El manuscrito del Popol Vuh debe retornar a Guatemala

Ninguna razón justifica que una pieza arqueológica o cualquier material histórico haya salido de su lugar de origen.

Mauricio José Chaulón Vélez

noviembre 16, 2025 - Actualizado noviembre 15, 2025

Fragmento del manuscrito del Popol Vuh que se encuentra en la Biblioteca Newberry en Chicago.

El 1 de noviembre de este año se ha inaugurado oficialmente el Gran Museo Egipcio, en El Cairo, teniendo las pirámides de Guiza muy cerca como místicas guardianas del gran proyecto, el cual alberga la mayor colección en el mundo de piezas de la civilización egipcia, junto a otras de distintos grupos humanos relacionados con ella a través de la historia. En sus aproximadamente 500 mil metros cuadrados de construcción, el Gran Museo Egipcio presenta entre sus colecciones más valiosas los 5500 objetos de la tumba del faraón Tutankamón, como uno de los emblemas de la museología y la museografía de Egipto, dispuesta con mayor solidez a decirle a Occidente, como lo indica de manera pertinente la destacada egiptóloga Mónica Hanna, decana de la Academia Árabe de Ciencia, Tecnología y Transporte Marítimo, y quien ha sido una importante activista en contra del saqueo de piezas arqueológicas y materiales etnohistóricos, que los argumentos contra la devolución del patrimonio material de los pueblos “se están desmoronando” (New York Times, 8 de noviembre de 2025).

El Estado egipcio y diversas entidades públicas, no gubernamentales, privadas y de organismos internacionales, se han integrado para llevar adelante el Gran Museo, demostrando que se poseen todas las capacidades no sólo para conservar y exponer la riqueza patrimonial de las culturas de la región del norte de África y del denominado Medio Oriente, sino también de construir una narrativa contrahegemónica con fundamentos didácticos historiográficos, políticos y culturales.

Gran Museo Egipcio

El patrimonio material e inmaterial de los pueblos constituye una relación de luchas, debido a que se trata de una forma sustancial de riqueza y capital que a lo largo de la historia de la humanidad define identidades y genera representaciones en la complejidad simbólica, conteniendo ritos y sentidos de pertenencia, con todas las relaciones sociales presentes. Por ello es por lo que en los distintos conflictos el patrimonio es un objetivo de dominación y a la vez de defensa: el saqueo cultural ha sido constante en las guerras, ya sea para que los vencedores redefinan la cultura y el discurso histórico de los vencidos, o para anularles. De cualquier forma, se ejerce poder con el patrimonio, y al saquearlo o extraerlo por diferentes vías de su contexto original, hay apropiación, lo que genera sentidos de superioridad que están basados en la violencia. La modernidad capitalista ha sido experta en ello, inventando múltiples salidas dentro de lo legal y lo ilegal para quedarse con el patrimonio de los pueblos. Desde el coleccionismo privado hasta la museología pública, el despojo cultural es una constante y muchas veces resulta difícil, debido a vericuetos legales -algunos incluso amparados en la diplomacia (o más bien disfrazados de ella)- la reclamación de piezas. Sin embargo, Egipto ha demostrado que esto no es imposible y que se trata de una lucha que debe seguirse dando, sin tregua.

Una de las justificaciones más comunes por parte del mundo occidental hegemónico respecto a la negativa de devolver piezas históricas a los pueblos, es que no se tiene la infraestructura que garantice la salvaguarda. Comencemos por el principio de que el museo, como concepto y práctica, es una relación social y se define por el poder. Es decir, que existe un sector que decide qué se expone y para qué. La diferencia está en qué grupo o clase ejerce el poder, porque no es lo mismo si un pueblo organizado a nivel comunal posee el poder para mostrar su patrimonio en el sentido de proteger su cultura a través de conocerla y resguardarla del saqueo, a que una cultura exponga a otra desde las perspectivas de aquella de manera conveniente para justificar la dominación. Esto último es característico del eurocentrismo y de la blanquitud, por ejemplo. Así mismo, el museo debe ser el resultado de un consenso, ya que su tratamiento es delicado porque fácilmente puede convertirse en una exposición que, al pretender mostrarla, paralice la cultura y la represente como algo inanimado e incluso muerto.

Desde el momento en que se le desarraiga, ya hay un serio problema que podría llegar a transmitir discursos y narrativas que generen ideas como que determinado pueblo y cierta cultura ya no existen o están desconectados del presente. La cultura, así como la materia y la energía, no se destruye, sino sólo se transforma. Bajo ese principio, quienes tienen el derecho fundamental sobre su patrimonio son los pueblos, y esto es tanto una posición política como filosófica. Y es esto lo que debe procurar trasladarse al espíritu jurídico y al de la diplomacia, nutriendo el idealismo como paradigma de la ciencia política y las relaciones internacionales para gestionar la devolución de materiales arqueológicos y etnohistóricos, ya que la mayoría de ellos han salido de sus lugares de origen debido al despojo. Al mundo occidental hegemónico se le van debilitando cada vez más los argumentos para no devolver el patrimonio a los pueblos. Incluso, se han dado casos de serios descuidos en museos muy famosos, lo que demuestra que ninguno es infalible.

Ninguna razón justifica que una pieza arqueológica o cualquier material histórico haya salido de su lugar de origen. Las causas pueden ser de sumo conocidas, pero de eso a la justificación hay mucha diferencia. Tampoco significa que los pueblos no hayan tenido conciencia histórica de esas situaciones, como lo plantean ciertos argumentos que presentan los poderes hegemónicos y en los que subyace racismo y discriminación. Si hubo grupos que no se dieron cuenta de que su patrimonio estaba siendo despojado se debe al mismo ciclón de circunstancias en que los envolvió el proceso colonial determinado. No cabe duda de que existen lugares como museos y bibliotecas que contienen piezas patrimoniales de otras culturas y que procuran mantenerlas con todo el respeto posible de lo que significan, pero, al final de cuentas, se trata de despojo. No quiere decir que varios museos no tengan los cuidados necesarios para la protección de piezas históricas y que no exista una dedicación profesional y humanista para la preservación y salvaguarda. Sin embargo, esto ya no es excusa para que el patrimonio no sea devuelto a quienes realmente pertenece.

Esto aplica también al manuscrito del Popol Vuh que redactó el fraile dominico Francisco Ximénez, a principios del siglo XVIII, y que es, hasta la fecha, el documento más antiguo conocido que recoge los conocimientos que en él se plantean. Sin duda, Ximénez tuvo por objeto dejar por escrito en idioma castellano lo que leyó o lo que escuchó. Aunque los más especializados estudios sobre la obra consideran que el dominico realizó una transcripción de un documento elaborado por un indígena posiblemente en el siglo XVI, no se sabe con certeza cuál habrá sido la vía por la cual Ximénez obtuvo los conocimientos, porque también se plantea la hipótesis, por la forma de la redacción, de que no sólo fue trabajo copista sino también de transcripción de relatos orales. Pero cualquiera que haya sido la vía -oral, escrita o ambas- el documento de Ximénez contiene elementos valiosos de la cosmovisión indígena mesoamericana que la arqueología, la antropología y la etnohistoria han demostrado que forman un tejido común para muchos de los pueblos y de sus respectivas culturas que integran la región de México, Guatemala y otras partes de Centroamérica. Y la mayor demostración se encuentra en las prácticas de muchos de los pueblos indígenas. Esto lo ha corroborado también la versión poética k’iche’ escrita por Sam Colop, titulada como Popol Wuj (1999, Cholsamaj).

Aunque no se trate del documento original k’iche’ o indígena como tal, el de Ximénez es en todo caso el Popol Vuh, no obstante no lleve ese título, el cual le fue dado posteriormente por el abate francés Charles Etienne Brasseur de Bourbourg, quien lo extrajo de Guatemala a mediados del siglo XIX. Fue este sacerdote, etnólogo y estudioso de la arqueología y de la historia quien publicó en 1861, en París, el libro Popol Vuh, el libro sagrado de los quichés (Popol Vuh, le Livre sacré des Quichés), en k’iche’ y en francés, con un importante análisis que se considera como el primer estudio moderno del texto.

Fue a partir de esa publicación que el texto de Ximénez, que era en realidad la transcripción de ancestrales conocimientos prehispánicos, tomó un amplio interés para las nacientes ciencias históricas y culturales, porque en todas sus características se trata de un elemento de altísimo valor por lo que dice, por lo que es materialmente y por lo que representa para los pueblos y culturas indígenas de México, Guatemala, El Salvador, Honduras y Belice. Sin embargo, antes de Brasseur de Bourbourg había sido el explorador, diplomático y científico naturalista austriaco Carl Ritter von Scherzer quien en 1857 publicó en Viena una copia impresa del documento íntegro de Ximénez, con el título Las historias del origen de los indios de esta provincia de Guatemala, traducidas de la lengua quiché al castellano para más comodidad de los ministros del S. Evangelio por el R. P .F. Francisco Ximénez, cura doctrinero por el Real Patronato del pueblo de S. Thomas Chuila. Exactamente según el texto español del manuscrito original que se halla en la Biblioteca de la Universidad de Guatemala, publicado por la primera vez, y aumentado con una introducción y anotaciones por el Dr. C. Scherzer. A expensas de la Imperial Academia de las Ciencias.

En 1854, Scherzer estuvo en Guatemala dentro de un amplio viaje de exploración por América del Norte, México y Centroamérica. Al conocer el texto de Ximénez, lo copió, habiendo comprendido la importancia de lo que contenía, y respetó su origen, dejándolo donde lo había encontrado. Brasseur de Bourbourg no lo hizo así. Aunque su trabajo resultó importante como un estudio analítico del documento, lo sustrajo y no lo devolvió, lo cual, por las razones que fuesen, no era adecuado. El abate argumentó que había comprado el manuscrito a un indígena de nombre Ignacio Coloché, en Rabinal, lo cual nunca ha podido ser comprobado. Al morir Brasseur de Bourbourg, el documento pasó a otras manos dentro de la dinámica del coleccionismo, hasta que llegó al librero parisino Charles Le Clerc quien en 1887 se lo vendió al magnate estadounidense Edward E. Ayer, quien acumulaba vastas colecciones de manuscritos históricos, entre ellos el diccionario trilingüe latín-español-nahua de Bernardino de Sahagún, de 1585 y el diario del fraile franciscano Junípero Serra, de 1769. A estos se sumó la transcripción y traducción a dos columnas (en k’iche’ y en castellano) de Francisco Ximénez, que contiene los principales elementos de la cosmovisión maya k’iche’, que pasó a ser conocida como Popol Vuh luego del estudio que hizo el abate de Bourbourg. Edward Ayer era fundador y mecenas de la Biblioteca Newberry, de Chicago, Illinois. Esta fue establecida en 1887 por el testamento de Walter Loomis Newberry, fallecido en 1868, quien fue un acaudalado comerciante y empresario estadounidense en el ámbito de los textiles, del sector inmobiliario y de los ferrocarriles, llegando a ser uno de los más importantes desarrolladores de la urbanización en Chicago.

Edward Ayer se incorporó a los patrocinadores de la Biblioteca Newberry en 1892, y en 1897 decidió donar a la institución un aproximado de 50 mil documentos de su colección privada, entre los que se encontraba el de Ximénez, que el abate de Bourbourg había denominado Popol Vuh. Debido a que se trataba de una enorme cantidad de piezas, el proceso de registro duró hasta 1912, año en que quedó asentado el ológrafo de Ximénez. No hay duda de que la Biblioteca Newberry, entidad privada de acceso abierto a consultas de más de un millón y medio de libros, de aproximadamente cinco millones de páginas de manuscritos, cientos de miles de mapas y una enorme cantidad de revistas especializadas, ha resguardado con responsabilidad el texto bilingüe de Francisco Ximénez, que es la única fuente escrita más original, por el momento, de la recopilación cosmogónica y de la cosmovisión maya k’iche’ que ahora se conoce como Popol Vuh, y que también está íntimamente relacionada, de una u otra forma, con todos los pueblos indígenas mesoamericanos. Pero su llegada a esta institución fue porque se sustrajo de Guatemala, cuando no existían los controles necesarios que los Estados y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) han establecido principalmente desde 1970.

Yendo más allá, el texto de Ximénez, que no podemos comprobar en dónde deseaba dejarlo el fraile dominico, no debió de salir nunca de los territorios k’iche’, pero la dinámica del siglo XVIII lo llevó hacia espacios conventuales y académicos, donde lo conoció el abate Brasseur de Bourbourg y de donde lo sustrajo. No podemos comprobar si Ximénez tuvo la intención de entregar el manuscrito al pueblo k’iche’ de Santo Tomás Chichicastenango, donde era párroco cuando escribió el documento, o si su objetivo era trasladarlo a otro sitio para estudiarlo. Pero su labor fue inconmensurable, porque hasta la fecha es el único registro escrito de tan profundos conocimientos que dio pie a que surgieran todos los demás textos que se conocen como Popol Vuh o Popol Wuj.

En tal sentido, resulta importante colocar sobre la mesa la propuesta de que el documento que transcribió Francisco Ximénez retorne a Guatemala. Su salida de este territorio se debió a una sustracción, que por las razones que hayan sido, no debió de ocurrir. Si Scherzer refiere a que el manuscrito original se hallaba “en la Biblioteca de la Universidad de Guatemala”, ¿por qué el abate Brasseur de Bourbourg habría de comprarlo a una persona de Rabinal? Ese argumento se debilita. Y si bien el estudio que realizó este sacerdote y etnólogo francés es de capital importancia, prevaleció en el acto y en las prácticas posteriores que lo llevaron hasta la Biblioteca Newberry en Chicago un espíritu de conservación coleccionista desde el poder de la modernidad capitalista, la cual transforma en capital simbólico e histórico un elemento que en realidad es patrimonio profundo y sustancial de todo un pueblo, o mejor dicho, de varios pueblos y de sus culturas ancestrales. Por lo tanto, estamos hablando que lo que hizo Brasseur de Bourbourg fue despojo, aunque el término resulte demasiado sonoro, pero es lo que es. La Biblioteca Newberry ha cumplido con un importante papel de salvaguarda, lo cual es digno de ser reconocido, pero también es importante que se dialogue con dicha institución sobre la importancia de que el documento retorne a los territorios de Guatemala.

Lanzo la idea con esta columna de que se conforme una mesa multisectorial para gestionar el retorno a Guatemala del manuscrito elaborado por Ximénez y que contiene los profundos conocimientos que se integran en el título Popol Vuh o Popol Wuj, que se traduce como Libro del Consejo. Para los pueblos que habitamos estos territorios y fundamentalmente los pueblos indígenas, se trata de un documento medular en el sentido de la complejidad en la integración cosmogónica y de cosmovisiones que configuran nuestras relaciones interculturales. Pero no se trata de que si el texto transcrito por Ximénez regresara, que se patrimonialice con una lógica que limita desde los poderes dominantes en Guatemala. No. El histórico documento debe de ser conservado y protegido, en primer lugar, por la disposición de los pueblos que le han dado origen: los indígenas. Debe considerarse la construcción o adecuación de un espacio en territorio k’iche’ para su resguardo, pudiendo estar a la vista de todos y de todas. En sí, el Popol Vuh o Popol Wuj existe en las prácticas que se concretan desde la cosmogonía y la cosmovisión que los pueblos realizan en su vida cotidiana, aunque existan muchas personas que se encuentran atravesadas por otro tipo de ideas alienantes. Sin embargo, persiste en muchas otras, comenzando por el sentido de lucha comunitaria frente a lo anti común. El retorno del manuscrito transcrito por Francisco Ximénez a inicios del siglo XVIII podría generar un amplio y profundo proyecto de retomar los principios definidos en esa sabiduría maya k’iche’ que vayan más allá de frases motivacionales. El retorno del Popol Vuh a Guatemala no debe ser solamente con copias facsimilares que muy amablemente proporciona la Biblioteca Newberry, sino con la disposición real y sustantiva de devolver algo que es de los pueblos indígenas y que en la configuración compleja de Guatemala nos corresponde a todos los pueblos que la habitamos. Sin esos conocimientos ancestrales, no existiría tan valioso documento.                          

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