“2 women marry in Mexico’s embassy in Guatemala fueling a debate over same-sex marriage”, gritaban los medios internacionales esta semana. Imagínense la escena: dos mexicanas llegan al jardín de la embajada de su país en la zona 10, intercambian anillos y dicen “sí, acepto”… todo sin pagar ni un quetzal en impuestos, porque, claro, ese césped es territorio diplomático. ¡De nadie más! Y mientras tanto, en el otro lado de la calle, los señores diputados salen al balcón, con las sotanas retorcidas, alertando: “¡Esto es un atentado contra la soberanía!”
No soy quien para juzgar ni mucho menos criticar. Declaraciones indignadas no tardaron en llegar. Ciertos diputados —esos mismos que se quedan dormidos en las sesiones o votan proyectos sin conocer su contenido— se convirtieron de pronto en paladines de la moral nacional. Así como todo un acto bélico. Porque aquí provocar es un deporte nacional: se provoca con bloqueos, con declaraciones y columnas, y ahora hasta con bodas ajenas. ¡Las bodas vienen a desequilibrar a la familia!
No se trata aquí —o al menos mi deber— de rechazar el derecho de las personas a vivir tranquilamente y a negar las luchas por derechos civiles. El tema central es otro: el respeto mutuo entre Estados, el principio de no intervención y la prudencia diplomática. ¿Desde cuándo las embajadas están llamadas a ser plataformas de activismo? Corríjanme si me equivoco. ¿Estoy en contra?, NO. ¿Entonces?, es mejor no opinar, hacer caso omiso, cambiar de medio y leer algo más. Ya no lea de acá en adelante.
¡Enfoquémonos en otras cosas, pues! ¿Qué tanto les afecta?
Las relaciones diplomáticas existen para fomentar el diálogo, la cooperación, y, sí, también para proteger a los ciudadanos de su país en el extranjero. Realizar una boda —específicamente esa— en territorio diplomático extranjero tiene, inevitablemente, una lectura política. Y como tal, genera tensiones innecesarias. ¿O me lo negará, estimado lector?
Quizá el aprendizaje —si es que existe— sería sencillo: en Guatemala, todo puede alterar la estabilidad nacional, incluso la cortesía diplomática en un jardín bien plantado y cuidado. Mientras tanto, en México ya están celebrando el “amor sin fronteras”. Y aquí, seguimos poniendo fronteras a los corazones y a las embajadas.
Eso sí, que no se disfrace la diplomacia con banderas ajenas; también debe respetarse la libertad individual de quienes eligen vivir su vida en paz.
Lo leo, estimado lector.
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