Marta Elena Casaús Arzú: “El racismo pretende justificar un sistema de dominación»

La vigésima segunda edición de Filgua es dedicada a la socióloga, historiadora, politóloga y escritora que ha contribuido a desvelar los orígenes del arraigado racismo guatemalteco y las consecuencias que éste ha tenido para el país.

Ana Lucía Mendizábal

junio 22, 2025 - Actualizado junio 23, 2025

Ilustración: Amílcar Rodas

«Siempre me he considerado como una disidente de mi grupo social”, afirma Marta Elena Casaús Arzú (Guatemala, 1948), autora de Guatemala: linaje y racismo, el libro que en 1992 desveló las razones estructurales que han perpetuado la desigualdad y el bloqueo a los derechos de los pueblos indígenas en el país.

La socióloga, politóloga e historiadora es a quien Filgua dedicará su vigésima segunda edición, que se celebrará del 1 al 13 de julio. Acerca de este reconocimiento, la autora de otros libros como El lenguaje de los ismos, Racismo, genocidio y memoria y El libro de la vida de Alberto Masferrer y otros escritos vitalistas, señala que su designación le sorprendió.

“Para mí fue una sorpresa enorme… Por supuesto, que los homenajes son muy gratificantes, pero no crea que los llevo bien”, confiesa sonriendo. Sin embargo, señala que también le emocionó el saber de su elección “por un conjunto tan amplio de sectores de la Gremial de Editores y de personas que realmente son literatos o personas vinculadas a las editoriales, como Irene Piedrasanta”, expresa.

“Agradezco muchísimo a Filgua y al conjunto de la gremial porque, en el fondo, debió ser una decisión difícil y arriesgada”, admite. “No es que crea que me lo merezca o no, lo que sí creo es que es una apuesta nueva de Filgua, la de plantear el espectro intelectual, académico y, sobre todo, el compromiso de algunos intelectuales comprometidos con su realidad y la de los sectores más desfavorecidos”, agrega.

En entrevista con eP Investiga, la investigadora y docente comparte las motivaciones de su trabajo, su mirada sobre la realidad del país y sus perspectivas del futuro.

Su trabajo ha sido revelador para los guatemaltecos. Diana López, presidenta de la Gremial de Editores de Guatemala, afirmaba que su libro es un espejo que nos deja ver cómo hemos sido. ¿Cómo lo asimila usted?

La verdad es que, a veces, uno es un espejo oscuro o molesto como el de Blancanieves, al que se pregunta: “espejito, espejito, ¿quién es la más bella” y resulta que no lo eres. Pues yo soy ese espejo oscuro.

Muchos podrán preguntarse: ¿De dónde nace la sensibilidad que se refleja en su trabajo?, ¿qué pasó para que llegara usted a esta claridad?

No tengo una explicación racional para eso. Encuentro tres coordenadas. La primera fue mi infancia. Yo nací en (la finca) El Zapote, viví con mi abuelo que era uno de los directivos de la Cervecería Centroamericana y con mi abuela. Fui criada en una burbuja. No tenía amigas ni cómo conocer a otras personas, porque estaba enormemente protegida. Un día me escapé a la ranchería y me pegaron porque me dijeron “con indios no se juega”. Después me di cuenta de que había un desfase enorme entre la población en general y las personas con las que me relacionaba, que era un grupo muy endogámico, muy cerrado. Posteriormente, llegó uno de los elementos determinantes, me fui muy joven a vivir a España, una sociedad, digamos, dictatorial en ese momento, que luchaba por el reconocimiento de sus derechos. El hecho de vivir en una sociedad más plural, más amplia, donde las identidades eran compartidas, donde no había esas diferencias tan brutales y también, estudiar Ciencias Políticas donde estaba el meollo de lo que iban a ser los nuevos dirigentes políticos del Partido Socialista, del Partido Comunista… Formarme en ese ambiente de lucha por la democracia y por los derechos humanos fue fundamental.

¿Qué sucedió al volver al país y enfrentar la realidad que se vivía?

Cuando volví al país ya con 20 y tantos años, me encontré con una sociedad terriblemente cerrada, con todos los dictadores en pleno. Recuerdo, y eso no lo he contado mucho, que fui a una reunión del MLN (Movimiento de Liberación Nacional) y uno de los dirigentes dijo: «Bueno muchá: ¿a quién nos sonamos mañana?”, y yo me pregunté: “¿qué será eso de sonarse?” Al día siguiente esa persona (a la que mencionaron), que era una mujer, apareció muerta y le dije a mi madre, “vámonos de este país”.  

Yo no entendía por qué había ese racismo tan profundo de la clase dominante. Cuando me puse a investigar creí que era una cuestión de mi núcleo familiar. Mi madre por supuesto, nunca fue así y yo pensé que era una cuestión muy particular de mi familia, pero cuando volví, ya haciendo la tesis y empiezo a entrevistar a las personas con las que a mí me correspondía convivir dentro del círculo, me di cuenta que no era la excepción, sino que la regla era pensar de esa manera. Para mí fue un shock enorme.  Yo creo que ese contexto, tanto el familiar como el educacional, el de mi formación en Madrid y el contexto histórico de España en esos momentos fueron elementos que me permitieron tomar una conciencia social política. Además, desde que volví y establecí relaciones con sectores mucho más amplios, con sectores populares, pero, sobre todo, compañeros mayas, tuve una relación tan bonita desde el principio, que bueno, me enamoré.

¿Qué consecuencias tuvo para usted ser diferente?

Todo el mundo dice que soy muy valiente y es mentira. A mí me gusta desmentirlo porque yo soy una persona cobarde. Soy profundamente conservadora en mis sentimientos. Llevo con el mismo compañero 59 años. Mi vida es muy estable, más tendiente a conservar que a arriesgar. Lo que sí soy es enormemente consecuente. No puedo tolerar la injusticia, realmente me enerva. Cuando se producen violaciones de los derechos humanos o injusticias, entonces me crezco. Las decisiones que tomé con relación al libro (Guatemala: linaje y racismo) fueron absolutamente pensadas porque la conciencia me llevó a tratar de denunciar un elemento del que no éramos conscientes: que éramos una sociedad y un Estado profundamente racistas y excluyentes. Entonces, no fue valentía, fue consecuencia y congruencia.

«No puedo tolerar la injusticia, realmente me enerva. Cuando se producen violaciones de los derechos humanos o injusticias, entonces me crezco».

Marta Elena Casaús Arzú, socióloga, politóloga e historiadora

¿Tuvo miedo a represalias?

Creo que pensé que era mi obligación ética, mi responsabilidad porque una persona como yo se podía permitir el riesgo de denunciar lo que otras personas no podían, porque perdían la vida, el trabajo o las amistades. Yo estaba en una condición de privilegio y ese mismo privilegio de clase asumido como una obligación moral o ética es lo que me llevó a asumir una posición «disidente o diferente». ¿Por qué no me importó? No me importó porque para mí, antes de cualquier cosa está la verdad y la justicia. Todo el mundo piensa que tuvo un costo, y de hecho sí, mi familia prácticamente no quiere saber nada de mí.

¿Qué reacciones hubo?

Se cuentan esas historias de que el expresidente Álvaro Arzú que era mi primo hermano, cuando vino mi libro lo mandó a quemar. Seguro que es mentira, pero forma parte del imaginario y no lo desmiento… Mi trabajo sí resulta chocante, pero hay más personas como yo: Ana Cofiño, por ejemplo, y muchas más, que realmente se han despojado de su identidad de clase dominante para pasar a tener identidades plurales, que pueden ser de género, sociales, culturales o políticas. Llega un momento en que eso se debería llamarse madurez.

A Guatemala: linaje y racismo, muchos estudiosos lo consideran un libro seminal sobre los orígenes del racismo en el país. ¿Cómo logró que las personas le confesaran sus ideas y convicciones?

A mis 77 años, me he dado cuenta tarde, de que el elemento principal que me permitió llegar hasta donde he llegado en todas mis investigaciones es ser interdisciplinaria. No encajonarme en sociología, antropología o historia… Yo recuerdo que mi hija un día me dijo, “mama, tú manejas cuatro disciplinas, pero tienes que incorporar la psicología o el análisis discursivo” y tenía razón. Esta es una sociedad tan compleja que no se puede ver con solo una disciplina. En segundo lugar, abandonar las tendencias. Si uno es positivista, funcionalista, marxista y u otro, se encajona en una escuela de pensamiento y no puede salir. Si yo me hubiera encajonado en el concepto de clase social no hubiera podido hacer ese libro… El concepto de élite de poder es demasiado abstracto también, porque claro, ¿quiénes son élites de poder?, ¿las económicas, las políticas, las militares y, ahora, los de las plataformas digitales? No te sirve, tienes que hacer una escala más baja y analizarlo a través de redes familiares.

¿Qué descubrió y cómo lo logró?

El elemento metodológico clave fue descubrir la importancia de analizar ¿quién es quién? Mi planteamiento fue: hay que saber cómo piensan, por qué piensan así y cuáles son sus intencionalidades. El elemento clave fue plantear, ¿cómo se perciben a sí mismos?. “Identitariamente, ¿qué se considera usted?». Esa pregunta fue clave. Sin ella, seguiríamos pensando que somos solo mestizo ladinos o criollos (como se consideran), pero jamás hubiéramos descubierto que ellos se consideraban blancos, porque la blancura no es un término identitario. Pero es ahí donde descubrimos que la dicotomía que nos habían vendido tanto los antropólogos funcionalistas norteamericanos como los marxistas de que éramos indígenas o ladinos no era así. Había una pluralidad de identidades, en las cuales el blanco era una identidad que lo que marcaba era la clase social, por una parte y el racismo por otra.

Yo no pretendía ni descubrir las redes familiares, ni la estructura de poder de la élite, ni descubrir por qué se consideran blancos, sino ¿por qué eran tan racistas? Entonces, en la percepción de sus identidades es donde yo me di cuenta de que el que más blanco se consideraba era más racista, porque el racismo es un elemento que permite justificar un sistema de dominación… Lo que pude comprobar fue las relaciones entre identidad y racismo, y racismo y dominación. Después comprobar que todo eso era un conjunto de elementos que eran marcados por el modelo de Estado, pero eso lo descubrí 20 años más tarde.

Pero usted también ha planteado que el racismo en Guatemala no es exclusivo de la clase dominante.

Claro, porque las ideologías, en general, se dispersan de una forma brutal, a través primero de la familia, segundo de la escuela, tercero de los aparatos ideológicos, y de los medios de comunicación. Tiene una capacidad de dispersión tan brutal que, en un momento determinado, naturalizas esos sentimientos. Es muy fácil construir prejuicios y estereotipos.

En Guatemala, la construcción del prejuicio y del estereotipo, contra la población indígena se ha ido modificando. Por eso hablo yo de la metamorfosis del racismo. En el siglo XVI había que quitarles su tierra y decir que eran bárbaros, salvajes, idólatras, y todo lo que permitiera despojarles de sus riquezas. Después, en el siglo XIX, ya entra el racismo racialista, vinculado al positivismo. Entonces se empieza a hablar que son razas inferiores, degeneradas e indolentes, para obligarlas al trabajo forzado de las fincas. Después, con la revolución del 44 y el Conflicto Armado Interno, entonces los prejuicios contra los indígenas los señalan como resentidos, traidores, vendepatrias. Y no digamos, si esas ideologías conllevan temas de misoginia. Entonces ya las mujeres pagan el pato de todo. Por el patriarcalismo o por el machismo, encima son mujeres… De manera que la construcción del prejuicio va variando, va afectando siempre a los sectores más desfavorecidos.

Precisamente, luego del Conflicto Armado Interno, usted enfrentó otro reto que fue el brindar elementos para el juicio de genocidio. ¿Cómo lo enfrentó?

Ahí sí le puedo conceder que le eché una cierta valentía, aunque me morí de miedo. Porque ya pasar a una acción de denuncia contra un militar, era otro nivel. Yo me involucré porque me di cuenta (a través de mis estudios), que había un porcentaje relativamente alto, quizás un 10% de guatemaltecos partidarios del exterminio de los pueblos indígenas. Eso me asustó. Después con el libro de las Élites intelectuales vimos que buena parte de las élites intelectuales guatemaltecas, de la generación del 20 y otras generaciones, eran partidarias de la “mejora de la raza”. Algunos de los intelectuales decían “tenemos que hacer lo mismo que hacen los alemanes y los italianos». Me di cuenta de que era una corriente de pensamiento eugenésica. Esos elementos, obviamente van a marcar una forma de pensar que en un momento álgido como el conflicto armado se convierte en genocidio o etnocidio en contra de la población. Era demostrar que con el racismo histórico estructural y el pensamiento de las élites intelectuales, profundamente racistas o racialistas, desembocaba en un genocidio. Es ahí donde nosotros ya entramos con cinco peritajes distintos primero con las mujeres ixiles, después con las achís, luego con las de Sepur-Zarco… Entonces nos damos cuenta de que ahí hay un protocolo claro de exterminio de la población, a través de las mujeres y protocolización de las violaciones.

¿Qué consecuencias tuvo para usted exponer estas verdades?

La Fundación contra el Terrorismo nos amenazó en un libelo que sacaron y nos puso a todos los que, según ellos, éramos traidores a la patria o a la nación. Nos sacó retratados a todos. Yo tuve el honor de que me pusieran al lado de Rigoberta Menchú. Digo, qué honor que me pongan tan alto. Yo tuve que estar protegida por la Embajada de España. Independientemente de eso, obviamente, siempre estás con el miedo que te hagan algo.

¿Qué ha cambiado desde entonces?  

Yo soy una pesimista estructural y siempre miro todo lo malo. Soy pesimista por naturaleza, porque eso me ayuda a seguir luchando y a seguir viviendo, porque si fuera optimista, no vería el lado oscuro. Puedo decirlo porque yo voy y vengo. Vivo aquí por temporadas, me voy a España o a Estados Unidos, (aunque ya no voy desde que entró Trump, pero tengo dos hijas ahí). Estoy permanentemente en movimiento. Los avances han sido brutales. Los avances son mayores que los retrocesos.

¿En qué sentido?

La toma de conciencia de los sectores populares en general, tanto mestizo ladinos como de los pueblos indígenas ha ido creciendo sustancialmente, especialmente desde 2015, desde las manifestaciones contra Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti han ido creciendo y se han ido consolidando. Para mí la demostración máxima popular han sido los 106 días de resistencia (del 2 de octubre de 2023 al 15 de enero de 2024), porque eso no ha pasado en ningún país del mundo. Es sorprendente. Ahí el cambio es sustancial. Por mucho que les pese al Pacto de Corruptos, al Ministerio Público y a esos sectores que yo les llamo «burocracia de servidumbre», ya no hay marcha atrás. La toma de conciencia de los sectores populares hace que haya un antes y un después.

¿Ha habido retrocesos?

Claro que hay retrocesos. Han estado a punto de cargarse la democracia, han estado a punto de dar un Golpe de Estado. Ese peligro no es ficticio, es real. Hasta que pase todo esto, sabremos cuántos intentos de golpe de Estado ha habido, como se supo después, de los intentos de golpe de Estado que hubo en el tiempo de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz. Los sectores más recalcitrantes de la clase dominante y de las élites de poder siguen enormemente vigentes. Ahora, con una persona en la presidencia de la capital del mundo como Donald Trump, todavía peor.

Pero lo importante es que se han dado pasos agigantados no solamente en los movimientos populares, sino también en la justicia. Independientemente que haya habido fallos garrafales, la última sentencia de las mujeres achí es impecable. Ahí estamos viendo que ya hay una consolidación desde 2013. Primero la sentencia de Ríos Montt, luego la de (José Mauricio) Rodríguez Sánchez que, aunque no le condenaron, la sentencia es durísima, y también la de las Dos Erres. Muchas veces no vemos que hay todo un proceso y yo sería más pesimista si no se hubiera dado la de las mujeres achí. Vamos a ver qué pasa con la de las niñas del Hogar Seguro, estamos esperando, pero veo que hay avances y pase lo que pase son ya irreversibles.

¿Qué piensa de que los líderes de los 48 Cantones de Totonicapán presos en la actualidad?

Me parece bochornoso, vergonzoso y que nunca se debió haber permitido. Como guatemalteca me enrabieta, me indigna y me avergüenza, que el gobierno, las autoridades competentes y los ministerios hallan permitido semejante vejación. Por supuesto que ha sido una afrenta hecha a propósito, para soliviantar a las autoridades ancestrales y a los pueblos, y lanzar una represión o un golpe de Estado. Pero una cosa es una provocación y otra cosa es que no les estemos defendiendo ni luchando por ellos en estos momentos.

¿Qué opina acerca de la persecución que se ha dado contra la prensa?

Yo creo que es una de nuestras asignaturas pendientes, el haberlos defendido más, porque ellos fueron los primeros. Sobre todo, José Rubén Zamora con elPeriódico fue uno de los primeros. Que si lo tienen tan penalizado, criminalizado y castigado es porque él sí se atrevió a decir cosas que nadie se hubiera atrevido. Él sí que es una persona valiente, porque no solo se atrevió en su momento, sino que cuando logró salir de la cárcel, en lugar de irse del país se quedó, demostrando que este es su país y que él se quedaba porque no había violado ninguna ley. Lo volvieron a meter. Las consecuencias para él y para su familia, económicamente, han sido brutales. También para todos los periodistas que trabajaban en el medio que eran excepcionales y tuvieron que dispersarse o irse o buscar otras fuentes de trabajo. Yo creo que eliminaron a una de las pocas voces y fuentes de opinión que nos permitían ver la situación del país, sobre todo de la corrupción. Creo que no le apoyamos lo suficiente ni por parte del gobierno, ni por parte de la sociedad civil.

¿Cuál es su opinión acerca del futuro?

Vienen tiempos muy difíciles, mucho peores de los que estamos viviendo. No creo que la democracia se vaya a consolidar tan fácilmente. Se hubiera consolidado a no ser que la correlación internacional de fuerzas se volvió en contra de todos por la administración Trump. Entonces yo creo que ese factor, indudablemente, nosotros, aunque no lo queramos, somos el patio trasero y nos va a afectar sustancialmente, pero diría, que comparado con la posición cobarde y rastrera que está tomando El Salvador con (Nayib) Bukele o la posición impresentable, autoritaria y represiva de Nicaragua, con un presidente, que venía de la revolución sandinista, es dramática y espantosa.

Demos gracias a que el señor Trump puso la mira en Groenlandia, en Panamá y en México y no la puso en Guatemala. No solo es una pericia o estrategia del gobierno de Guatemala, pero sea cual sea la razón, la cosa es que nosotros no estamos en el ojo del huracán, eso es por lo menos, tranquilizador. Ahora bien, no significa que nos vamos a librar del huracán… nos va a llevar la gran diabla. ¿Cuál es nuestro secreto o debe serlo? Resistir y la resiliencia y ahí la resiliencia la tenemos con el ejemplo de los pueblos indígenas.

Yo lo veo, y además lo escribo y en los libros que presentaré en Filgua, la clave está en la resistencia y en la estrategia de unidad y la clave está en que entendamos que los pueblos indígenas son los que deben llevar la bandera de la estrategia, no solo de la resistencia.

Las mujeres, los indígenas y los medioambientalistas son las tres tendencias que son dominantes en el mundo, que por mucho que quieran hacerlas desaparecer el señor Trump y los millonarios norteamericanos o los de Arabia Saudita son procesos irreversibles. Es como la esclavitud en algún momento determinado deja de ser funcional, deja de ser rentable y este modelo de capitalismo ya no es rentable. Ahora, está habiendo un muro de contención para detener lo incontenible. Yo soy moderadamente optimista respecto al futuro lejano y profundamente preocupada por el futuro cercano porque podemos terminar en una guerra nuclear. Estamos en un momento de enorme dificultad internacional.

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Más que un homenaje
Además del homenaje que Filgua dedicará a Marta Elena Casaús Arzú el 10 de julio a las 18:00 horas, la Fundación María y Antonio Goubaud Carrera, que ella integra, estará presente en la feria, del 2 al 4 de julio a través de las mesas diálogo Memoria, Nación y Racismo, un espacio para el pensamiento crítico y la reflexión colectiva. Entre los temas que se tratarán se encuentran:

Memoria Histórica
Construcción de la Nación
Las Otras Caras del Racismo

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