Moisés y Freud

Esta versión de Moisés que ofrece Freud no la pudo probar como él mismo lo reconoció. Los datos históricos de que dispuso no eran suficientes para corroborar su hipótesis, a pesar de su fuerte anhelo de lograrlo.

Camilo García Giraldo

agosto 24, 2025 - Actualizado agosto 23, 2025

Escultura de Moisés hecha por Miguel Ángel.

La famosa escultura de Moisés fue hecha por Miguel Ángel entre el año 1513 y 1515 por encargo del papa Julio II, y se encuentra en la iglesia de San Pietro in Vincoli en Roma. Capta magistralmente el momento en que el profeta, después de pasar 40 días en la cima del Monte Sinaí donde escribió los Diez Mandamientos, los diez preceptos morales que dijo haberle dictado Dios, en dos tablas de arcilla, encuentra a su pueblo venerando o rindiéndole culto a un becerro de oro que había fabricado en su ausencia, se apresta indignado al ver este acto de idolatría a arrojarlas contra el becerro para destruirlo.

Este episodio tiene una importancia trascendental en la constitución de la fisonomía de su Dios Yavhé que es un dios sin nombre propio porque este nombre significa «Soy el que soy«, y sin forma física-corporal que, sin embargo, tiene en cambio una voz que el profeta dice escuchar, como la que dijo haber escuchado alguna vez antes Abraham. Una voz que le habló para comunicarle esos diez mandatos morales. Al hacerlo así, Moisés le dio a su dios la capacidad del lenguaje, que es la misma que él tenía y que tienen todos los seres humanos, convirtiéndolo de este modo en un ser de lenguaje por excelencia, en El Verbo. Hecho, que quiso confirmar definitivamente transcribiendo o poniendo por escrito en esas dos tablas de arcilla lo que pensó o afirmó haber escuchado de su voz.

Pero, como, además, lo que afirmó que le dijo o comunicó Dios fueron precisamente esos diez mandatos o normas morales para que se las enseñara a su pueblo y así aprendieran a vivir como seres dignos de Él, o mejor, para que aprendieran a ser dignos seres humanos, le dio un segundo rasgo fundamental a su Ser: el de ser un Ser moral supremo.

De esta manera, Moisés forjó la imagen tal vez más perfecta -ciertamente enriquecida y complementada después por Jesús- que alguien haya creado en la historia de un ser divino, la de ser un ser que se funde e identifica con los sonidos lingüísticos que portan o conducen valiosos preceptos morales, o por lo menos, algunos de ellos, que los hombres deben escuchar, obedecer y respetar para que aprendan a vivir como verdaderos seres humanos.

 Freud, en el último libro que escribió entre 1934 y 1938 Moisés y la religión monoteísta realiza tres afirmaciones o proposiciones centrales que sostiene recurriendo a fuentes históricas, a investigaciones historiográficas. La primera, que Moisés, en contra de lo que dicen los relatos bíblicos sobre él, no era hebreo sino egipcio. La segunda, que fue un fiel seguidor y partidario de la religión monoteísta establecida por el faraón Akenatón 1330 años antes de Cristo alrededor del dios solar Atón; y, como los egipcios no aceptaron a esta divinidad como una divinidad única y soberana, decidió, entonces, enseñarles o imponerles a los judíos que vivían en esa época esclavizados en el país la idea de un dios único que la imagen de ese dios egipcio encarnaba. Y, la tercera, que estos rechazaron esa imposición que les hizo de renunciar a creer en la existencia de diversos dioses en aras de uno solo; y para liberase de ella decidieron, entonces, matarlo, así como los varones de los grupos primitivos originales mataron al padre común que les prohibía sostener trato sexual con sus hermanas, que les prohibió practicar el incesto, tal como lo sostuvo años antes en su libro Totem y Tabú. Crimen, que reprimieron en su inconsciente para olvidarlo. Sin embargo, con el paso del tiempo esta represión se aflojó y lo comenzaron a recordar, provocándoles un fuerte sentimiento de culpa por haberlo cometido; sentimiento de culpa que los hacía sufrir. De ahí, que les surgió el deseo poderoso de suprimir ese malestar que sentían resucitando o reviviendo la figura de ese padre religioso común asesinado para reconocerle el valor de la idea monoteísta que les había transmitido. 

Esta versión de Moisés que ofrece Freud no la pudo probar como él mismo lo reconoció. Los datos históricos de que dispuso no eran suficientes para corroborar su hipótesis, a pesar de su fuerte anhelo de lograrlo. Pues, era una hipótesis que encajaba perfectamente en el conjunto de la teoría psicoanalítica que había forjado a lo largo de su vida sobre el papel y significado del padre en el seno de todo grupo familiar. Pero, además, al formular esta hipótesis se propuso hacer algo más, igualmente significativo, poner en tela de juicio la pretendida verdad de este relato bíblico sobre la vida de este personaje fundamental de la historia, tanto de la religión judía, como de todo el cristianismo, en la medida que no está respaldado en datos y hechos comprobados por los historiadores. Así, como él acepta, en un acto de honestidad intelectual, que le interpretación que propone de la figura de Moisés puede ser no verdadera porque no la pudo probar, la versión de los relatos bíblicos sobre él puede también ser falsa o incorrecta porque no ha sido corroborada o confirmada por las investigaciones científicas de los historiadores. Y, como no se ha podido probar, puede ser perfectamente criticada.

Este debe ser, entonces, para él el criterio o principio central que debe guiar a todos los que leen los textos y relatos de este libro sagrado. Criterio, de lectura crítica-racional que ya en el siglo XVII otro judío genial, el filósofo Spinoza, había establecido y puesto en práctica en su libro Tratado teológico político.

Sin embargo, Freud y los críticos racionales de este texto religioso aceptan como real el hecho que Moisés escribió en el monte Sinaí en dos tablas de arcilla los diez mandatos morales, atribuyéndoselos a Dios, es decir, presentándolos a su pueblo, que había liberado de la situación de esclavitud en que vivía en Egipto, y que dirigía hacia la tierra prometida, como unos mandamientos que Dios le dio y comunicó verbalmente en la soledad de la cima del monte. Y, por lo tanto, no pueden dejar de reconocer que en ese momento Moisés reforzó enormemente la imagen de un único Dios, que ya había sido anunciada por Abraham, que usa el lenguaje de los hombres para hablarles, para darles mensajes que contienen su voluntad soberana. Por eso, Moisés tiene la importancia histórica trascendental de ser uno de los principales autores o creadores de esta imagen original de un Dios único que se identifica con el lenguaje que es propio de los seres humanos, que usa y habla el lenguaje que ellos hablan y usan. Es decir, la de ser un ser, que es como los seres humanos, un ser del lenguaje. Y, al hacerlo así, lo que hizo en realidad, fue darle o atribuirle a un ser divino, el atributo propio y fundamental de los seres humanos. O, lo que es lo mismo, creó la imagen de un ser divino proyectando la de los seres humanos.

Imagen que duró, como digo, inconmovible y sagrada entre los creyentes tantos judíos como cristianos hasta que Spinoza la desacralizó considerándola no verdadera al sostener que Dios es una sustancia natural impersonal que, de acuerdo a la definición misma de este término, subsiste en sí y por sí de manera invariable, como una realidad que permanece siempre idéntica a sí misma, o sea, como una realidad que tiene el poder supremo de conservarse totalmente homogénea en el curso interminable del tiempo y en la extensión infinita del espacio. Y como toda sustancia natural tiene una propiedad esencial que la caracteriza, la de producir o causar mediante su actividad incesante los infinitos modos de ser de la naturaleza misma. Llamó a esta sustancia natural infinitamente productiva, naturaleza naturante y a los diversos modos que engendra les dio el nombre de naturaleza naturada, para indicar precisamente la dependencia absoluta que tiene la existencia de la naturaleza física de la naturaleza de Dios. 

Este acto de Spinoza de forjar una imagen del Dios judeocristiano, nueva y sustancialmente diferente, es un acto valioso que pone de presente la posibilidad que siempre tienen los hombres de forjar diversas imágenes del Dios o de los dioses en los que creen; imagen que destaca la presencia que tiene o debe tener en la totalidad infinita de la naturaleza. Sin embargo, es una imagen que tiene el defecto o la limitación que lo deshumaniza a privarlo del atributo fundamental del lenguaje, propio de los seres humanos, que Moisés le había dado.

Y, es este atributo que le dio a esta imagen de dios que forjó el que le ha permitido pervivir a lo largo del tiempo en la mente y el espíritu de todos los hombres que la han conocido, el atributo que le ha dado la “eternidad” que reclama para su ser. Gracias a él los hombres que creen en Él no solo lo perciben como un ser sobrenatural, sino también, como alguien cercano que les habla, y con el que también pueden hablar, como el interlocutor de un diálogo en el que se afirman, como lo hacen cuando practican todo diálogo, como verdaderos seres humanos.

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