Venezuela bajo ataque

Mariana Rohrmoser

enero 6, 2026 - Actualizado enero 5, 2026
Mariana Rohrmoser

¿Intervención ilegítima o último recurso ante la dictadura?

Ni bien empieza el año y la historia no termina de escribirse y reescribirse. Hasta los columnistas de opinión nos vemos en la necesidad de reenfocar y reajustar nuestro enfoque, temas y mensajes.

Iniciándose el año e intentando enfocarnos en la realidad nacional, en las elecciones de segundo grado y la relevante importancia que todo esto representa para Guatemala, se nos cruza un evento de magnitud e interés global, en donde la atención se nos desvía, porque también importa.

Hoy hablar de Venezuela es adentrarse en un terreno minado de pasiones, un sin número de teorías revestidas de intereses geopolíticos, narrativas contrapuestas y por supuesto, las infaltables y profundas heridas humanas que todo esto deja, no sólo para aquel país, sino para toda la humanidad.

Cualquier análisis que pretenda ser honesto y sincero debe partir de una premisa incómoda: no tenemos todas las respuestas, ni podemos afirmar con certeza qué desenlace traerán las decisiones que hoy se toman en su nombre.

Finalmente, el debate central gira en torno a una pregunta fundamental: ¿estamos frente a una violación flagrante de la soberanía de un Estado o ante una acción que se intenta justificar bajo el argumento de restituir la democracia y proteger a un pueblo sometido durante años a la dictadura y opresión?

La soberanía, concebida como el principio angular del Derecho Internacional, ha sido históricamente entendida como un límite infranqueable. Sin embargo, en innumerables ocasiones la misma también ha sido relativizada cuando los Estados fallan de manera sistemática en garantizar la libertad, los derechos básicos y las condiciones mínimas de dignidad.

En ese contexto, resulta inevitable cuestionarse si las causas que irrumpen y fracturan esa soberanía, realmente son válidas y justifican lo anterior. En esencia, lo que hoy se discute respecto a Venezuela, responde a entender si tal magnitud de injerencia extranjera, realmente responde a un interés altruista por devolver la democracia a ese país o si, por el contrario, se trata de una forma velada de intervención, únicamente motivada por intereses estratégicos, entre ellos el control de recursos naturales como lo es el petróleo.

Se trata todo esto de una loable y desinteresada ayuda para salvar a la población venezolana de las atroces garras del chavismo y así restituir sus libertades o se está frente al arrebato calculado, para satisfacer los intereses económicos de otros países, provocando únicamente un cambio de sumisión.

La historia reciente nos ha demostrado que la retórica democrática ha sido utilizada, en más de una ocasión, como un instrumento para justificar y respaldar las intervenciones que poco tuvieron de humanitarias.

Más aún, preocupa el precedente que se sienta cuando un mandatario extranjero afirma que, asumirá – -directa o indirectamente- la administración o el control político de otro país.

Obligadamente surgen preguntas como: ¿bajo qué legitimidad?; ¿con qué controles y límites? Y ¿quién decide cuándo un sistema político es lo suficientemente “inaceptable” como para intervenirlo?

Si bien todo esto podría normalizar esta lógica, cualquier país podría sentirse autorizado a intervenir en otro, simplemente por discrepar con su modelo de gobierno, abriendo una peligrosa grieta en el orden y ámbito internacional.

Ahora bien, quedarse únicamente en la defensa abstracta de la soberanía, también resulta insuficiente, e incluso cómodo. Detrás de los conceptos jurídico- doctrinales y de las disputas diplomáticas hay un pueblo que ha sufrido durante décadas, la erosión de sus libertades, el colapso institucional, la persecución política, una crisis humanitaria devastadora e incluso la tortura y muerte.

¡Ignorar ese dolor en nombre de principios formales sería tan irresponsable como justificar cualquier intervención sin cuestionarla!

Aquí es donde surgen las tensiones más difíciles de resolver, acompañadas de otro cúmulo de preguntas incómodas, pero absolutamente lógicas y necesarias, tales como: ¿es prematuro condenar estas acciones o también es válido, desde una perspectiva humana, comprender la esperanza de quienes ven en ellas una posible salida, aún cuando esa salida implique otro tipo de subordinación o presión externa?; ¿puede una opresión ser percibida como “mejor” que otra cuando el punto de comparación es el sufrimiento extremo?, entre muchas más.

Tal vez la única postura clara y honesta sea aceptar que no estamos obligados a elegir bandos absolutos.  Nos toca complementar y responder a los más profundos y confusos sentimientos argumentando que:

¿Es posible y también necesario, mantener una mirada crítica, escéptica y empática a la vez; ¿podemos cuestionar los intereses geopolíticos sin minimizar la tragedia venezolana; ¿podemos defender la soberanía sin romantizar los regímenes autoritarios y por último; ¿podemos comprender la desesperación de un pueblo sin convertirla en un cheque en blanco para cualquier forma de intervención?

Lo único cierto es que el futuro de Venezuela sigue siendo incierto y que quizá lo más responsable, en medio de tanto ruido ideológico, sea reconocer que la historia no se escribe en un día, ni de forma inmediata y mucho menos en blanco y negro, sino en una compleja gama de grises donde las certezas absolutas suelen ser el primer error.

Mantener el equilibrio, la duda razonada y por sobre todo la mesura para entender los conceptos de libertad y humanidad desarraigados de lo abstracto y de la doctrina, entrelazados con el derecho, los principios y los convenios internacionales, no es tibieza, sino una forma de responsabilidad política y moral.

Que este año que inicia, permita orientar a la humanidad hacia el bien, hacia la búsqueda de la paz y la equidad. Que la fuerza de la de las juventudes y la ciudadanía en general, aboguen por la democracia verdadera, la transparencia y el progreso verdadero de los pueblos.

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