El azul, lo infinito y el arte

Una obra de arte plástica, una pintura o escultura, que nos emociona o nos place produce un efecto en nosotros semejante o equivalente al que nos provoca del azul de cielo y del mar infinito.

Camilo García Giraldo

agosto 23, 2026 - Actualizado agosto 22, 2026

Víctor Hugo, quien, además, de un extraordinario escritor, poeta y dramaturgo fue también un notable pintor que pintó durante su vida más de 4000 dibujos dijo que “el azul es el color del arte”. Y, años después, en 1913 Rubén Darío dirá en su texto Historia de mis libros que esta frase no la conocía cuando tomó la decisión de ponerle el título de Azul a su primer libro de poemas y relatos cortos que publicó en 1888, y, que fundó el modernismo en la literatura hispanoamericana. Lo decisivo era que “el azul era para mí —nos dice— el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental”. Concentré en ese color célico la floración espiritual de mi primavera artística”. 

Esta propiedad del color azul, que destaca Rubén Darío, la podemos, en efecto, constatar cuando contemplamos el azul del mar y del cielo. En ese momento nos parece que estamos en presencia de lo infinito, de lo que no tiene fin o límites en el espacio. De ahí, que sintamos que el azul es el color de ese infinito, el color que constituye su propiedad natural y consustancial. ¿No es acaso este cielo azul infinito el verdadero nombre del dios judeocristiano?

Pues, es precisamente ahí donde habita soberano y tiene su reino al que todos los hombres podrán acceder después de sus muertes, si han respetado durante sus vidas terrenales sus mandatos morales. Vivir para siempre en el infinito azul del cielo, en el reino de los cielos con Él, es la promesa de paz y felicidad que les ha ofrecido a los que creen en Él, si cumplen su voluntad normativa.   

Pero, además, cuando contemplamos el mar o el cielo azul infinito, nuestro ser interior, nuestro espíritu, adquiere una serena quietud, y, olvidamos o nos liberamos de las tensiones que nos agobian. La fuerza de ese color que envuelve lo infinito es tal, que suprime, o por lo menos, disminuye, así sea por unos instantes, cuando lo vemos, la presencia de las tensiones que agitan nuestro ser, y, que, nos ocasionan sufrimiento. Al percibir ese azul que recubre la imagen de lo infinito, se nos alivia la carga de nuestra existencia.   

Una obra de arte plástica, una pintura o escultura, que nos emociona o nos place produce un efecto en nosotros semejante o equivalente al que nos provoca del azul de cielo y del mar infinito. Contemplar una obra de arte plástica que nos place es como contemplar esta naturaleza azul infinita: nuestro espíritu también se apacigua serenamente porque se descarga de las tensiones que nos agobian.

Por más que esa obra de arte nos muestra la imagen de una escena trágica o dramática, la de hechos violentos o la de seres humanos dolientes en trance de morir o muertos, nos libera de nuestros tensiones en el momento que fijamos nuestra mirada en ella porque a pesar de conmover nuestro espíritu, no lo altera o lo agita, no lo tensa dolorosamente debido a que sabemos desde el principio que esa imagen no es real, que es solo a la imagen ”irreal” de un personaje, de un hecho o acontecimiento que no está en vivo presente ante nuestros ojos. A diferencia, de una buena pieza de teatro en la que los actores nos hacen vivir las pasiones y sentimientos de los personajes que interpretan, agitando y tensionando nuestros espíritus, una obra de arte plástica que nos gusta, nos libera de esas tensiones que acompañan regularmente nuestras existencias; es una obra que nos place y nos gusta precisamente por esta razón.   

Este efecto que nos provocan las obras del arte plástico es mayor y más poderoso cuando vemos una en la que el color azul es su color central primordial. La presencia central de ese color en la imagen de esa obra acentúa este efecto. Esto lo percibió muy bien Picasso cuando decidió entre los años 1901 y 1904 pintar una serie de lienzos en tonalidades de azul -conocido como el período azul de su trayectoria artística-.

A pesar de que muchos de estos lienzos están constituidos por imágenes de seres humanos tristes y melancólicos, por seres que llevan en su alma sufrimientos, al contemplarlos percibimos esa tristeza y melancolía con serenidad, sin angustia tensa y dolorosa. El color azul que los recubre contribuye a impedir que nos llenemos de esa tristeza que expresan sus rostros y sus gestos. El gusto y el placer que sentimos al contemplarlos se debe a que, como ya dijimos, esa tristeza que sienten no la sentimos porque sabemos que son solo imágenes de personas que no están ahí realmente presentes; es decir, al ver estas imágenes percibimos con claridad el estado de ánimo de tristeza en que se encuentran sus personajes; más, sin embargo, este estado de ánimo no penetra y se apodera de nuestro ser. Y, la presencia dominante de color azul contribuye a evitar que esto ocurra.  

Por su parte, Van Gogh, en su famoso lienzo El cielo estrellado lleno de azul, plasmó en sus trazos y formas, una vez más, la agitación y alteración psíquica que sufrió debido a la enfermedad bipolar mano-depresiva que lo afectó durante una gran parte de su corta vida. Pero, también quiso, sobre todo, con seguridad, aliviar esa agitación interior que lo atormentaba, creando una imagen con el azul infinito del cielo. Deseó serenar y apaciguar su alma no solo contemplando el azul del cielo, sino también, recreándolo con su magistral mano artística. Pero, tal vez, deseó algo más importante y significativo, lograr que esta imagen artística, que había creado, lo liberara definitivamente de la tensión dolorosa e insoportable que le enfermedad le ocasionaba, y, que destrozaba su vida. 

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