DES·EN·RED·ando / Ciudadanía en resistencia

FILGUA, Rigoberta Menchú y la disputa de las élites por la conciencia ciudadana

Carmen Rosa De León Escribano

julio 8, 2026 - Actualizado julio 8, 2026
Carmen Rosa De León Escribano

Durante los últimos años hemos asistido a la captura de las cortes, del Ministerio Público, del Congreso o de la Universidad de San Carlos. Indudablemente es en esos lugares donde se toman decisiones que afectan directamente la vida democrática del país. Sin embargo, la batalla más importante para el presente y futuro del país, está ocurriendo en otro lugar, menos visible pero más neurálgico. Porque la realidad es que ninguna élite (sea económica, política o mafiosa), se conforma con controlar las instituciones. La sobrevivencia del poder solo se vuelve duradero cuando también consigue influir y controlar sobre la forma en que una sociedad piensa, recuerda, debate y entiende la democracia y su historia.

Del 7 al 19 de julio, Fórum Majadas deja de ser únicamente un recinto ferial para convertirse en uno de los singulares espacios donde Guatemala tiene la oportunidad de dialogar libremente consigo misma. FILGUA ha abierto sus puertas bajo el lema «Vamos por un país de más lectores», con Alemania como país invitado de honor, la conmemoración de los treinta años de la firma de los Acuerdos de Paz y un homenaje a Rigoberta Menchú Tum. Muchos pueden verla como una actividad cultural. Pero hay que entender que más allá del acervo que representa, una feria del libro también es un acto de profunda resistencia, porque allí se disputa algo que ninguna elección puede garantizar por sí sola: la construcción de ciudadanía.

Los libros no enseñan únicamente historia, literatura o ciencia. Enseñan a formular preguntas, a contrastar versiones, a desconfiar de las verdades absolutas y a comprender que ninguna democracia sobrevive cuando deja de producir ciudadanos críticos. Por eso los proyectos autoritarios nunca han tenido una relación cómoda con los libros, las universidades, los buenos maestros o la memoria histórica. No en balde en las guerras un símbolo de poder haya sido la quema de libros, en un intento de borrar el pensamiento y la crítica de los oponentes. Ha trascendido fronteras el hecho ocurrido durante la Guerra Civil española cuando el general franquista Millán-Astray interrumpió un acto que se celebraba en la Universidad de Salamanca presidido por Miguel de Unamuno, gritando “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” a lo que Unamuno respondió: venceréis, pero no convenceréis. Por eso, el leer y pensar se convierte en un verdadero acto de resistencia. Porque un ciudadano que aprende a pensar resulta mucho más difícil de manipular que uno que se acostumbra únicamente a dar la razón y obedecer.

Por otra parte, el homenaje a Rigoberta Menchú es un merecido homenaje no solo a su trayectoria personal, sino a lo que ella representa. Mientras en México ha sido nombrada Alta Consejera para los Derechos de las Mujeres y los Pueblos Indígenas en su política exterior y la Universidad Nacional Autónoma de México mantiene una cátedra con su nombre, en Guatemala todavía hay una profunda discriminación que prefiere descalificarla antes que debatir sus ideas. El homenaje de FILGUA interpela precisamente esa contradicción. Nos obliga a plantear la pregunta de ¿por qué una mujer indígena reconocida internacionalmente continúa generando tanta resistencia en su propio país? La respuesta tiene que ver con una sociedad donde determinadas élites han pretendido decidir quién tiene derecho a producir conocimiento, construir memoria y ejercer autoridad intelectual. Cuando las voces que desafían el relato dominante son desacreditadas y perseguidas en lugar de debatidas, no solo se discrimina a las personas. Se empobrece intencionalmente la capacidad crítica de la ciudadanía y se imponen narrativas superficiales que parten de estigmatizaciones y no de ideas. Es indudable que una ciudadanía menos crítica siempre resulta más fácil de controlar.

La misma lógica ayuda a entender por qué la captura de la Universidad de San Carlos es algo fundamental para esa misma gobernanza mafiosa. En los años más duros de los autoritarismos genocidas y después, la USAC era uno de los pocos espacios públicos capaces de formar pensamiento crítico independiente del poder político y económico. Por ello está claro por qué las élites económicas han guardado un silencio cómplice frente a un proceso tan ampliamente cuestionado, y por qué las élites mafiosas hicieron tanto por consolidarlo. Para estas élites es fundamental que los jóvenes asistan a universidades que representan una sola forma de pensar y que no cuestionen. No quieren una universidad pública crítica que resulta muy incómoda para quienes prefieren instituciones dóciles antes que ciudadanos exigentes.

No se trata de cuestionar la existencia de universidades privadas. Guatemala necesita más universidades y mejores universidades. La pregunta es otra: ¿qué tipo de ciudadanía queremos construir? Porque las universidades no solo forman abogados, médicos, ingenieros o economistas. Forman jueces, fiscales, periodistas, maestros, diputados, ministros y servidores públicos. La calidad del servicio civil comienza mucho antes del primer nombramiento. Comienza en las aulas donde se aprende si el poder debe servir a la ciudadanía o si la ciudadanía debe acomodarse al poder.

Las élites económicas tienen todo el derecho a crear universidades, financiar investigación y participar en el debate nacional. El problema aparece cuando la educación deja de ser un espacio para formar ciudadanos libres y se convierte en un mecanismo para reproducir determinadas élites dirigentes. Las élites mafiosas persiguen exactamente el mismo objetivo por otros medios: no necesitan ciudadanos críticos; necesitan funcionarios obedientes, fiscales previsibles, diputados disciplinados y jueces incapaces de formular preguntas incómodas. Hace tiempo descubrieron que resulta mucho más barato formar funcionarios obedientes que intentar comprar funcionarios honestos. La lucha contra la corrupción tampoco empieza únicamente en el Ministerio Público o en los tribunales. La corrupción comienza mucho antes, cuando dejamos de formar ciudadanos capaces de indignarse frente al abuso del poder. Una democracia donde disminuye el pensamiento crítico termina produciendo un servicio civil más vulnerable, instituciones más débiles y una ciudadanía cada vez menos dispuesta a exigir cuentas.

FILGUA no solo reúne escritores, editores y lectores. Reúne ciudadanos dispuestos a pensar por sí mismos. Y ese es un acto de autentica resistencia en un país donde demasiados actores han comprendido que controlar las instituciones no basta si no consiguen también moldear la manera en que la sociedad entiende el poder, la democracia y la corrupción. Por eso estimados lectores asuman el desafío y únanse al acto de resistencia de pensar, cuestionar y debatir.

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