María Elena Schlesinger presenta su tercer libro «Memorias de un conejo».
Ser la sexta y última hija de su familia y haber nacido cuando su madre tenía 45 años y su padre casi 58 marcó su infancia con el silencio. Siendo la más pequeña del clan, sus opiniones no eran escuchadas. Por eso, María Elena Schlesinger (Guatemala, 1955) debió guardar sus palabras y transitar por el ámbito familiar como un inquieto, pero silencioso conejo.
Con los años, ese silencio se fue disipando y las historias que escuchó, las vivencias que tuvo y las reflexiones y pensamientos que elaboró durante su niñez y adolescencia no se perdieron. Al crecer, todos ellos encontraron la mejor manera de liberarse a través de la escritura. Durante la presentación de uno de sus libros, en 2020, María Elena comentó: «He llegado a la conclusión de que ese ‘tú te callas’ victoriano de mi papá me dio la capacidad de escuchar las historias contadas por otros».

María Elena es, hoy en día, una reconocida cronista de la cotidianidad que deleita a sus lectores con recuerdos e imaginación que se transforman en relatos apasionantes, divertidos y conmovedores. Sus escritos tienen la virtud de reflejar esas historias que se vivían en el interior de hogares de la capital guatemalteca en los tiempos en los que la tradición y las costumbres se imponían. Sin embargo, sus textos no se han quedado anclados en un solo período, porque al igual que los personajes y lugares de los que habla abarcan casi dos siglos.
«No quiero que mi literatura huela a naftalina», dice la autora en referencia a ese compuesto del petróleo que servía como repelente de plagas y que se asocia con lo anticuado. Gracias al dinamismo, profundidad y naturalidad que le imprime a sus escritos logra mostrar la visión de una mujer muy contemporánea que conversa de tú a tú con diversas generaciones. Admite tener una buena conexión con los más jóvenes. Una prueba de ello, según relata, la tuvo con una de sus hijas, hace algunos años. Ella quería obtener un permiso y para ganárselo debió leer ese primer libro de su madre. «Al final me dijo que le encantó y pasó la prueba con muy interesantes comentarios», recuerda.
Su autenticidad es apreciada por un cúmulo de lectores que comenzó a tener contacto con sus escritos como columnista en medios de comunicación como Siglo XXI, Crónica y sobre todo, elPeriódico, en el que durante 15 años publicó la columna Ayer y, a partir de abril de 2024, ha colaborado en la sección Dominical de eP Investiga.
Llegaron los libros
Para esos asiduos lectores que la han acompañado en esos medios en el tránsito del siglo XX al XXI era evidente que sus textos cargados de emociones variadas y enriquecedoras referencias merecían plasmarse en libros. Así que, en 2012, La noche del cometa, editado por Alfaguara tuvo excelente aceptación. Con el tiempo, exactamente en 2020, la editorial Piedrasanta le dio nueva vida a ese texto, permitiendo que otros lectores disfrutaran de esta recreación de vivencias en las que la autora abre las puertas de su casa y su entorno de la infancia en la zona 1 capitalina.
En ese libro, la autora introduce a la ciudad de Guatemala de principios del siglo XX, en la que los estragos provocados por los terremotos de finales de 1917 y principios de 1918 transformaron costumbres y afectaron la relativa estabilidad que sus habitantes habían disfrutado hasta entonces. Unos años antes, en 1910, el paso del cometa Halley ya se había convertido para algunos en temor, otros lo vieron con curiosidad, mientras que hubo quienes lo interpretaron como signo de esperanza.
En 2016, María Elena había presentado con Alfaguara su segundo libro, Aída la bella, que además del relato que da nombre a la obra, contiene Pluma de ganso y otros textos en los que la escritora desvela una Guatemala en la que el silencio se imponía con tal de guardar las consideradas «buenas costumbres».



Un conejo se asoma
Entre finales de julio y agosto de este 2025, llegó la buena noticia: un nuevo libro de María Elena hizo su aparición en las librerías. Memorias de un conejo, título que, aclara, por si alguien lo creía no se refiere a una obra infantil. El conejo, como ya se anotó era ella, esa niña silenciada, que se escondía sola o con sus hermanos para escuchar y presenciar escenas, como la de ver cómo una enfermera clavaba una enorme aguja en las escasas carnes de una convaleciente de tuberculosis o para escuchar las historias de padres, tías, abuelos y bisabuelos que se habían guardado en la intimidad de la familia.
Schlesinger ubica fácilmente a sus lectores en el ámbito de una casa en la que los libros no solo estaban presentes, sino que fueron invadiendo todos los ambientes. Sobre todo, cuando las tías paternas decidieron que el padre de María Elena heredera la biblioteca de sus abuelos porque, por ser hombre, le correspondía todo lo relativo a la educación.
En este, como en sus anteriores libros, la verdad se muestra sin tapujos, pero no está sola, porque la fantasía llega a acompañarla y matizarla. A veces, para servir de bálsamo para las duras realidades, otras para ilustrar las creencias vigentes en diversos períodos de tiempo y algunas más para darle rostro a personas nacidas de la ficción pero con raíces en otras que fueron reales. Este es el caso del abuelo Dámaso, un personaje que hizo su primera aparición en La noche del cometa, por una necesidad de la propia María Elena de tener ese vínculo con personajes que solo podía imaginar. «Es el abuelo que nunca tuve», añade. En este nuevo libro, al abuelo Dámaso se le encuentra compungido por el luto de la temprana pérdida de su primogénito, en medio de una particular temporada navideña.

Las historias que relata María Elena son precisamente como la vida, llenas de risas, llantos, aciertos, errores, sorpresas y rutinas que se van entrelazando. A la luz de los nuevos tiempos, algunos de sus relatos pueden juzgarse con dureza, tal y como sucede con el episodio del Niño Guayo, que, a pesar de estar rodeado de amor en su círculo más íntimo se convierte en blanco de ataques por ser «diferente».
Las mujeres y su fuerza, tanto la silenciada como la expresa, tienen un espacio sumamente protagónico. Desde la fuerte presencia de una madre comprensiva pero firme, que es el centro de la casa, a quien tanto sus hijos como su esposo aprecian y respetan, hasta aquellas mujeres del servicio, que en el caso de su familia, se volvieron entrañables e indispensables. En el escrito se destaca otro aspecto, que era propio en algunas casas capitalinas, hasta bien entrados los años 70, y era el convertirse en refugio de familiares, amigos y conocidos que requerían de espacios para vivir.
Acerca del diseño de la portada del libro, que estuvo a cargo de Maru Lucero, de Penguin Random House, en la que dos hojas simulan las orejas de un conejo, María Elena comenta: «No quería que fuera como el conejo de Alicia (en referencia a Alicia en el país de las maravillas)». Este diseño también recuerda esas plantas que, en grandes macetas, adornaban los amplios corredores de las casas antañonas de la Ciudad de Guatemala.
Una identidad bien definida
María Elena tiene bien claro que su lugar de nacimiento y crianza es la principal brújula de su literatura. «Me han preguntado por qué escribo esto y no sigo las tendencias. Y yo les he respondido que soy fiel a lo que soy. Sé que no a todos les va a gustar, pero eso no es importante para mí. Escribo de lo que sé y siento», añade, la literata quien es Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar. Además, según se anota en algunas de sus biografías publicadas, en 2009 la Universidad Francisco Marroquín le otorgó el “Reconocimiento al Autor Nacional” por su aporte en mantener vivo el imaginario guatemalteco.
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