En 1973 cursaba el penúltimo año de estudios en la Universidad Mariano Gálvez. Consciente de mis deficiencias para el ejercicio de la profesión como abogado y notario hice “prácticas”, una expresión de moda en la época. Las primeras como “procurador”, en el bufete personal del licenciado Roberto Mansilla Polanco, y las segundas como “pasante” en tribunales civiles y penales. Ambas experiencias me fueron útiles. Mis estudios los cursaba por las noches. En esa época fui el segundo en obtener las notas más altas de la Facultad de Derecho. Víctor Hugo Girón, el primero. Fue cuadripléjico por un accidente que tuvo siendo muy joven. Ya murió. Fue un alumno y un profesional brillante.
Cuando se abrió el bufete popular de la universidad para que los alumnos de los últimos años lleváramos casos gratuitos, en materias penal y familiar, se nos nombró, a mí y a Yolanda Pérez Ruiz, como encargados de dicha dependencia, que atendimos con entusiasmo, responsabilidad y de manera gratuita. Esta compañera y amiga, pasados los años, llegó a ser una destacada juez y magistrada, expresidenta del Colegio de Abogados y Notarios, ex Viceministra de Gobernación. Es una profesional honorable y muy reconocida. La admiro por su honestidad, capacidad y valentía. El Bufete lo atendimos por la mañana, en días laborales. Recuerdo que fue por año y medio. Estuvo ubicado en una habitación de una casa, que la universidad arrendó en la cuarta avenida de la zona 1. Con el propietario, don Abraham Leiva, quien vivía con su familia en el resto del inmueble, conversamos muchas veces. Él, al igual que mi padre, fue dueño de buses urbanos.
El conocer de los casos y escuchar a las personas que buscaban asesoría gratuita fue una experiencia de vida que no olvidaré. Hay seres que no son escuchados, sobre todo mujeres muy pobres, con hijos, abandonadas y abusadas. Exigen justicia. A veces no son atendidas. Aproveché el cargo para llevar los casos obligatorios que se me asignaron, entre estos: de alimentos, reconocimientos de paternidad, y defensa de reos que no tienen capacidad para pagar abogados. No existía la Defensa Pública Penal en el sistema de justicia de Guatemala.
El director del Bufete Popular indicado, en esa época, fue Rafael Zea Ruano, un ser humano extraordinario, con mucho prestigio en el mundo de los abogados. Pasaba de los 70 años. Fue mi primer amigo escritor. Se le conoce como cuentista y poeta. Fue catedrático nuestro en varios cursos. Le agradezco su cariño y comprensión. Le dio confianza a un joven inseguro y tímido.
Terminé mis estudios en 1974, los exámenes privados en 1975. Me recibí en octubre de 1976. Mi asesor de tesis fue Ricardo Juarez Aragón, quien con mucha paciencia me ayudó a redactar el trabajo de graduación. Vivió relativamente cerca de mi casa en la zona 7. Él enfrente de la iglesia El Carmelo, a donde asistíamos a misa los domingos con mi madre y mi abuela Manuela. Yo viví a tres cuadras de dicho templo. Tenía en ese momento 26 años.
Por el cariño y la confianza que me tuvo el Lic. Zea Ruano solicitó a las autoridades de la universidad que inmediatamente de obtener mis títulos profesionales se me nombrara asesor, como auxiliar de él, en el Bufete Popular. En ese año yo tenía mi oficina profesional, la primera, en la sexta avenida de la zona 4. Víctor Hugo Alonzo Morales me cedió un espacio, sin que le pagara, en un local que su padre le dio en las afueras de la casa familiar. A pesar que mi lugar de trabajo era pequeño y muy modesto, muchos alumnos comenzaron a buscarme para que les asesorara en sus casos. Algunos de ellos mayores en edad que mi persona. -Como paréntesis cuento que mientras tuve mi bufete, en distintos lugares, 1976-2015, pocas veces llegué después de la siete de la mañana. Eso explica por qué parte de la afluencia de alumnos se dio desde muy temprano-. Les atendí con responsabilidad, no sé si con capacidad, pero si con entusiasmo. Fueron muchos. Nunca les negué tiempo de conversación ni de atención en los casos penales o de familia que llevaron. Surgió con algunos de ellos amistad. Para otros, como es natural, fui una ave de paso, al extremo que años después a algunos los volví a encontrar como colegas pero no recordaban la relación profesional que tuvimos.
En el mismo año, en 1977, inicié mis estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Rafael Landívar. Ahí encontré una de las vocaciones más importantes de mi vida, el de la cultura, que más adelante ejercí con otras actividades, entre estas la de empresario frustrado, en el servicio social, de profesor, gestor cultural, escritor y columnista en medios de comunicación. En 1980, fui nombrado catedrático en esta universidad. Poco a poco me fui alejando del ejercicio de la abogacía. No me gustó. Nunca tuve capacidad para ese menester. Es un medio profesional difícil, complicado. El tráfico de influencias es lo más normal. No es un medio para quienes somos miedosos, ingenuos y confiado, por eso me dediqué al notariado y a dar asesorías, algunas en el Ministerio de Cultura y Deportes, Registro de la Propiedad Intelectual. También fui funcionario público. Tenía que obtener ingresos económicos de manera honesta, que me ayudaron a llevar una vida modesta, pero satisfactoria. Muchos de mis oficios los ejercí gratuitamente. No me arrepiento de ello. En 1982, renuncié a mi trabajo como asesor del Bufete Popular de la Universidad Mariano Gálvez, y a un salario simbólico. Lo acabo de comprobar cuando solicité al IGSS un informe de las cuotas pagadas durante mis distintos trabajos. Me apareció el monto del salario en dicha universidad, y que no siempre se reportó mensualmente mi relación con la misma.
Mi renuncia en 1982 de cargo de asesor en el Bufete Popular, indicado, me alejó definitivamente de la Universidad Mariano Galvez. Se intensificó con la Universidad Rafael Landivar en donde fui profesor durante 12 años, así como primer encargado de la revista “Cultura” y uno de los creadores de la revista “Abrapalabra”. Por el trabajo de estas revistas no obtuve ingresos económicos pero si muchas satisfacciones
Mi trabajo con la Universidad Mariano Gálvez me dejó experiencias y anécdotas.
Hoy recuerdo con nostalgia esa época de mi vida. Era joven, creía que me podía comer al mundo.
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