El algoritmo del caudillo

Lo que antes era signo inequívoco de tiranía ahora se celebra como si fuera el último lanzamiento de Apple: filas de fanáticos esperando su turno para comprar la nueva versión de la cárcel colectiva.

José Javier Gálvez

agosto 24, 2025 - Actualizado agosto 23, 2025

Nayib Bukele, Presidente de El Salvador. Foto: Wikipedia

Los viejos autoritarismos olían a sudor, uniformes rancios y discursos interminables en plazas militares. El de ahora huele a start-up, a “branding” de Silicon Valley, a campaña de TikTok. Nayib Bukele, el dictador cool, no inventó nada nuevo: reinventó el autoritarismo, pero con lentes oscuros, slogans “cool” y el aplauso enlatado de las redes. Como si el manual de Umberto Eco sobre el fascismo eterno se hubiera convertido en pitch de marketing: culto al líder, obsesión con la seguridad, desprecio al pluralismo, todo envuelto en un packaging minimalista.

Tan fácil es hacer confundir la represión masiva con un festival de innovación política. ¿Campos de detención llenos? ¡Qué eficiencia! ¿Periodistas perseguidos? ¡Qué valentía! ¿Concentración de poder? ¡Qué audacia! Lo que antes era signo inequívoco de tiranía ahora se celebra como si fuera el último lanzamiento de Apple: filas de fanáticos esperando su turno para comprar la nueva versión de la cárcel colectiva.

Byung-Chul Han lo explicó con precisión: el poder contemporáneo ya no necesita mostrarse como violencia, sino como rendimiento, como positividad. Lo autoritario se vende como libertad; la obediencia, como éxito personal. Así, El Salvador entero se convierte en un laboratorio de psicopolítica: un país que aplaude su encierro porque cree que es un spa de seguridad. George Orwell imaginó un Estado que nos vigilaba con cámaras; Han nos recuerda que basta con que abramos voluntariamente la aplicación. Bukele, mientras tanto, sonríe: no necesita campos de reeducación, basta con un tweet o un tiktok virales.

Pero la ironía mayor no está en San Salvador, sino en en el resto de Latinoamérica, donde no faltan quienes sueñan con importar un “Bukele exprés”. Como si el autoritarismo fuera una franquicia de comida rápida, como si pedir dictadura en casa fuera tan sencillo como abrir Uber eats. Latinoamericanos que aplauden al vecino como quien ve una serie de Netflix: encantados con la violencia televisada, inmunes al costo humano. La miseria de su imaginación política es doble: incapaces de resolver sus problemas, sueñan con tercerizar la solución en un caudillo prefabricado. Slavoj Zizek diría que gozan en su servidumbre, disfrutan el espectáculo de un líder castigando a los otros, convencidos de que allí reside la “verdadera” soberanía.

Walter Benjamin advertía que detrás de todo fascismo hay una revolución fracasada. Y eso explica el fervor externo: incapaces de imaginar democracia robusta, los latinoamericanos cansados de la corrupción y la inseguridad prefieren soñar con la mano dura como atajo. No podemos culparlos pero tampoco obviar que prefieren confundir orden con justicia, espectáculo con política. Giorgio Agamben habló del “estado de excepción” convertido en norma: lo que en El Salvador es legalizar el encierro masivo, en el resto de la región es legalizar la fantasía de que alguien, con una sola firma, limpiará décadas de desigualdad estructural.

Lo más grave es que esa nostalgia por el “hombre fuerte” no es novedad. Es la reedición de lo peor de nuestra historia, repetido con filtros de Tiktok. Michel Foucault nos recordó que el poder no solo se impone, sino que produce sujetos que lo desean. El latinoamericano que pide un Bukele en su país no es un crítico lúcido de la política, sino el sujeto dócil que el poder soñó siempre: el consumidor de su propia dominación.

El “nuevo” autoritarismo es viejo, pero ahora parece vintage. Se celebra como si fuera nostalgia pop: dictadura con estética retro-futurista. Bradbury ya lo había advertido en su fabulosa novela Fahrenheit 451: cuando la gente renuncia a su memoria crítica, no hace falta censura, ellos mismos queman sus libros, o en nuestro caso, hacen fila para entregarle su Constitución al carcelero de turno. Y todo esto sucede entre aplausos, como en una sitcom donde nadie nota que la trama es trágica.

Lo siniestro es que ni siquiera funciona como promete. El castillo de seguridad que vende Bukele es tan inútil como cualquier dictadura pasada: pan y circo sin pan, solo con circo. Detrás del show, la pobreza, la corrupción estructural siguen allí, intactas. Pero nadie quiere mirar ese ángulo; mejor seguir consumiendo el espectáculo como si fuera un capítulo extra de Black Mirror.

Quizás, dentro de algunos años, alguien leerá en voz baja (si es que aún se puede leer en voz baja en un país donde todo es retransmitido en vivo) que lo que celebraban como innovación era simplemente una reedición torpe de lo más viejo. El autoritarismo es como un meme gastado: se recicla, se maquilla, se viraliza, y siempre hay quien lo comparte con entusiasmo.

El Salvador vive hoy en una ficción política digna de The Truman Show: una escenografía perfecta, luces, aplausos, un protagonista carismático. Y, como en la película, la pregunta no es qué hace el actor principal, sino por qué el público (en San Salvador y en toda América Latina) se conforma con vivir dentro del set, confundiendo la repetición de viejos tiranos con el estreno de una temporada nueva y brillante.

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