Notas sobre algo a lo que le tengo miedo

No quiero, bajo ningún concepto, ser un héroe. Pero sí quiero, como mínimo, ser justo. Por eso tengo miedo, porque ser justo aquí significa enfrentarte al monstruo gigante que no le tiene ningún tipo de piedad a las piedras en el camino.

José Javier Gálvez

marzo 29, 2026 - Actualizado marzo 28, 2026

Foto: Archivo Gobierno de Guatemala

Es difícil hablar del crimen organizado sin hacerlo con miedo. Por la violencia que ejerce pero también por la forma en que se entrelaza con el poder público. Cuando esa frontera se diluye, las posibilidades que creemos imposibles porque la ley las prohibe se vuelven aterradoras.

En su reciente visita a Guatemala, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos publicó la Resolución 1/26, que aborda la relación crítica entre el crimen organizado y la protección de los derechos humanos en las Américas. Ya en 2018 había adoptado la resolución 1/18 sobre el efecto directo que tiene la corrupción en los derechos humanos. Esa conversación tiene sentido en un marco intelectual, pero en el plano político cotidiano es más difícil dimensionarlo.

La corrupción y el crimen organizado, por supuesto, beben de la misma fuente: la cosa pública. Aunque el crimen organizado tiene distintas manifestaciones, es útil verlo con la más común de ellas en nuestros días: el narcotráfico. Incrustado en todas las esferas del quehacer cotidiano, desde “militares con tenis” en el norte mexicano hasta congresistas y senadores en diversos países de nuestra región directamente ligados al narco, es innegable que los asuntos públicos son del interés directo del narcotráfico.

Para darle un poco de forma, sirve un argumento interesantísimo de Oswaldo Zavala en su libro Los carteles no existen, en el que propone que la figura del cartel de la droga es un invento discursivo producto de la guerra contra el narco en la época de Felipe Calderón. Que los grandes carteles de la droga no son estructuras paraestatales que ponen en riesgo la integridad de las instituciones públicas sino que, al menos en el caso mexicano, son parte intrínseca del estado, funcionan en armonía y se sostienen mutuamente. Zavala sostiene que la idea del cartel es una ficción narrativa para crear un enemigo a vencer, pero que el gran poderío del narco está dentro del estado, y no al margen de este.

Sumémosle la poderosa investigación de Roberto Saviano en su libro CeroCeroCero sobre cómo la cocaína domina el mundo. Dice que “los centros del poder financiero mundial se han mantenido a flote con el dinero de la coca”; que en el mundo del narcocapitalismo, el poder político está absolutamente sometido al poder económico de la droga. Para muestra, un botón: treinta alcaldes mexicanos asesinados en los primeros seis años de guerra contra las drogas.

En ese contexto, pensar en crimen organizado, en corrupción o en justicia resulta en poco más que el esfuerzo de un David sin honda que frente a sí tiene a tres Goliats sedientos y sanguinarios.

Lo que resulta curioso es que esos Davides nunca hacen falta. Lamentablemente, la historia política demuestra que la forma más común lidiar con ellos es bastante extrema. La eliminación del enemigo político ha sido siempre una herramienta de suma eficacia para evitar la incomodidad que empaña una imagen tan utópica como falsa, independientemente del color de su bandera.

Por un lado tenemos lo evidente, los enormes elefantes blancos en la habitación de cada país: las dictaduras sangrientas y torturadoras que convirtieron a sus enemigos en un recuerdo en los museos nacionales de memoria histórica. Luego, los grandes casos emblemáticos: Giovanni Falcone: asesinado por la mafia italiana. Rodrigo Lara Bonilla: asesinado (como tantos otros, incluido el emblemático Luis Carlos Galán) por Pablo Escobar. El gran juez antidroga de Francia Pierre Michel: asesinado por desmantelar grandes operaciones de heroína. La jueza brasileña Patricia Acioli: asesinada por los policías que juzgaba por corrupción.

El panorama es absolutamente devastador. Aquí en Guatemala la cosa tiene algunas variantes. Como símbolo de absoluto respeto por los Acuerdos de Paz y para dejar atrás las prácticas de la desaparición forzada y tortura, las élites criminales prefieren voltear la mirada a formas más antiguas (porque siempre estamos varios pasos atrás) y menos físicas de eliminación. La muerte civil por vía de destierro, el vaderiano “preso o prófugo”, es su castigo de preferencia. Una forma de damnatio memoriae a la romana, pero en vida.

Alguna vez alguien me dijo, con muchísima ironía, que nuestros operadores políticos criminalizados tienen mucha suerte de estar exiliados. Es un comentario totalmente censurable pero que, leído en su contexto, no deja de mostrar una verdad incómoda: que la historia de las voces que se enfrentan a la injusticia en nuestro país suele terminar de escribirse fuera de él.

Hago aquí un paréntesis para decir que no vale el párrafo anterior para disminuir las dolorosas experiencias de quienes sí sacrificaron su vida aquí y en todo el mundo por las causas justas.

Pensando en todo eso, le tengo un miedo terrible al crimen organizado. En el ajedrez, un gambito es el sacrificio de una pieza (casi siempre un peón) por un beneficio posterior. También en el ajedrez, zugzwang es aquella situación en la que cualquier movimiento empeora la posición propia.  “Desventurado el país que necesita héroes”, escribió Bertolt Brecht (y lo cita por supuesto Saviano en Los valientes están solos, su novela sobre Giovanni Falcone). Creer que necesitamos mártires comienza como gambito y termina siempre como zugzwang.

No quiero, bajo ningún concepto, ser un héroe. Pero sí quiero, como mínimo, ser justo. Por eso tengo miedo, porque ser justo aquí significa enfrentarte al monstruo gigante que no le tiene ningún tipo de piedad a las piedras en el camino.

Así que leo la resolución de la CIDH y lo que siento es miedo. Y por eso escribo, porque así con las manos temblando de pavor creo que algo habrá que hacer si tanta gente cree que las cosas tienen que ser de otra manera. Por eso se me iluminan los ojos cada vez que alguien habla de reformar las instituciones, de modernizar y limpiar el sistema de justicia. Por eso me sumo a las causas en las que creo aunque el resultado esperado sea un milagro. Porque la causa común de la justicia es un punto de apoyo para mover el mundo.

Los valientes están solos. Quizá porque ese miedo no me hace sentir valiente, también tengo la certeza de que no estoy solo.

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