Ya no importan las grandes ideas para salvar al mundo, baste acaso con una ventanilla o puente imaginario a la caverna donde brota incandescente la adusta lava de la angustia humana. Pasar a la historia es una afirmación polisémica. Pasa la historia el que se diferencia de todos por sus obras, su pensamiento y en algunos casos por sus omisiones. Pero pasar a la historia puede ser lo contrario, es decir significa no ser actual y por tanto pasar al olvido.
Urge recordar a Goethe que afirmaba convencido en el Fausto que toda teoría, y por tanto toda literatura, es gris mientras la vida será glauca como la selva y la sabia. Cada palabra resulta nueva y vieja. Estamos hechos de citas, pero también de inventos. Nos inventamos todos los días hasta el día en que perdemos definitivamente la memoria, es decir cuando partimos o volvemos a la nada.
Conviene también traer a colación la necesidad de la memoria. El papel de la historia en la conciencia y la cultura. Historia y ficción vistos como discursos, según cierta moda posmoderna. Ruinas, vestigios y misterios. La literatura está llena de vestigios y de pistas. Como bien ha dicho Juan Marsé: “Un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva. No hay literatura sin memoria».
Quién escribe para pasar a la historia pierde su tiempo. Pero el que nos recuerda que el tiempo es la esencia de la vida pone la mano en la herida, la mano literaria que pinta la página en blanco. Recordemos entonces el enorme poema del historiador y poeta sevillano Rodrigo Caro (1573-1647):
Sólo quedan memorias funerales
donde erraron ya sombras de alto ejemplo
este llano fue plaza, allí fue templo;
de todo apenas quedan las señales.
Durante mucho tiempo la emblemática obra poética A las ruinas de Itálica fue erróneamente atribuida a otro poeta de Sevilla, el diez años menor Francisco de Rioja (1583-1659). También al poeta Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631). A Rioja también se le otorgaba la autoría de otra gran obra lírica, Epístola moral a Fabio. Rioja fue durante largo tiempo considerado un gigante de nuestra lengua. Hasta que vino Damaso Alonso y demostró que el verdadero autor de la Epístola era un tal Andrés Fernández de Andrada (1575-1648), poeta y militar, también sevillano. Rioja ha pasado a ser un poeta menor. Las obras permanecen y con el tiempo la importancia de los mismos textos parecería superar a la importancia del nombre de los autores. La vanidad, el oropel, la famosa fama y la gloriosa gloria son ilusiones o visiones que se difuminan como espejismos en mitad del desierto del tiempo. Comienza la Epístola con una advertencia irrefutable:
Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere
y donde al más activo nacen canas;
Más adelante nos dice Fernández de Andrada, o Francisco de Rioja o el que sea que lo efímero es lo único seguro. Es formidable la concentración lírica y cognitiva en el siguiente terceto indagatorio:
¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
do apenas sale el sol, cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?
La posteridad no tiene importancia para los poetas muertos, es solo una visión y un deseo. A Jorge Luis Borges no le entusiasmaba para nada. En una entrevista respondía a la pregunta sobre cuál creía que sería el juicio de la posteridad en su caso: “No me interesa absolutamente nada. Yo espero ser olvidado, definitivamente.”
Singular y desconcertante resulta la denuncia puesta por María Kodama, la última secretaria y esposa de Jorge Luis Borges, que obligó en 2011 a retirar de las librerías la obra El hacedor (de Borges). Remake del joven narrador, cabeza del grupo Nocilla, Agustín Fernández Mallo. Kodama consideraba que las citas de textos de Borges no estaban cubiertas por derechos de autor y de nuevo puso en el tamiz la polémica entre lo que es cita y lo que es intertextualidad, plagio y uso indebido. Un buen número de escritores y personalidades rechazaron la acción de Kodama al considerar que se trata de un acto creativo literario que en verdad exalta la figura de Borges. El escritor y crítico Juan Francisco Ferré escribió una carta muy severa a Kodama diciéndole entre otras cosas:
Es triste tener que escribir en su contra en nombre de Borges, en favor de la literatura. Un indicio del pésimo estado de cosas que padecemos. Con el gesto de prohibir la circulación de El hacedor de Borges (Remake) usted se engaña. No le hace ningún favor a Borges, no vela como una mujer celosa sobre el legado de su marido. En absoluto. Usted impone las leyes del capitalismo, las leyes de la propiedad privada y el código civil, ese aliado mezquino de todo lo que no funciona en nuestra sociedad, para transformar a Borges en convidado de piedra de la libertad creativa y las aventuras más audaces de la literatura.
Kodama parece tener la costumbre de acusar de plagio o de usos indebidos en la primera oportunidad que se le presente. Por ejemplo, el escándalo que tuvo con Pablo Katchadjian a quien acusó de haber plagiado a Borges. Convendría acaso recordar aquí lo dicho alguna vez por Bajtín:
El texto vive únicamente si está en contacto con otro texto (contexto).
La literatura es en todo caso invención y su usufructo no es cuestión de la imaginación sino de la codicia que es una actitud en esencia anti literaria. Al fin y al cabo, nos inventamos todos los días hasta el día que definitivamente perdemos la memoria, es decir cuando partimos o volvemos a la nada. Faltaría reconocer de nuevo que cada palabra es siempre nueva y vieja. Estamos hechos de citas, pero también de inventos Las citas a pie de página no crean la literatura. El texto literario hay que ponerlo en la página, no en la cita.
¿Será cierto aquello de que el futuro comenzó ayer? Lo dijo, paradoja, alguien que nació en la ciudad colonial mesoamericana de Antigua o Santiago de los Caballeros. Se trata del poeta y crítico Luis Cardoza y Aragón (1901-1992) que llamara a su ciudad natal: “Ítaca del trópico en Levitas”, donde según Cardoza todo era tentación. Ahí fue escrita la primera gran relación de la conquista de América por Bernal Díaz del Castillo, aunque ahora el arqueólogo francés Christian Duverger, después de 10 años de sudoroso trabajo, se la atribuye en su Crónica de la eternidad (2012) al mismo Hernán Cortez. Bernal Díaz del Castillo ha fascinado por su condición de soldado y cronista .Según Duverger Cortez escribió la crónica como sus memorias e inventando al soldado Bernal, de esta manera sería un texto más literario que una obra histórica. La crónica oficial la haría López de Gomara, pagado por el mismo Cortez. Duverger afirma entonces que Cortez fue “..el verdadero fundador, como dijo Carlos Fuentes de Bernal, de la novela latinoamericana.”
Duverger levanta la portentosa figura de Cortez como fundador de México. Cortéz era un hombre ilustrado, bachiller de Salamanca, a diferencia de sus colegas analfabetos como Pizarro. “El México mestizo que conocemos hoy es producto de la visión de Cortés”, afirma el arqueólogo francés.
La destrucción del mito de Bernal es el objetivo de Duverger. De todos modos, el texto de Bernal, o ahora de Cortez, fue encontrado en Antigua y permanece en Guatemala. Estamos acaso, y si es cierta la teoría de Duveger, ante el desmontaje de un texto universal al cambiarle de autor o encontrarle a su autor verdadero.
¿Repercute este hecho en el valor del texto? No lo creemos, pero si bajaría del pedestal de la literatura al famoso soldado cronista llamado Bernal Díaz del Castillo quien le hubiera podido decir a Duverger las palabras extraídas de Trafalgar de Benito Pérez Galdós: “Hemos salido de Guatemala para entrar en Guatepeor-dijo Marcial cuando lo pusieron sobre cubierta-.Pero donde manda capitán no manda marinero.” De todos modos, el caso de Bernal, visto así, se asemeja de algún modo al personaje Cide Hamete Benengeli de Cervantes. El libro de Duverger parece también una novela.
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