En «Ante la Ley», Franz Kafka propoCone la parábola de un hombre que quiere entrar por la Puerta de la Ley, pero un guardián se lo impide. Espera años y años, y antes de morir pregunta cómo es posible que durante tanto tiempo nadie más haya intentado entrar. El guardián le responde: «Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.»
Guatemala, los guatemaltecos, parecemos llevar años, décadas, siglos, ante esa misma puerta. La puerta de la Ley, reservada solo para nosotros. Esperando.
Hoy, 17 de mayo, el guardián se va. Consuelo Porras abandona su puesto frente a la entrada, ocho años después de haberla custodiado con la ferocidad de quien sabe que la puerta también la protege a ella. El sistema que la creó, que le dio forma, poder y sustento, sigue ahí. Cambia el guardián. El sistema permanece.
Solemos pensar en Consuelo Porras como la gran villana, el enemigo último de la justicia. Quizás es más exacto verla como su síntoma más visible. Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, acuñó el concepto de «zona gris» para describir ese territorio incómodo donde la culpa y el sistema se enredan hasta volver inútil la coartada fácil de los bandos puros: el guardián no es el mal absoluto, es el mal posible dentro de un sistema que lo requiere, que lo produce, que lo repone cuando se va. Consuelo Porras no inventó la impunidad guatemalteca. La heredó, la administró y la perfeccionó. El campesino de Kafka murió esperando permiso para algo que ya tenía derecho a hacer. Si el nuevo fiscal es bueno o no, pasa a segundo plano, esa pregunta es la más fácil. La pregunta difícil es si las instituciones, la ciudadanía, el sistema político saben qué hacer con un Ministerio Público que quiera funcionar.
Cambiar al guardián introduce la posibilidad de algo nuevo, pero no lo produce. Hannah Arendt llama «natalidad» a esa capacidad humana de crear comienzos genuinos en el mundo. Cada nuevo comienzo es un milagro, dice, porque interrumpe la mera repetición de lo que ya existe. Pero Arendt advertía que la acción política es siempre irreversible e impredecible, que uno comienza algo sin saber del todo adónde lleva, y que la promesa de lo nuevo necesita ser reclamada, habitada, sostenida. La natalidad no es un regalo. Es una apuesta. Nos integramos siempre a un mundo compartido con otros, y cada oportunidad política es una puerta abierta solo para nosotros, que podemos cruzar o dejar cerrada para siempre, como el campesino. Sobre esta acumulación de coyunturas ya habíamos hablado.
Hay una regla narrativa de Chéjov que dice que si un arma aparece en el primer acto, debe usarse. Dicho de otra forma: si una puerta está abierta, es para entrar. Gabriel García Luna recibe una institución dañada por dentro. Los fiscales, los casos, la cultura institucional no van a sanar solos con la salida de quien los enfermó. Byung-Chul Han lo diría así: el sistema neoliberal (y, agregaríamos, el sistema de impunidad) se ha internalizado hasta el punto de que ya no necesita coerción externa para existir. Los guardianes cambian. La lógica que los produce, no. Eso tomará años, voluntad sostenida, y casi con certeza, más milagros de los que merecemos.
Y los milagros, en Guatemala, han tenido últimamente la forma de cositas inverosímiles que no vimos venir pero deseamos con todas las fuerzas. Una acumulación de pequeños imposibles que, vistos juntos, parecen un argumento, o al menos una esperanza con evidencia. El milagrito no es que la puerta esté abierta. Es que alguien, sabiendo lo que hay adentro, decida cruzarla de todas formas.
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