Despierto cada mañana en un país donde no pertenezco. Lo primero que hago, casi por un instinto masoquista, es abrir las noticias de mi país. Guatemala duele a la distancia. Duele en el pecho, en la garganta y en el título de abogada quien sabe dónde está porque salí sin poder arreglar nada.
Cada día es el mismo: «violación al debido proceso», «vulneración de derechos», «atentado contra la libertad». Estas frases se han convertido en el ruido de fondo de nuestra tragedia nacional. Pero no nos engañemos: lo que ocurre en Guatemala no es una serie de errores aislados ni una cadena de negligencias. Es algo macabro.
Desde este exilio impuesto por haber trabajado contra la corrupción e impunidad, he sostenido con coherencia y firmeza que estamos ante una vulneración sistemática de derechos. No se trata solo de la comisión de delitos comunes; estamos presenciando un asalto frontal a la dignidad humana orquestado desde las entrañas del Organismo Judicial.
Como mujer, defensora de derechos humanos y como abogada criminalizada, hoy levanto la voz desde la resistencia. Mi rechazo no es solo una postura política; es un grito de auxilio por una nación que sangra legalmente. Es indignante que las ilegalidades más atroces nazcan precisamente de las instituciones que juraron defender nuestras garantías.
A ustedes, magistrados de la Sala Sexta de la Corte de Apelaciones y de la Corte de Constitucionalidad, me dirijo con la autoridad que me da el haber caminado esos mismos pasillos con la frente en alto. Ustedes han decidido olvidar los estándares internacionales. Han decidido que la Constitución y los tratados de derechos humanos son papel mojado y que sus togas son escudos para la impunidad.
¿En qué momento el derecho se convirtió en un arma de persecución? ¿En qué punto la ley dejó de ser un límite al poder para transformarse en el látigo del verdugo?
Ustedes están escribiendo los capítulos más oscuros de nuestra historia. El «Libro Negro» de la justicia guatemalteca tendrá sus nombres grabados en letras de molde. Se han vendido al mejor postor, por la mezquina seguridad de un puesto, por la sombra efímera del poder o por el favor de quienes temen a la luz.
Al socavar la democracia para aferrarse a una silla, están condenando a generaciones enteras al miedo. La democracia no es solo ir a las urnas; es saber que, si te enfrentas al poderoso, un juez imparcial te escuchará. Hoy, en Guatemala, esa certeza ha muerto.
Quiero que lo sepan: el poder es una ráfaga de viento. Tarde o temprano, tendrán que dejar esos despachos alfombrados. Tarde o temprano, el silencio de los pasillos de las cortes los enfrentará con su propia conciencia. Quizás la justicia terrenal esté hoy secuestrada por sus propias manos, pero hay una justicia que no admite sobornos. No sé si llamarla divina o simplemente el peso del destino, pero es esa justicia la que pasa facturas que no se pueden pagar con plazas ni con influencias. La historia no olvida, y sus nombres serán sinónimo de la era en que la ley fue utilizada para asesinar la esperanza.
Vivir en el exilio es una muerte lenta. Es estar presente en cuerpo, pero tener el alma anclada en una tierra que te expulsa por no querer ser cómplice. Mi criminalización no es un caso jurídico; es un mensaje de terror para colegas que aún creen en la ética. Nos quieren decir: «Si te atreves a ser honesto/a, este será tu destino: la maleta o la cárcel».
Pero se equivocan si creen que el silencio es nuestro estado natural. Desde fuera, nuestra voz se amplifica. Mi coherencia es mi mayor defensa, y mi exilio es la prueba irrefutable de que en Guatemala la justicia se ha convertido en un artículo de lujo, reservado para quienes protegen el statu quo.
Hoy es un día de duelo. No solo por los casos perdidos o las resoluciones espurias. Es un réquiem por la democracia. Estamos enterrando la fe en las instituciones. Cada vez que una corte avala una arbitrariedad. Las servidoras y servidores públicos han olvidado que su mandato emana del pueblo, no de las mafias que los sostienen. Han olvidado que el derecho y que los estándares internacionales no son una sugerencia, sino una obligación. Han preferido ser empleados de la impunidad.
A ustedes, magistrados, les digo: sigan escribiendo su libro negro. Sigan vendiendo su integridad por migajas de poder. Pero sepan que, mientras haya personas con voz, el mundo sabrá lo que están haciendo. No habrá rincón donde puedan esconderse del juicio de la historia.
Guatemala no les pertenece. La justicia no es su propiedad privada. Y aunque hoy se sienta un réquiem por la democracia, recuerden que de las cenizas siempre surge la fuerza para reconstruir lo que la corrupción intentó destruir.
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