Ciudad de México. Foto: Wikipedia
Varios países me son entrañables. Uno de estos es México. Hago mía la expresión de Eraclio Zepeda, quien, en una visita a Guatemala, con ocasión del Congreso de Escritores Centroamericanos, 1988, dijo: “somos plumas de la misma ala”. Muchas de sus expresiones culturales son similares a las nuestras.
Mi cercanía con expresiones de la cultura mexicana comenzó cuando de niño -vivía en la cabecera municipal de San Raymundo–, escuchaba a dos de mis tíos interpretando canciones de ese país, acompañados de una guitarra. Con la llegada de la radio y de la televisión a nuestra casa, en la ciudad de Guatemala, esa cercanía se intensificó. Algunos de los ídolos de la canción juvenil de México se convirtieron en los míos. Pasados los años los libros de algunos de sus escritores me hermanaron más con ese país.
Mi amistad con embajadores y funcionarios de la embajada de México en Guatemala, en distintas épocas, entre estos Salvador Arriola, Carlos Ortega, Humberto Murillo, Lourdes Chávez, Carmen Moreno, han sido para mí fundamentales, al igual que la presencia en nuestro país de artistas y de intelectuales mexicanos, con quienes tuve el privilegio de compartir. Asistí a cenas, en la casa de los embajadores de ese país, con connotados personajes: Carlos Fuentes, Teodoro González, Efraín Bartolomé, Carlos Monsiváis, Silvia Molina, José Luis Cuevas, entre otras personalidades.
Estuve como coorganizador de las ferias del libro de México en Guatemala, en los años noventa, y como testigo cuando creó la sede local del Fondo de Cultura Económica. Durante un corto tiempo fui miembro de la Junta Directiva del Instituto Mexicano de Cultura en formación. Cuando se terminó la construcción del edificio en donde actualmente se encuentra la embajada y el consulado se creó ahí mismo el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón, se consideró que era innecesario continuar con la aprobación legal del mencionado instituto.
Mi primer viaje a ese país, a fines de los años setenta del siglo pasado, fue a Tapachula con un grupo de compañeros y compañeras de estudio de la Universidad Rafael Landívar. Fue un viaje emocionante; mi corazón vibraba por la cercanía de una de las viajeras, de la que estuve enamorado. No me atreví a dar el primer paso. Mi timidez me pasó factura.
Durante la década de los noventa hice varios viajes a San Cristóbal de las Casas y a Tuxtla, como invitado a encuentros con intelectuales chiapanecos. Los primeros se organizaron con guatemaltecos y posteriormente con Centroamericanos, que tuvieron su antecedente en la visita que hicimos para la entrega del Premio Jaime Sabines a Otto Raúl González.
En esa misma década viajé a Cancún en el vehículo de Esaú Azurdia, uno de mis cuñados. Fuimos cinco los pasajeros. Visitamos San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Palenque, Villa Hermosa, Campeche, Mérida, Chichen Itzá y Chetumal. En algunas de las ciudades hicimos noche. Otras las recorrimos durante varias horas. ¡Una aventura inolvidable!
Otro viaje fue a Chetumal. Lo hicimos con Carlos René García Escobar. De Guatemala a Flores en avión y el resto por tierra. En Benque Viejo se nos unió David Ruiz Puga, escritor beliceño. Fue nuestro guía por su país. Lo recorrimos en bus. participaríamos en un encuentro de escritores del Caribe. Llegamos cuando ya había terminado.
Conocí la ciudad de México a mediados de los años ochenta. Viajé por avión desde Guatemala, con dos jóvenes españolas. Una, vasca, voluntaria en la labor social de Módulos de Esperanza, y la otra, riojana, vino a nuestro país a visitar a su primo, el padre Ramón. En esa estadía de cuatro días conocimos de manera correcorre algunos lugares emblemáticos: Museo Nacional de Antropología, Palacio de Bellas Artes, Santuario de Guadalupe, la Catedral y su imponente Sagrario, el Zócalo y los restos del Templo Mayor de los aztecas, que se descubrió en uno de los alrededores de esa plaza central. Estuvimos también en lugares cercanos como Xochimilco y Teotihuacan. En la plaza Garibaldi escuchamos mariachis. Hice de chaperón y de guía sin conocer la ciudad.
La segunda estadía en la capital mexicana se dio cuando de regreso de la Feria del Libro de Guadalajara de 1990, nos hospedamos, con Juan Fernando Cifuentes e Irene Piedrasanta, en la casa de Otto Raúl González. Fuimos atendidos por él, su esposa Aidé y uno de sus hijos. El viaje lo hicimos con Cifuentes, de ida y regreso, en un vehículo particular. Él lo manejó. Irene viajó por avión. Montamos un estand con libros de Guatemala en la mencionada feria. Otto Raúl nos llevó a lugares del Centro Histórico, a Coyoacán y a un pueblo cercano. Lo entrañable fue compartir por dos días la cotidianidad de un hogar en donde la literatura era fundamental. No nos faltó ni el tequila ni el mezcal, como aperitivos. Decía González que eran parte de la medicina que lo mantenía bien de salud.
La tercera ocasión se dio en 1998, cuando con William Lemus hicimos un viaje por avión a Tuxtla Gutiérrez. Se dio por la invitación para un encuentro de escritores, entre ellos la poeta Margarita Alegría- ya fallecida-, a quienes habíamos atendido un año antes en Guatemala. En esa oportunidad viajamos en avión de la ciudad de Guatemala a la ciudad de México, y de esta a Tuxtla, y de regreso. En ese encuentro estuvo también el poeta Otto Raúl González. Para nuestro regreso decidimos quedarnos unos días en el entonces Distrito Federal. Le pedimos a Otto Raúl que nos hiciera el favor de contactarnos con el poeta Carlos Illescas, otro exiliado guatemalteco de los años cincuenta. González aceptó, y nos reservó además un hotel a la par de una plaza dedicada a Guatemala.
Un taxi nos llevó, el día indicado, a la casa del poeta, a quien lo acababan de operar, estaba en cama. Uno de sus hijos nos indicó que la visita sería breve. -A Illescas le habíamos conocido años antes en uno de los encuentros Chiapas –Guatemala, de los indicados en este texto, organizados la gobernación de Chiapas y entidades de cultura de ese Estado-.
En nuestra plática surgieron preguntas y respuestas, así como anécdotas. Descubrimos en esa ocasión que con Lemus pertenecíamos a una generación puente, entre la de Illescas y la de los jóvenes que venían detrás de nosotros. Por cualquier persona que nos preguntó le teníamos una respuesta o un dato. La visita breve se convirtió en toda una tarde, acompañada con una botella de tequila que nos ofreció el visitado y la música de guitarra que su hijo tocó en algunos momentos. Al terminar la visita ofrecimos hacer gestiones para que Illescas visitara Guatemala. Tenía ese deseo. Ya se había firmado la paz entre el gobierno y la guerrilla. A nuestra despedida el hijo nos indicó que le habíamos dado una gran alegría a su padre, pues le habíamos traído a “su Guatemala”; la que amaba.
Cuando retornamos hicimos gestiones ante el embajador de México, Salvador Arriola. La embajada pagó el pasaje de ida y vuelta. En esa estadía el Ministerio de Cultura y Deportes le otorgó a Illescas, por medio de sus autoridades de ese momento, Augusto Vela, y Carlos Enrique Zea, la Orden Miguel Ángel Asturias. Recuerdo que a su llegada lo recibimos con Lemus y con Quique Noriega en el aeropuerto y lo primero que nos solicitó fue que lo lleváramos a comer una enchilada guatemalteca. Lo hicimos en cuanto dejó su equipaje en el hotel Conquistador. La comió en Los Antojitos de la Calzada Roosevelt.
En los días de su estadía Carlos visitó a familiares y amigos, sobre todo a algunos de la generación del cuarenta. El Ministerio de Cultura le organizó una visita a la ciudad de Tikal. Fue una estadía especial para nuestro autor. Fue el único retorno que tuvo desde que se exilió. Meses después falleció.
En la ciudad de México, en la estadía comentada, paseando por la plaza Garibaldi oímos “ya los vi serotes”, por lo que sabiendo que era una expresión guatemalteca fijamos nuestra atención de dónde venía. El autor del grito fue Mario René Matute, escritor guatemalteco, ciego, exiliado por muchos años en México. Inmediatamente nos unimos al grupo, en el que estaba “el choco Matute”, integrado por periodistas guatemaltecos que se encontraban de visita.
En esa estadía visitamos el museo Nacional de Antropología y el polifórum Siqueiros. Nos encontramos además con algunos jóvenes exguerrilleros que se preparaban para retornar a Guatemala. Ya se había puesto fin al enfrentamiento armado. Trajimos ejemplares de una revista que publicaban exiliados guatemaltecos.
En las primeras décadas del siglo 21 tuve la ocasión de participar de manera oficial, por designación del Ministerio de Cultura y Deportes, en dos eventos importantes. El primero a principios del dos mil, en una reunión preparatoria de ministros y encargados de Cultura de Iberoamericana que se celebraría en Bolivia. La reunión estuvo a cargo de CONACULTA. Se realizó en una sede de la Secretaria de Relaciones Exteriores en el edificio Torre Tlatelolco, en el corazón del conjunto urbano Nonoalco- Tlatelolco, ubicado en la Plaza de las Tres Culturas. Al segundo día de nuestro evento nos evacuaron del lugar donde nos encontrábamos reunidos por la visita de la señora Condoleezza Rice, Secretaria de Estado de los Estados Unidos. Nos trasladaron a un edificio cercano, un exconvento de la época colonial, lo que nos permitió ver de cerca los restos prehispánicos del lugar, y entender el porqué el nombre de la plaza.
En esa ocasión los organizadores nos llevaron al Castillo de Chapultepec, en donde nos agasajaron, en una de sus salas, con una cena de comida mexicana. Como postre nos pasaron un helado que parecía una pequeña escultura, que por lo artístico de su diseño era más para observarlo que para degustarlo.
Y, el último viaje, a principios de la segunda década de este siglo, para una reunión de CERLALC, coorganizada con CONACULTA, que se celebró en aquella ciudad. Uno de los participantes fue Rafael Ruiloba, escritor panameño, encargado en esa época de la dependencia de cultura de su país, equivalente a un ministerio. Él vivió en una época anterior en Guatemala, con su pareja—- ella era corresponsal de una cadena internacional de noticias—, y su hijita, en un apartamento, en lo más alto del edificio El Centro, que da a la Plaza de la Constitución, por lo que con sonrisa decía que sería espectador de primicias en caso si diera un golpe de estado. Rafael participaba en nuestros almuerzos- reuniones en “El Establo”. Disfrutamos en esa oportunidad de una noche de bohemia en la Plaza Garibaldi. Cenamos y bebimos en El Tenampa.
Entre las atenciones de los anfitriones, como parte del programa, una visita al Palacio de Bellas Artes, en donde, después de una visita guiada, escuchamos un concierto de una Orquesta Sinfónica de la ciudad, en la que nos indicaron tocaban músicos rusos. La sede de la reunión fue en un museo, recién inaugurado en esos días. Un edificio histórico restaurado. Nos llevaron también a la sede principal de la librería Gandhi.
Recuerdo de las anécdotas de esa reunión, que unos amigos, Marco Aurelio Ugarte, peruano, y Rosario, mexicana, su esposa, vivían en esa ciudad, por lo que aproveché para visitarlos en su casa. Compartí con ellos, por varios meses, en el año 2006, en la sede del Movimiento Cuarto Mundo en Mery Sur Oise, Francia. Ellos fundaron la sede local de dicho Movimiento en México. Ugarte lo hizo años antes en El Perú. Él, de formación marxista, encontró en la filosofía de vida del Padre Wresinki la forma para luchar, de manera pacífica, por los más pobres de las sociedades. En el libro “Las utopías aún son posibles. Joseph Wresinski, una solución Para América Latina” que publiqué en Guatemala en el año 2007, se transcriben los diálogos que tuve con ese personaje en “Ballet on France”, en el centro de documentación del movimiento. A su muerte dejó un testimonio de fe, de vida y de compromiso social.
De mis visitas a México, y a su capital, podría escribir mucho más. Sirvan estos ejercicios de mi memoria, a vuelo de pájaro, para recordarlas.
Tags: Centro histórico cultura mexicana ferias del libro México Portada








