Memorias y anécdotas: una historia personal relacionada con Gabriel García Márquez

Él llegó del caribe colombiano, de mucho calor, alegría y música. Cuando puedo recorro las mismas calles y visito los mismos lugares. Es un ejercicio de memoria.

Max Araujo

agosto 10, 2025 - Actualizado agosto 9, 2025

A fines del año dos mil siete recibí una invitación, con todo pagado – incluyendo una cuota diaria para mis gastos personales- de la Dirección de Derecho de Autor de Colombia, para recibir formación sobre  Sociedades de Gestión Colectiva. Recuerdo mi llegada a Bogotá- un domingo- día en el que al anochecer se anunció, cuando ya me encontraba en aquella ciudad, que el electo para la Presidencia de la República de Guatemala fue Álvaro Colom.

Para la formación indicada fui propuesto por el Registro de la Propiedad Intelectual de Guatemala. En ese año yo era parte del personal del Departamento de Derecho de Autor y Derechos Conexos de ese Registro- dependencia del Ministerio de Economía-. Días antes del viaje compré el libro “Vivir para contarla”, que contiene las memorias de Gabriel García Márquez. Desde que inicié la lectura de este mágico relato, a mi juicio un extenso ballenato, me cautivó, por lo que decidí llevarlo para mi estadía de dos semanas en la capital de Colombia. Durante el tiempo de vuelo de Guatemala a Panamá, y de este al aeropuerto El Dorado, viajé literalmente prendido del libro. Hubo un hecho, narrado con la misma maestría de todos los del texto- sobre el famoso “bogotazo” -1948-, del que se ha escrito mucho, en el que se señaló como uno de los incitadores a Luis Cardoza y Aragón, así como a otros personajes de Latinoamérica.

 El “bogotazo” fue la reacción por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, un carismático líder colombiano, que habría sido Presidente de Colombia si no sucede esa tragedia. García Márquez, en ese entonces un joven periodista, vivió el espanto de esos días: vandalismo, turbas enfurecidas, incendios, linchamientos, por lo que en cuanto pudo se largó con uno de sus hermanos de Bogotá a Barranquilla, en un avión no apropiado para pasajeros. Según lo narrado -en forma magistral por Gabo- a Eliécer Gaitán lo asesinaron en una esquina de la carrera séptima, en pleno centro de Bogotá. Años después se puso una placa conmemorativa en ese lugar.

 El asesinato provocó una reacción violenta de sus partidarios y seguidores. Según el autor,  por esos días estuvo arengando a la muchedumbre un muchacho, todavía desconocido, de nombre Fidel Castro, que había viajado a Colombia para observar la IX Conferencia Panamericana que se realizaba por esas fechas, en la que participaron delegaciones de varios países, entre ellas de Guatemala.

 Motivado por la narración me hice el propósito de visitar el lugar en donde se encuentra la placa conmemorativa. El día que lo hice fue el previo a mi retorno a mi país, ocasión en la que realizaría la compra de algunos recuerdos para obsequiar, y alguna cosa para mí, por lo que me llevé para la excursión, en mi billetera setecientos dólares -lo  que tenía – en siete billetes de cien cada uno, una tarjeta de crédito y mi pasaporte. En días anteriores estos bienes los dejé en la cajilla de seguridad de mi habitación del conocido Hotel Tequendama. En el momento en el que- supongo que con cara de turista- estaba leyendo el texto de la placa se me acercó una persona que me dijo que era venezolano. Me comentó que no conocía la ciudad y me hizo una pregunta-que no recuerdo-. Simultáneamente se acercó otra persona, quien, con voz firme, nos dijo a ambos: “soy agente de policía, quiero ver sus documentos y el dinero que traen”. El supuesto venezolano sacó su cartera y se la entregó. El agente se alejó – yo estaba como paralizado- y regresó en  menos de un minuto. “Todo está en orden, no hay problema”. Le devolvió la cartera. ¿Y usted? me dijo. Automáticamente le puse el pasaporte, la tarjeta de crédito y los setecientos dólares en la palma de su mano, pero al mismo tiempo una voz interior me hizo reaccionar, y como un rosario atropellado, en voz alta le dije “un momento, yo soy diplomático guatemalteco y exijo que llamen a mis autoridades”. Simultáneamente a mis palabras retiré lo entregado.  Apareció una cuarta persona que se dirigió al presunto agente y le preguntó “¿qué pasa?, ¿qué sucede?”. Este le contestó: “aquí el señor dice que es diplomático guatemalteco”. “Está bien, déjelo”. Fue la expresión de quien aparentaba ser el superior. Una señora pasó a nuestro lado y expresó “estos agentes siempre fastidiando a las personas”. Todos se alejaron. El supuesto venezolano insistió en conversar conmigo. Un insulto salió de mis labios, y comencé a caminar – mis piernas temblaban-. Dos cuadras adelante encuentro a dos policías uniformados, con mucho nerviosismo, con voz entrecortada, les narro lo que me acaba de suceder. “Vamos a buscarlos” me dicen – regresamos al lugar en donde está la placa-. Ya no les encontramos.

Les agradezco a los agentes su apoyo e ingreso a un café. Saco el dinero de la bolsa del pantalón, lugar en el que lo puse casi sin darme cuenta, y lo cuento. Descubro que me falta un billete de cien dólares. Fue  un instante en que el supuesto agente colombiano tuvo el dinero, porque al momento de  ponerlo en su mano lo retiré, pero fue suficiente para que esa cantidad desapareciera. Durante varios días – ya en Guatemala- el suceso, como si fuese una obra de teatro, se me representó varias veces en cámara lenta.

Por años he viajado- en distintas ocasiones- a Colombia, la mayoría de veces por reuniones del CERLALC. Tengo excelentes amigos y amigas en Bogotá. Y el mejor concepto de ellos. En uno de los viajes tuve la oportunidad de conocer en Zaquiripá, el edificio del centro educativo en donde García Márquez estudio su secundaria. Es el municipio en donde se encuentran unas famosas minas de sal y una Catedral católica, en una cueva, hecho del mismo material.  Es un lugar de mucho turismo. En el mencionado libro narra su estadía en esa pequeña ciudad, los amigos que tuvo, las aventuras que vivió y los profesores que lo formaron y fueron importantes en su vida como escritor. Algunos de ellos, posteriormente, de un grupo literario de Colombia.

En cada ocasión,  mis visitas a la capital de ese país las comparo con la llegada y la estadía de García Márquez en la misma, cuando fue adolescente y joven- narrada en el libro de memorias indicado al inicio de este relato- cuando después de viajar en barco por el rio Magdalena, en un viaje casi surrealista, encontró una ciudad fría y recoleta, muy distinta a lo que es ahora. Él llegó del caribe colombiano, de mucho calor, alegría y música. Cuando puedo recorro las mismas calles y visito los mismos lugares. Es un ejercicio de memoria. Me gusta su plaza central, el barrio de la Candelaria, los centros culturales, museos, especialmente el de Botero, la Biblioteca Luis Ángel Arango y la librería del Fondo de Cultura Económica, situada dentro de un complejo cultural que lleva el nombre del Premio Nobel.

Recordé el incidente, narrado antes, en el que fui el principal protagonista, “el turista incauto”, después de ver en televisión un programa dedicado a García Márquez, en el que participaron algunos de sus amigos personales. Uno de ellos habló de lo supersticioso que era el autor, y de las veces que tuvo premoniciones. Y a pesar de que cuando me sucedió el hecho narrado este me pareció normal, similar a lo que pasa en cualquiera de los países de Latinoamérica reflexiono: medio en serio, medio en broma, “como mi visita a lugar donde asesinaron a Eliécer Gaitán fue provocado por Gabo” me pregunto, en chanza conmigo mismo, “¿no sería que éste- a pesar de que entonces estaba vivo- fue él – la voz interior- que me hizo reaccionar a tiempo?, y evitar así que me quedara “sin el mico y sin la montera”.

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