El pasado domingo, tuve la oportunidad de ver y escuchar un documental sobre Taiwán y lamentando no haber podido escuchar el diálogo que se circunscribió alrededor de este, sin lugar a duda, salí pensando en la extraordinaria historia de transformación que este Estado ha tenido, el cual debería inspirarnos y ser quizá, un ejemplo a seguir para Guatemala.
Taiwán logró pasar de una economía fundamentalmente agrícola a convertirse en una potencia industrial y tecnológica, debemos plantearnos la pregunta siguiente: ¿Podríamos hacer algo parecido en Guatemala?ro con energía, disciplina, constancia y transparencia.
Creyeron en su nación, creyeron en ellos mismos, dando todo por el todo, para salir adelante.
Durante décadas apostaron por la educación, por la formación de su gente, por la industrialización, por las pequeñas y medianas empresas, por las exportaciones y, posteriormente, por la ciencia, la innovación y la tecnología.
Lógicamente esa transformación no ocurrió de un día para otro, ni fue producto de una sola decisión. Todo lo anterior fue la acumulación de muchas decisiones sostenidas en el tiempo.
Es quizá ahí donde podríamos encontrar la reflexión más importante para Guatemala. Seguimos atrapados en la errónea idea de apostarle al cambio promovido desde la cúpula gubernamental, pensando que las soluciones sólo pueden venir de arriba, del Gobierno y no de su propia gente.
Vivimos a la expectativa de qué tiene que hacer el Congreso, qué acciones debe tomar el Ejecutivo, qué cambios tienen que formular las Cortes respecto a los problemas de la sociedad.
En conclusión, siempre estamos acostumbrados a ver qué tienen que hacer «los demás», pero pocas veces comenzamos la pregunta de otra manera:
¿Qué estamos dispuestos a hacer nosotros?
Debiéramos tener ya muy en claro que ninguna transformación nacional puede sostenerse únicamente desde las instituciones y menos desde los gobiernos deficientes, corruptos e incapaces que hemos tenido a lo largo de décadas.
Antes de pretender gozar de grandes políticas públicas debe existir una sociedad que quiera avanzar, que desee ser grande y potente, con ciudadanos que crean que cambiar las cosas vale la pena y que sean capaces de convencer a otros de creerlo también.
Todas las naciones necesitan escuelas, carreteras, hospitales, puentes, infraestructura en general y en pocas palabras: inversión, seguridad jurídica, instituciones fuertes y políticas económicas acertadas.
Pero para lograr todo ello, necesitan algo mucho más importante: ciudadanos dispuestos a construirlo.
Quizá allí comienza realmente el desafío y el desarrollo.
Taiwán lo entendió y se dio cuenta que su principal recurso estaba en su gente. Apostó por educarla, prepararla y conectarla entre sí.
Encontró un nicho de oportunidad, identificando en qué áreas eran buenos sus ciudadanos y qué podrían desarrollar de forma conjunta.
Cuando identificaron las condiciones oportunas y adecuadas a sus capacidades, cambiaron también su modelo productivo.
Pasaron de la agricultura a la manufactura y de ella a la industria cada vez más sofisticada, hasta convertirse en uno de los referentes tecnológicos del planeta.
Eso no pasó por arte de magia.
Fue una visión ciudadana conjunta, trabajo enfocado y continuidad.
Obviamente sería ingenuo pretender copiar literalmente su experiencia. Guatemala tiene otra historia, otra geografía, otras condiciones sociales y otra realidad. Su situación es completamente diferente, por lo que tampoco debemos romantizar el proceso taiwanés, ni olvidar las circunstancias internacionales que contribuyeron a su desarrollo.
Por lo tanto, no se trata de copiar este modelo de forma exacta, pero sí podemos ver, estudiar y analizar ejemplos como estos para tropicalizarlos, es decir replicarlos en en la medida de lo posible y adaptarlos a nuestra realidad.
Sirven para demostrarnos que las realidades nacionales no son condenas perpetuas y pueden encontrarse las oportunidades de crecimiento.
Guatemala necesita recordar y entender que durante demasiado tiempo hemos aprendido a convivir con nuestros problemas hasta asumirlos como características inevitables del país. Así hemos pretendido normalizar la corrupción, la pobreza, la desnutrición, la educación e infraestructura insuficiente, así como la violencia, las instituciones débiles y una enorme desigualdad de oportunidades.
Terminamos diciendo: «Así es Guatemala».
Esa quizá sea una de las frases más peligrosas que podemos pronunciar.
Cuando una sociedad comienza a creer que nada puede cambiar, deja de intentarlo. La resignación termina siendo incluso más poderosa, que aquello que nos mantiene estancados.
Guatemala tiene enormes ventajas. Nuestra posición geográfica, con acceso a dos océanos, con una cercanía a uno de los mercados más grandes del mundo, con una población eminentemente joven, rodeada de una enorme cantidad de recursos naturales, con grandes capacidades empresariales, creatividad, fantástico turismo, agricultura y un potencial extraordinario para integrarnos a nuevas cadenas de oportunidades.
La historia no es ni será la misma de Taiwán, pero sí podemos encontrar en este ejemplo, el hecho de no esperar, ni resignarse a que sus problemas fueran resueltos por sus gobernantes, pues fueron los propios ciudadanos de forma organizada quienes decidieron cambiar la historia.
Que sirvan estas palabras para no perder la esperanza y que este ejemplo nos inspire para tomar aviada, identificando nuestras grandes cualidades y encontrar los puntos de no retorno.
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