Los Estados Unidos Venezolanos

Marcos Melchor Palencia

enero 10, 2026 - Actualizado enero 9, 2026
Marcos Melchor Palencia

Feliz año, estimado lector. Nunca he sabido con exactitud hasta cuándo es prudente desearlo, igual, se lo deseo. La última vez que nos encontramos hablamos de cómo recibir diciembre en el trópico y de una Venezuela atrapada en una Navidad perpetua. Hoy, sin embargo, el calendario avanzó y la realidad también. A los venezolanos ya no les queda ni Navidad ni presidente. Mucho cambió desde entonces, aunque no todo para mejor. Ya lo decía mejor mi compañera columnista, Mariana Rohrmoser, hace algunos días: «hasta los columnistas de opinión nos vemos en la necesidad de reenfocar y reajustar nuestro enfoque, temas y mensajes».

¿Ya vio usted quién se fue de viaje a Nueva York? ¡Y sin visa! Ya no se moleste en tramitarla, es tedioso. Basta —según los manuales invisibles de la política contemporánea— con pertenecer a un presunto cartel de droga, perpetuarse en el poder durante más de una década y esperar a que la historia decida que el avión ya no es presidencial, sino judicial. Todo muy práctico. Turismo express lo llamo yo. Entrada directa. Sin detestables escalas en migración.

Venezuela amaneció el 3 de enero, con ataques aéreos y deliberación. Y Maduro amaneció enfrentando procesos judiciales en Estados Unidos tras ser trasladado a Nueva York. Él dice que sigue siendo presidente —y según yo, soy escritor digno del Nacional de Literatura—; Washington dice que es acusado; Caracas dice muchas cosas a la vez. La política, cuando se acelera, tiende a hablar en coro. Un país entero está discutiendo si su jefe de Estado está secuestrado, detenido, derrocado o simplemente «de gira  internacional». Todo depende del canal que usted mire. Y del idioma en que decida indignarse. A mi me gusta más el español; me gusta indignarme en español.

Pero conviene bajar el volumen al televisor. No por cobardía —claro—, sino por método. Venezuela no es un nuevo meme geopolítico ni un expediente judicial con bandera. Es un país que ya ha vivido demasiados «momentos históricos» como para celebrar otro sin preguntar por la letra pequeña. En Caracas, el poder no quedó huérfano. Se reacomodó —como siempre lo hace— con discursos, llamados a la paz, estados de emergencia y esa palabra tan latinoamericana y tan nuestra que sirve para todo: «estabilidad». Se promete orden mientras se ajustan controles, se vigilan calles y se recuerda, una vez más, que la transición es peligrosa… sobre todo para quien transiciona.

En medio de esta nueva —pero muy peligrosa— transición, hay una ausencia que llama la atención. María Corina Machado no forma parte de la escena principal. Hizo su debut y despedida internacional durante la entrega del Premio Nobel, saludó a la historia, posó para la foto, y poco más. Como si la política venezolana hubiera decidido, una vez más, que la épica cabe mejor en auditorios y certámenes europeos que en el barro nacional. Mientras discutimos si el viaje a Nueva York fue legal, ilegal o solamente simbólico, Venezuela sigue cargando con lo menos simbólico de todo: un total colapso. Casi ocho millones de venezolanos repartidos por el mundo son una estadística incómoda: no votan en debates ideológicos, votaron con los pies.

La caída —o más bien la salida— de una figura no equivale al nacimiento automático de una república funcional. Las transiciones sin acuerdos suelen parir venganzas, y las venganzas no construyen hospitales ni estabilizan monedas.

La pregunta relevante no es quién aterrizó en Nueva York, sino qué aterriza ahora en Venezuela. ¿Más control o más instituciones? ¿Más consignas o más normalidad? Lo leo.

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