No pocas veces me sorprende cómo los guatemaltecos nos hemos habituado a vivir en un Estado absurdo de injusticia. A veces seguimos la pantomima y actuamos, para efectos de nuestra vida concreta, según el ilusorio decorado de una democracia constitucional. Llamamos Corte Suprema de Justicia a una institución que ha traicionado a la sociedad y que, para ajustar las cosas, ahora trata de someter a Estuardo Cárdenas, magistrado descontento por la corrupción de esta institución, a las medidas más arbitrarias.
Sentimos que no podemos hacer nada ante una Corte de Constitucionalidad dominada por personajes que pisotean la Constitución que han jurado defender. Mientras tanto, un irresponsable Procurador de Derechos los Humanos permite que los derechos de los estudiantes sancarlistas sean pisoteados por un individuo que ha secuestrado, con la ayuda de mediocres universitarios, a la única universidad nacional.
Afortunadamente, poco a poco se ha ido consolidando la convicción de que muchos de los males sociales no se pueden desvincular de acciones individuales. Esta convicción obstaculiza la conocida excusa de que las personas no son responsables cuando siguen órdenes o simplemente cumplen con las obligaciones de un cargo determinado, menos aun cuando se acomodan a expectativas irracionales de conducta —“la corrupción es lo más normal en nuestro medio”. Aunque somos influenciados por estructuras sociales y esquemas culturales, estos no pueden extinguir la responsabilidad que nos corresponde como seres racionales capaces de distinguir el bien del mal.
No podemos ser ángeles; por eso vivimos en la zona gris. Pero es cierto también que solemos aborrecer aquellas conductas que envenenan sin remedio la vida en común. Sólo pensemos en el terrible daño que Walter Mazariegos le está haciendo a las futuras generaciones de nuestra sociedad.
Esta reflexión se puede aplicar al trabajo de los profesionales del derecho, especialmente de quienes se dedican a impartir justicia. Es cierto que el derecho se mueve entre los hechos y los valores. Por un lado, el derecho es expresión del poder y de la violencia; por otro, asume el anhelo de justicia y los valores asociados a la dignidad humana. El derecho, como la religión, tiene elementos emancipadores, pero también puede usarse para justificar hasta la injusticia más hiriente. Con el derecho vienen muchos males, pero como lo hace ver Zagrebelsky, sin él estaríamos infinitamente peor.
¿Existe una conciencia clara entre los juristas nacionales sobre sus obligaciones con la justicia? La respuesta, en la mayoría de los casos, es negativa. Desde luego, existen, como lo decía el jurista español Alejandro Nieto, esos “profesionales del Derecho que tan buenas rentas obtienen de tan malas cosechas”. Aquí poco se puede lograr, precisamente por el carácter adversarial del derecho. Sin embargo, la situación se vuelve insostenible cuando dichas acciones se tornan en normas en los niveles más altos del sistema institucional de justicia.
Debemos manifestar nuestro enérgico rechazo hacia los que están destruyendo el anhelo de justicia en nuestra sociedad. ¿Cómo podemos permitir que personas como Jordán Rodas o Juan Francisco Sandoval, para mencionar solo dos ejemplos de dos personas criminalizadas por buscar lo correcto, no puedan regresar al país?
Afortunadamente, hay personas que siguen luchando por la integridad de la justicia. En este preciso momento es necesario apoyar la lucha del magistrado Estuardo Cárdenas, quien se niega a ser afectado por su actitud independiente frente a otros miembros de la Corte Suprema de Justicia. La actitud de este jurista muestra que no todo está perdido en nuestro país. Su negativa a dejarse amedrentar demuestra que hay personas valientes que no están dispuestas a claudicar. De ahí que merezca nuestro apoyo frente a las embestidas de la corrupción enquistada en el Organismo Judicial.
Es indispensable que la sociedad guatemalteca proteja a quienes defienden los valores de una sociedad que ha tomado conciencia de la dignidad que se encuentra en la base del sistema constitucional democrático en el que se aspira a vivir. Y, en la medida de nuestras posibilidades, debemos orientar nuestra acción para que las instituciones retomen los valores que les dan sentido. Hagámosle saber a aquellos que traicionan nuestras instituciones que no estamos dispuestos a tragarnos las falsedades que quieren hacernos creer.
Tags: CSJ de compras Estuardo Cárdenas Institución traicionera Pisotean la Constitución Walter Mazariegos








