Las sombras de la justicia: reflexiones desde el otro lado de los barrotes

Flor de María Gálvez

junio 23, 2025 - Actualizado junio 22, 2025
Flor de María Gálvez

Los pasillos de espera de las prisiones generalmente tienen un olor desagradable. He entrevistado a personas privadas de libertad, y procuro hacer el ejercicio de observar los rostros de quienes me rodean: otros privados de la libertad con ojeras, cargando hojas para trámites, vendiendo dulces, lustrando zapatos, agentes de seguridad penitenciaria, y yo, que nunca imaginé estaría escribiendo estas líneas desde la perspectiva de quien conoce ambos lados de esta realidad.

Mi carrera como abogada penalista fue fortuita. Quería ser bióloga, ahí con mi microscopio viendo la vida. El destino, sin embargo, me condujo por lo que ahora pienso son los laberintos de la justicia penal. Desde los veinte años, he transitado por cada parte del sistema de justicia: tribunales, Ministerio Público, organizaciones internacionales, defendiendo, desde niñas víctimas de violencia sexual, hasta colegas criminalizados por ejercer su profesión con integridad.

Desde que visité la primera cárcel me enfrenté a una verdad: la justicia, esa imagen ciega que debería pesar con equidad, a menudo mira con un ojo y cierra el otro deliberadamente.

Pregunto: ¿Cuántos rostros has visto desaparecer tras las rejas sin haber cometido delito alguno? ¿Cuántas veces has escuchado la misma historia: “no sé por qué estoy aquí, nadie me explica nada”? Estas palabras se repiten en las prisiones, fiscalías y juzgados.

La realidad es sorprendente porque miles de personas enfrentan procesos penales sumergidas en una oscuridad absoluta. No ven, no entienden, no saben. Solo escuchan una verdad que resuena: «Eres culpable, demuestra tu inocencia». Esta inversión perversa que ahora se hace del principio de inocencia convierte a cada persona detenida en víctima de un sistema que debería protegerla.

He sido testigo de cómo se puede llegar a destruir vidas inocentes con investigaciones ineficientes que confunden diligencia con prisa, defensores públicos sobrecargados que apenas conocen los nombres de las personas a quienes defienden, y, lo peor, jueces que olvidan que su misión es garantizar derechos, no simplemente procesar casos y que lo que tienen en sus escritorios son vidas, no simplemente papeles.

En mis años de experiencia, desde simples robos hasta complejas estructuras de crimen organizado, desde casos de trata de personas con finalidad de adopción irregular hasta corrupción de alto nivel, he comprendido que el verdadero delito a veces no está en quien se sienta en la silla de las personas acusadas, sino en quienes manipulan el sistema de una justicia a su conveniencia.

No hablo solo de las personas activistas, operadores de justicia, periodistas o políticos incómodos que ahora son criminalizados y sometidos a procesos fabricados. Hablo de la madre que fue detenida camino a la fiesta de cumpleaños de su hija porque no llevaba identificación y alguien la señaló como ladrona. O del trabajador que viaja a nuestro lado en el bus y que tiene un familiar privado de la libertad, sin saber que puede hacer más que rezar y esperar.

Estas son las víctimas invisibles, aquellas de quienes no hablan las estadísticas porque nunca son contadas, aquellas cuyas tragedias ocurren en la clandestinidad del olvido institucional. Son miles, quizás millones, especialmente en países donde las instituciones se tambalean como el juego de jenga.

Cada mañana, el sistema de justicia en Guatemala es fracturado y se va a ir quebrando, porque es como un edificio construido sobre cimientos de arena, sostenido por la inercia de «así se han hecho siempre las cosas acá» o “así tenemos que aguantar”. Pero ¿cuánto más puede resistir antes del colapso total? ¿Quién puede realmente transformarlo desde sus cimientos?

En los pasillos de los centros de privación de libertad, he visto rostros marcados, quizás por la injusticia, me pregunto si mi maestría en derecho penal y mi doctorado inconcluso, me prepararon para momentos así. Me pregunto si todos los casos que he llevado, las estructuras criminales que pude haber ayudado a investigar y desmantelar, todas las niñas y mujeres inocentes que he defendido me han preparado para entender que el verdadero crimen es la indiferencia del sistema hacia sus propias víctimas.

Y así, cuando me he encontrado en el pasillo de algún centro carcelario y me llaman para ingresar, me preparo para escuchar otra historia de vida, tratar de documentar quizás una injusticia más e intentar apoyar a alguien. Porque al final del día, pienso que cada caso, cada persona que pueda llegar a defender, cada injusticia que pueda denunciar es un pequeño acto de resistencia contra un sistema que prefiere la ceguera cómoda a la justicia incómoda.

La justicia verdadera, no solo debiese castigar al culpable; sino proteger a quienes son inocentes. Y mientras esa balanza siga inclinada hacia la conveniencia política o la ineficiencia institucional, seguiremos siendo testigos de cómo se escriben tragedias humanas en expedientes judiciales.

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