Rafael Alberti, en su célebre poemario publicado en 1929 Sobre los ángeles, nos muestra la imagen de algunos de los rasgos y características físicas y espirituales que tienen los ángeles; imágenes que él mismo crea, y, que se las atribuye con sus versos. Pues, para él los ángeles no son creaturas sobrenaturales creadas por Dios que usa para enviar mensajes importantes a los hombres, sino creaciones de los propios hombres a las que les dan las características de su complejo, diverso y contradictorio ser. Los ángeles son imágenes creadas por los hombres, por los creyentes religiosos, en las que plasman los atributos y defectos que naturalmente tienen, y que los caracteriza. Y en especial y sobre todo sus defectos, fallas y limitaciones físicas y morales o espirituales. Por ejemplo, en “Los ángeles feos” nos dice: “Vosotros habéis sido, vosotros que dormís en el vaho sin suerte de los pantanos para que el alba más desgraciada os reanime en una gloria de estiércol, vosotros habéis sido la causa de ese viaje”. Ángeles feos que lo son, porque se unen o se funden con el estiércol de los pantanos, es decir, con los restos putrefactos que dejan los seres vivos. De ahí, que su fealdad consiste en la degradación o descomposición física y sobre todo espiritual que los marca, tal como ocurre con los seres humanos que son perversos o malos: están dañados o descompuestos moralmente.
En “El ángel falso” nos dice: “Para que yo anduviera entre los nudos de las raíces y las viviendas óseas de los gusanos. Para que yo escuchara los crujidos descompuestos del mundo y mordiera la luz petrificada de los astros, al oeste de mi sueño levantaste tu tienda, ángel falso”. De ahí, que su falsedad consiste en empujar a los hombres a vivir en la descomposición moral del mundo, en llevarlos a integrarse a ese mundo despedazado humana y éticamente que los rodea. El ángel falso es, entonces, el nombre de todos quienes empujan a los demás a adaptarse a un mundo social y económico descompuesto, a un mundo en crisis profunda. Y si esto ocurre se convertirán en seres humanos feos, tal como el ángel feo les muestra, al quedar sumergidos en ese mundo descompuesto.
Unos años antes de la publicación del poema de Alberti, el gran poeta checo Rainer Maria Rilke publicó en 1923 su gran y profundo poema Elegías de Duino en el que trabajó por más de 10 años. En él nos dice nos dice al final, en la elegía 10, que cuando los hombres mueren surge una realidad que no pueden ver, invisible, y que, sin embargo, existe: la realidad de la muerte que es la otra parte de la de la vida misma; la otra parte que la completa y la da la unidad que le falta. Es, entonces, el ángel el que puede ver esa realidad en nombre o representación de los hombres, el que supera o trasciende esa limitación que les surge en el momento de morir; él es que ve esa realidad por los hombres para que éstos la conozcan y se percaten que no es diferente a la vida que tienen o han tenido porque es la otra cara o parte de esa vida. El ángel les muestra y enseña que la muerte no es el comienzo de una nueva vida plenamente feliz en el cielo al lado de Dios, como lo creen los cristianos, sino la prolongación de la misma vida, con sus alegrías y penalidades, con sus éxitos y fracasos, etc. que han tenido aquí en la tierra.
Dice Rilke: “Tierra, no es esto lo que quieres: invisible
resurgir entre nosotros? No es tu sueño
ser alguna vez invisible? ¡Tierra!, ¡Invisible!
Cuál, sino la
transformación, es tu misión urgente?
Tierra, tú, amada, yo quiero. Oh, créeme, no necesitas
más de tus primaveras para ganarme para ti, una,
ay, una sola es ya demasiado para la sangre.
Sin palabras estoy por ti decidido, desde hace mucho tiempo.
Siempre tuviste razón, y tu idea santa
es la muerte íntima.
Mira, yo vivo, ¿De dónde? Ni la infancia ni el futuro
son menos… Existencia de sobra
me mana del corazón”.
De tal manera, que el ángel es para él quien tiene esa capacidad aparentemente sobrenatural de ver ese lado que es invisible para los seres humanos muertos porque precisamente al estar muertos han perdido la capacidad de ver y comprender. Y, que, sobre todo, resulta también invisible para muchos seres humanos vivos porque no han comprendido que la muerte no es lo contrario de la vida, sino el estado en que la prolonga y continúa. Si los hombres, entonces, abren y amplían sustancialmente su capacidad de comprensión podrán ver lo que el ángel ha visto por ellos, y les ha enseñado; es decir, podrán ver sin dificultad esta verdad que les resulta a primera vista invisible.
El libro de Jaime Barrios Carrillo Ángeles sin dios, que publicó en Estocolmo con la editorial Fénix, y presentó en el Instituto Cervantes de la ciudad en febrero de 2023, continúa este gesto ejemplificado por estos dos poetas de invocar a los ángeles para hablar de los hombres en sus realidades más íntimas. En efecto, Jaime nos dice, con un lenguaje poético coloquial y sencillo, de lo que son algunos de los ángeles: seres “abandonados que esperan que el mundo se acuerde de ellos. Son como los poetas que nadie lee, expulsados de las inmensas repúblicas que siguieron al pie de la letra los preceptos de Platón. Moran en la psique junto a otros demonios y fantasmas estacionales”.
Por eso, hablar de los ángeles, de sus diversos de los rasgos y características, es en cierto modo hablar de los poetas, es de alguna manera hablar de sí mismo como poeta. Pues, los poetas han sido considerados como seres casi divinos porque tienen la capacidad de darla vida a los seres y las cosas al nombrarlas, porque tiene, como el viejo dios judeocristiano caído en los tiempos modernos, la capacidad de crear las cosas del mundo, o mejor, el sentido que guardan en su interior, al nombrarlas con las palabras del lenguaje. Los poetas son el Verbo moderno, o por lo menos, sus mensajeros, tal como son los ángeles, porque que revelan al común de los hombres los mensajes ocultos que guardan en su seno todos los entes del mundo, así muchos de estos hombres no los lean.
Pero, además, los ángeles moran en la mente de los hombres porque en realidad son parte de sí mismos. Como lo había revelado antes Alberti, los ángeles reflejan como un espejo la realidad diversa de cada ser humano y de todos. Los hombres al mirarse en el espejo ven a los ángeles que son; o mejor, las partes múltiples que conforman su ser a los que la tradición religiosa le ha dado el nombre de ángeles. Dice Jaime en su poema “El humo que forjó cuerpo fingido”: “Refrendas tu visita ante el espejo para observar a tus ángeles de nuevo De inmediato sonrías a ti mismo por auto-homenaje reflexivo”. De ahí, que los ángeles no sea propiamente los mensajeros de Dios, sino el otro nombre de los hombres que estos se ha dado para poderse mirar al espejo, para mirarse a sí mismos, a través de este nombre que les han dado. Al nombrarlos los crean, o mejor, crean las imágenes de sus existencias que guardan las imágenes de sus propias existencias como seres humanos.
Por esa razón, los ángeles son creaturas vivas que hablan con los hombres. Y, al hacerlo lo que hacen los hombres es hablarse a sí mismos, así lo que se dicen sea en ocasiones incomprensible, como lo expresa en su poema “Decía el ángel”: “Decía el ángel que el apego por los dioses esta descontinuado por ser pretensión de los tubérculos enamorándose del cielo”. O, con las que se sostienen encuentros y diálogos cotidianos sobre temas mundanos e intrascendentes o sobre asuntos religiosos sobre los cuales son especialistas, como lo son los teólogos y sacerdotes. Diálogos, en los que los hombres les preguntan por algunos de estos asuntos religiosos que no saben o no comprenden bien. Pues, esperan de ellos respuestas que les aclaren sus dudas. Y, al contestar una de esas preguntas que los hombres les hacen, que se hacen a sí mismos, en especial los creyentes, sobre el sexo de los ángeles responde diciendo que “… que no todos los ángeles eran masculinos pues había muchas mujeres. Y también otros géneros. Como ángeles gays y los trisexuales. Y, además, me dijo que algunos textos bíblicos estaban mal documentadas”.
Además, los ángeles hablan a los hombres porque no solo son como los hombres, porque son sus dobles, sino también porque sus vidas y sus comportamientos son también muy parecidos. Así tengan una apariencia física diferentes en tanto tienen alas blancas con las cuales pueden volar a través de los parajes del universo, entre el cielo infinito y la tierra en donde habitan los seres humanos, son muy semejantes a éstos debido a que sus necesidades y comportamientos son los mismos. De ahí, que cuando viajan se alojan en hoteles, se cortan las uñas de las manos o de los pies, comen como todos, aunque nadie les conteste en la recepción. Y sobre todo se disfrazan de humanos para que nadie se burle de ellos, como nos los refiera en su excelente poema “Hoteles”. Así, como los ángeles se disfrazan de seres humanos para poder convivir con ellos, los hombres en ocasiones también se envuelven en los ropajes de ángeles para poder elevarse espiritualmente por encima del mundo.
Por eso, podemos decir que este valioso libro de Jaime rescata y continúa ese sendero abierto en la modernidad por Rilke y Alberti de hablar de los ángeles o con los ángeles, de esas creaturas religiosas imaginarias pre-modernas creadas por los hombres de pueblos antiguos, para poder penetrar con hondura en los diversos y contradictorios aspectos que forman nuestra realidad humana, para hablar de sí mismo como un ser humano cargado de vivencias, de saberes y de interrogantes que se han formado en el curso de su vida.
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