«De madrugada Getellá le notificó a Árbenz, ya de pie y vestido de civil, que un avión P-38 descargó varias bombas de napalm sobre un barco propiedad de Grace Lane, filial de la UFCo., y lo hundió en Puerto de San José con mil sacos de café de sus fincas cercanas que se fueron al fondo. Jacobo sonrió por esa torpeza de los pilotos gringos y telefoneó a Díaz, pero no lo encontró en casa ni en su despacho para comentar de ello. Con aplomo se colocó una corbata plateada mientras su esposa serena hablaba por teléfono en la habitación.
Para su sorpresa entraron al Salón de los Espejos los inquietos coroneles Díaz, Sánchez y Sarti y le dieron el saludo militar y le dijeron que acaban de reunirse con Puerifoy, con quien acordaron que los tres formarían una Junta Militar, un triunvirato, porque solo así Estados Unidos detendrá el avance de Castillo Armas. Jacobo se quedó inerte por el mazazo invisible que golpeó su cara. Díaz prosiguió con una hoja en la mano: “Por ello, usted debe renunciar ya, que no hay otra… Perdone que se lo diga así, pero como buenos amigos que somos, con honestidad le digo la verdad. Y como usted mismo me propuso para su relevo pues estoy listo para presidir la junta. Así que, por favor firme su renuncia que aquí tengo el papel…”. Y se la entregó. Todo el orgullo y la vanidad del cargo que le quedaban se desplomaron cuando firmó la hoja para entrar a un nuevo capítulo de su vida y de la nación. Jacobo les reiteró que sería a cambio de repudiar cualquier pacto con los invasores y de garantizar la vida de los que apoyan la revolución. Asintieron, mientras Díaz le sugirió que buscara una embajada para asilarse lo antes posible, “porque ni siquiera sé si yo podré ayudarlo después”. Al ver todo perdido, anonadado, guardó la calma, pero su cerebro le dio vueltas y, al recapacitar, les pidió: “Déjenme dar un discurso a la nación por la radio para apuntalar a la nueva junta militar, que no es mucho pedir”. Díaz dudó, pero como los otros sintieron, levantó los hombros y accedió.
Cuando los tres se retiraron, Jacobo llamó a su secretario Díaz Rozzotto y comenzaron a juntar sus objetos personales de sus escritorios con ayuda de algunos asistentes. Llenaron varias cajas como ya habían hecho en la oficina del Palacio y fueron trasladadas a una bodega particular de los Árbenz. Díaz Rozzotto comentó que muchos se venden por dinero o hacen cosas por despecho o por su ego o por un ideal, pero esos tres se han vendido por la plata y el poder. Jacobo se chupó los labios mientras su esposa entró y le dijo que firmó la carta de renuncia porque sus compañeros de armas lo compelieron a ello. “Ellos creen que los bombardeos seguirán y temen que las fuerzas estadounidenses ataquen con grandes bombarderos si yo no renuncio”.
Tomó el teléfono y luego de pedirle asilo al embajador argentino de manera muy cortés se lo negó confesando que Perón no quería tener más problemas con Washington si lo hacía. “Lo siento mucho”. Rozzoto tuvo la misma respuesta de Figueres de boca del canciller Facio y María Cristina gritó “¡Qué infames!”
La embajada de Suiza era su última oportunidad por su ascendencia helvética, dijo Jacobo, pero ella tomó el teléfono y le pidió asilo al embajador mexicano Primo Villa Michel quien, sin chistar, se los concedió de inmediato debido a la urgencia. Los esperaba en su embajada esta noche. Jacobo telefoneó a Fortuny y le pidió favor de redactarle un discurso de renuncia y que se lo llevara a Pomona en una hora, donde los técnicos de la TGW grabarán sus palabras. González Orellana podría ayudarlo en la redacción si lo quería, pero José Manuel, aún incrédulo, lo consideró innecesario y fue al despacho de Charnaud. Lo encontró conversando con Cruz Wer, Rosemberg y Castillo Flores y les aconsejó esconderse como él lo hará porque la captura de los comunistas será efectiva en pocas horas».
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