo, entonces, que los antiguos atenienses de la época de Pericles, los aztecas, no supieron las causas y los nombres de estas enfermedades que los debilitaban y arrastraban con rapidez a la muerte. Pero, a diferencia de ellos, no tuvieron tiempo de acudir a sus dioses para rogarles que les ayudaran a combatir este grave flagelo, como lo hicieron los griegos pidiéndole ayuda y consejo al oráculo de Delfos. 

De ahí, que una parte de los guerreros aztecas, que eran alrededor de 30 a 50,000 a la hora de enfrentar a los 3,000 o 4,000 soldados de Cortés en la batalla decisiva en el gran lago de Tenochtitlán estaban enfermos, con las fuerzas físicas totalmente disminuidas y moribundos; eran guerreros que estaban ya vencidos por la letalidad de estos virus y bacterias antes de ser derrotados militarmente por las fuerzas de Cortés. Sin la presencia y acción demoledora de estos infinitamente pequeños agentes naturales patógenos en los cuerpos de una parte de los guerreros aztecas, Cortés y su ejército hubiera tenido menores posibilidades de vencerlos en el campo de batalla, o mejor, en el lago de batalla. La diferencia de uno a diez que tenían en su contra hubieran dificultado muchísimo su victoria, a pesar de las ventajas militares que tenían, como las armas de fuego y los escudos y cascos de acero.

Por eso, podemos decir, que los guerreros aztecas no fueron vencidos propiamente por las tropas españolas y sus aliados indígenas, sino por la acción letal sobre sus organismos de estos pequeños e invisibles agentes patógenos que los españoles trajeron consigo en sus cuerpos, y, que se convirtieron, sin saberlo o proponérselo, en sus mejores y más efectivos colaboradores y aliados.

Por esa razón, otra hubiera sido la historia de esta batalla decisiva sin la intervención de estos minúsculos e invisibles agentes bacterianos y virales. El grupo de soldados españoles y sus aliados los indígenas Tlaxcaltecas españoles no hubieran podido vencer a los guerreros aztecas, por más que dispusieran de un superior armamento compuesto por cascos, escudos y espadas de acero y hierro, y, por mosquetes de pólvora. Le gran inferioridad de número de sus soldados y guerreros no les hubiera permitido vencer a los guerreros aztecas. Y, con esta derrota el proceso de ocupación del territorio y la destrucción de las formas culturales y religiosas de los pueblos indígenas mesoamericanos se hubiera detenido por un buen tiempo o se hubiera aplazado hasta que los españoles regresaran con un ejército mucho más numeroso, organizado y poderoso. Por eso, los españoles que celebran y se sienten orgullosos de la conquista de México, y, de la derrota de los aztecas a manos de Hernán Cortes y sus escasas huestes armadas, deberían, en vez, de haberle erigido estatuas y monumentos, haber hecho un “gran monumento” a estos virus y baterías que fueron los verdaderos vencedores de los aztecas en esa histórica batalla del lago de Tenochtitlán en 1521.

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