Las ferias del libro constituyen importantísimas contribuciones a la cultura y al desarrollo intelectual de un pueblo. En un país como Guatemala adquieren mucho más valor, teniendo méritos especiales quienes las organizan debido a que ese tipo de prácticas van a contrapelo de lo que el sistema dominante provoca y requiere de las personas. Aquí, el libro se ha convertido, para la mayoría de los casos, en artículo de lujo, de esnobismo, de colección, de fotografía para las redes sociales digitales o de obligación. Por supuesto que también se lee por placer, por gusto, por intelecto, por hermosa curiosidad, por lucha y resistencia, como uno de los actos humanos más profundos y vigorosos. Pero todo esto es la contracorriente en la compleja realidad que vivimos, repleta de alienaciones y enajenación del espíritu de la mano con el trabajo enajenado, por doquier. Por ello es por lo que una feria del libro resulta más que un oasis en Guatemala: es un respiro. Tampoco es mi intención idealizar y dejar de ser crítico con eventos de libros mucho más grandes, como la Feria Internacional del Libro en Guatemala (FILGUA), la cual cumplirá 26 años. Considero que la FILGUA, a pesar de que brinda muchos beneficios, ha entrado al ámbito de las disputas del capital y esto ha sido determinante para que se circunscriba territorialmente a un espacio que se vuelve poco accesible como si de un centro comercial se tratase. Y es que se ha colocado dentro de un centro comercial de difícil acceso, ocasionando mayor afluencia vehicular de la que ya estamos muy cansados y empeora cada día más, y se debe de pagar la entrada y el parqueo para poder ingresar. Si bien en países como el nuestro una feria de libro cuenta con pocos fondos económicos y resulta casi autofinanciable, esperemos que un buen día la FILGUA utilice todos los espacios públicos posibles para de verdad llegar a las personas, porque de lo contrario, su eslogan “¡Vamos por un país de lectores!” seguirá siendo poco coherente. Comprendo y conozco las limitaciones que tiene la FILGUA, así como los distintos intereses que surgen alrededor de ella por las mismas dinámicas del comportamiento empresarial hegemónico en Guatemala, pero ya debería de ser tiempo para que haya una intervención más fuerte del Estado y de otras entidades públicas y de las privadas con mentalidad democrática, para transformar el importante evento en un torrente que busque a la gente común. Existen en la FILGUA muchas personas que tienen ese compromiso, por lo que su trabajo se vuelve más estimable y meritorio, ya que se enfrentan a poderes que tienen más recursos para actuar y hacer de la feria internacional del libro un modelo de mercadeo. Esto forma parte inevitable de las luchas sociales.
Pero hay otros proyectos de ferias del libro que poseen esa congruencia de la democratización de la lectura. Uno de ellos es el proyecto de la Feria Libro al Viento. El nombre, como se denota fácilmente, proviene de transformar uno de los versos del himno nacional que es “Libre al viento tu hermosa bandera”, que resulta vacía dadas las condiciones de desigualdad imperantes que hacen de esta nación un lugar dificultoso para la vida sana. Pero, Libro al Viento se presenta de otra manera, como ese oxígeno que llega no vacuo como la bandera que se queda sólo como símbolo patrio, sino que los libros viajan, aparecen y entran en el pueblo, en la comunidad y en la persona. La Asociación Gremial de Editores de Guatemala junto el Ministerio de Cultura y Deportes han concebido este proyecto desde la idea de la descentralización. Los libros en Guatemala, en todo lo que concierne a ellos, no han logrado escapar al centralismo y la concentración en la Ciudad de Guatemala y otras áreas urbanas en los diferentes territorios y las distintas regiones del país. La mayoría de las librerías que poseen las capacidades de ofrecer alta diversidad de literatura, se concentran en la capital y en algunas cabeceras de otros departamentos. Esto forma parte de la tragedia de la desigualdad, como sucede con la salud, por ejemplo. Teniendo esto claro, Libro al Viento permite la confluencia de los libros, de las personas comunes, de escritores y escritoras, y de editores, editoras, libreros y libreras. No niega la necesidad de la producción editorial y el mercado correspondiente, pero no es el mercado el que decide y mucho menos el que hegemoniza. Libro al Viento es una propuesta democrática y una apuesta por romper, poco a poco, con las lógicas mercantilistas. Esto no significa que vender libros sea inadecuado, porque no somos un país en que el Estado puede asumir la totalidad o la mayor parte de la producción editorial; sin embargo, Libro al Viento tiene la claridad de que no es el mercado el que debe decidir tal cual soberano.
En Libro al Viento, la participación de las personas que reciben la feria es gratuita, como debe de ser todo lo público. Esto no significa que no se le otorgue la dedicación que merece. La lógica capitalista, sobre todo en su fase más salvaje y destructora que es el neoliberalismo, y que ahora se acompaña por el neofascismo, ha hecho que todo se piense en función de la ganancia monetaria. El libro visto en clave mercantil será otro fetiche y la lectura recibirá las nefastas consecuencias. En Libro al Viento no se niega que las editoriales deben ganar, pero lo justo, y se le brinda mucho apoyo a las empresas libreras locales, lo que es sustancial en la lucha por la descentralización. Como debe de ser una feria del libro con esa riqueza y fluidez de lo público en relaciones de dignidad, la actividad es amplia: se organizan talleres, presentaciones de libros, arte, conferencias, proyecciones audiovisuales y otras actividades vinculadas al desarrollo de lo cultural. No es una venta seca de libros, sino la construcción integral de un propósito literario, basado en la lucha por democratizar las instituciones, las prácticas y las relaciones sociales.
Desde el nacimiento de Libro al Viento en el 2023, se pensó en una cobertura más allá de lo que la hegemonía ha dispuesto como «normal», o sea, se tuvo el convencimiento de salir del centralismo: Libro al Viento Suroccidente y Libro al Viento Oriente fueron pasos trascendentales. Los datos cuantitativos evidencian que la interacción con las personas, siendo la niñez y la juventud rangos altamente significativos, fue exitosa. De ahí en adelante, Libro al Viento se ha establecido bien. Quiere decirnos que sí se puede transformar la cultura en este país. Comenzar por el acceso democrático a los libros, es medular. Ojalá FILGUA lo pueda ver y, sobre todo, aplicar. Una feria internacional es para que en parques, plazas, atrios de iglesias, escuelas, museos, universidades, teatros, cines y canchas deportivas se desarrolle la actividad. Los libros itinerantes de Libro al Viento han logrado comportarse, precisamente, como viento de esperanza en un mundo que se halla caótico. Del 27 al 30 de mayo, Libro al Viento estará funcionando para esta edición del 2026. Se ha dedicado la feria a la escritora y maestra Leonor Alicia Friely Taracena, como destacada educadora y literata de Retalhuleu, donde se realizará esta IV Edición de Libro al Viento Suroccidente. Que venga la esperanza, que siga llegando como libros. Mi reconocimiento a todo el equipo organizador, especialmente a Raúl Figueroa Sarti, porque la lucha que hacen es altamente valorable y no pasa desapercibida.
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