Hartas veces se ha dicho que este año es inusual para Guatemala. Inusual porque coinciden una diversidad de elecciones llamadas de “segundo grado”, que para quien no está cerca de ellas son un cúmulo de elecciones confusas y lejanas de burócratas que alguna función ejercen, aunque no se sepa muy bien cual. Para quienes estamos un poco más cerca de estos eventos, es una alarma constante que indica que hay peligro, que nos estamos jugando prácticamente todo este año.
Eso de que río revuelto es ganancia de pescadores ya hay quienes lo han pensado con seriedad. En su Tesis de la Filosofía de la Historia, Walter Benjamin describe el Jetztzeit como un momento de posibilidades revolucionarias, que podría permitirnos abrir las puertas a un futuro diferente del “tiempo vacío y homogéneo”. Que podemos ser pescadores cuando el río está revuelto, vaya.
El conjunto de procesos de renovación de autoridades de segundo nivel es el gran Jetztzeit (traducido literalmente del alemán como “ahora es el momento”) de nuestra década, una separación de continuum luego de la falta de grandes cambios que esperábamos en 2023, que esperábamos en 2015, que esperaban quienes vivieron los Acuerdos de Paz. Y no porque el gran cambio sea el conjunto de autoridades que se renuevan, sino la oportunidad para que estas autoridades piensen en clave reformista y no de continuidad de un sistema desvencijado.
El neoinstitucionalismo histórico denomina coyunturas críticas a estos puntos de condensación histórica, donde múltiples procesos se alinean y el margen de maniobra se amplía de forma abrupta. Momentos de extraordinaria vulnerabilidad institucional.
Más que una ruptura, lo que estamos viendo es una crisis de hegemonía en sentido gramsciano: las élites tradicionales ya no logran reproducir el orden con la misma facilidad, pero tampoco han sido reemplazadas por un proyecto alternativo coherente. Este interregno institucional con tantas fisuras es especialmente peligroso porque la crisis de lo viejo no garantiza el nacimiento de lo nuevo. Muchas veces, lo que emerge es una reorganización más sofisticada del mismo poder.
Hablar de reformismo en un año como este, no es hablar de grandes leyes ni de promesas maximalistas. Es hablar de microdiseños institucionales, de procedimientos, de reglas de contención. Elinor Ostrom insistía en que las instituciones reales no viven en los textos, sino en los procedimientos cotidianos que definen quién decide, cómo y con qué incentivos.
Y aquí aparece el punto central: cuando todo se mueve al mismo tiempo, el sistema se vuelve más permeable. Como advierte Paul Pierson, los sistemas políticos desarrollan una fuerte dependencia de trayectoria: aprenden, se adaptan y, cuando pueden, cierran las fisuras que alguna vez permitieron el cambio.
Rachel Schwartz, en su libro “Socavar el estado desde adentro” (sobre el cual hablé con ella en esta entrevista), explica que las instituciones que tenemos son el legado de la gran discrecionalidad con la que se crearon en tiempo del Conflicto Armado Interno. De ahí que no podamos pensar en la continuidad de esas instituciones, especialmente a partir de las coyunturas críticas que se abren ahora mismo.
Quizá sea contraintuitivo pensar que este es el momento de pensar en clave reformista. Ahora pareciera solo ser momento de ocupar los espacios de influencia que ahora mismo están cooptados.
En ese contexto se inscribe la esperanzadora victoria de Unidad x la Democracia en las elecciones gremiales del CANG para la Comisión de Postulación del TSE, liderada por Goyo Saavedra y Edgar Ortiz. Conviene decirlo con cuidado: no como epopeya ni como punto de llegada, sino como síntoma. No es que la victoria haya creado el momento; es el momento el que la hizo posible.
Pierre Bourdieu insistía en que los campos sociales solo parecen estables mientras logran reproducirse sin fricciones. Cuando esa reproducción se tensa (o sea, cuando los mecanismos habituales dejan de funcionar con la misma eficacia) aparecen fisuras. Lo ocurrido en el CANG (y sigue ocurriendo, con la elección de la Corte de Constitucionalidad) no desmonta el campo jurídico, pero sí indica que algo en su lógica automática se ha interrumpido, aunque sea de forma temporal.
Lo peculiar de este año es que no enfrentamos una sola coyuntura crítica, sino varias superpuestas. Elecciones de segundo nivel que dependen unas de otras, que se observan mutuamente, que se condicionan. Theda Skocpol mostró hace décadas que los grandes cambios institucionales no suelen surgir de un solo evento dramático, sino de la alineación accidental de estructuras distintas. Eso es exactamente lo que estamos viendo.
Sin embargo, hay una tentación peligrosa en contextos así: confundir intensidad con dirección. Creer que, porque todo es urgente, no hay tiempo para pensar. Que la única respuesta posible es el parche, la reacción, la maniobra de corto plazo. Este momento de extrema urgencia es, paradójicamente, el peor momento para improvisar (el mejor para pensar estructuralmente).
Pensar reformas no significa detener el proceso ni abstraerse del conflicto. Significa entender que, cuando hay demasiados actores decidiendo al mismo tiempo, se debilitan los equilibrios de veto tradicionales. Que cuando las reglas están todas en uso simultáneo, ninguna es completamente estable.
El riesgo inverso es igual de grande: creer que una victoria parcial equivale a haber resuelto el problema. La historia institucional latinoamericana está llena de momentos en los que una apertura breve fue seguida por un cierre más sofisticado.
Tal vez el mayor peligro de este año no sea perder elecciones, sino perder la oportunidad de comprender lo que está en juego. Hay muchos dentro del sistema cuya supervivencia depende de que ese sistema (mal)funcione, y ellos sí entienden lo que está en juego. ¿Estamos nosotros a la altura?
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