Cuando el año se recoloca: memorias, conciencia y la urgencia de no claudicar

Mariana Rohrmoser

diciembre 23, 2025 - Actualizado diciembre 22, 2025
Mariana Rohrmoser

El cierre de un año no es únicamente una fecha en el calendario. Es, o debería ser, un ejercicio profundo de recolocación de hechos, de acciones, de silencios u omisiones, así como de muchos aprendizajes.

Se termina el año 2025, con algunos avances, pero también arrastrando deudas para con el pueblo de Guatemala, mismos que no pueden ni podrán maquillarse con discursos, ni palabras bonitas. Por lo tanto será necesario atenderlas y aprender de ellas, evitando que se escondan bajo la peligrosa sombra del olvido.

Un año más transcurrió sin investigaciones objetivas e independientes por parte de un Ministerio Público -MP- cooptado y blindado por las mafias y la corrupción.

La erosión de la ética judicial y su frágil independencia, así como muchas de las erráticas acciones y decisiones del aparato gubernamental en general, pasará grandes facturas para el año entrante y serán abiertamente reprochables por muchos sectores.

Haciendo un pequeño recorrido de todo lo acaecido en este año, la ciudadanía tiene y tendrá un rol preponderante, que no puede postergar ni mucho menos delegar, por lo que será imperativo actuar y observar con atención muchos procesos, dentro de ellos las elecciones de segundo grado, exigiendo transparencia en las designaciones que se hagan, así como dar seguimiento riguroso al actuar de nuestras autoridades, sus decisiones y a la ejecución del presupuesto aprobado.

Respecto a esto último, no basta con conocer las cifras, resultando indispensable vigilar cómo, dónde y para quién se invertirán los recursos públicos.

Ya es hora de tenerlo claro, sólo la ciudadanía fuertemente articulada logrará impedir que las decisiones trascendentales se tomen a espaldas del interés común.

Si aspiramos a que el próximo año supere las expectativas del que termina, la participación de la ciudadanía y la auditoría social deberán dejar de ser excepcionales y sólo para el ejercicio de dispersos eventos y talleres, convirtiéndolos en una práctica constante, consciente e incluso institucional.

No se puede permitir que sean percepciones aisladas ni exageraciones coyunturales. Lo anterior deberá ser una realidad que impacte directamente la confianza ciudadana y el Estado de Derecho.

A pesar de todo, sería un error cerrar el año únicamente desde la indignación. Este ha sido también un tiempo de aprendizaje forzado, de confirmaciones dolorosas y de certezas necesarias, que apunten a hacernos entender que a aquí no basta con pregonar con ser probo, también hay que parecerlo.

Quedó probado que falta mucho para hacer y que el componente no está sólo en las acciones que se ejerzan desde el poder, sino en cómo éstas se comunican y se participan a la sociedad entera,  haciéndola incluso corresponsable.

Este año nos debe dejar, una vez más, un claro aprendizaje: que la democracia no se sostiene sola, que la justicia puede ser capturada si no se defiende y que la apatía es el terreno más fértil para que lo incorrecto se normalice.

El próximo año se presenta complejo, retador y decisivo.

Las elecciones de segundo grado no son un trámite menor: son un punto de inflexión, por lo que de ellas dependerá en gran medida, si el país se inclina por la idoneidad, la ética, la honorabilidad y la coherencia, o se cae una vez más en la comodidad de los pactos oscuros y las decisiones sin principios.

No se trata de cuotas, afinidades ni discursos bien ensayados, sino de personas capaces de honrar la función pública sin doble cara ni doble moral.

En medio de este panorama, hay una certeza que merece ser destacada con fuerza: ¡La juventud!

Este año fue testigo de su empuje, de su fuerza, de su voz y sobre todo de su enorme capacidad de emprender, de organizarse, de cuestionar y de no resignarse. La juventud es más que un grupo etario, es un pilar, un motor y una única esperanza, aun cuando muchas veces se le cierren las puertas, se le minimice o se le utilice sólo como un discurso decorativo.

Es imperativo y urgente darle cabida real a ésta, abriéndole espacios auténticos y condiciones para que pueda desarrollarse, crecer, emprender y liderar sin tener que claudicar a sus principios.

Otro aprendizaje que también este año nos deja, es que los obstáculos no provienen únicamente de quienes abiertamente obstruyen la justicia, forman parte del círculo declaradamente corrupto y se beneficia directamente de ésta.

Existen, lamentablemente, figuras que se presentan como ovejas blancas disfrazadas de sonrisas cálidas y supuestades amistades, aliadas del bien común, que se revisten de discursos correctos e incluso se sientan al lado de personajes que en principio luchan contra la corrupción, pero que en la realidad y la práctica actúan desde el ego, la envidia, la deslealtad y la mediocridad profesional.

También de ellos hay que cuidarse, ponerles límites y luchar contra sus debilidades e inseguridades, poniéndoles en su lugar y haciéndoles entender de qué mal padecen y que no todos somos iguales y que sus envidias las revisten de egos para entorpecer el verdadero y genuino trabajo que muchos de forma conjunta deseamos realizar.

Sus supuestos principios son solamente una fachada y una narrativa utilizada para arribar a puestos y volverse exactamente igual que los detractores a los que tanto critican.

En este campo minado, siempre se encontrarán personas que siembran cizaña, dividen esfuerzos y entorpecen los avances qué tanto cuesta dar. Por lo tanto, reconocer esta triste realidad, evitará que nos dividan, depurándonos y fortaleciéndonos.

Por todo lo anteriormente expresado y analizado, el verdadero desafío para el año que inicia no es sólo señalar a “los malos evidentes”, sino tener la valentía de exigir coherencia, ética auténtica y un real compromiso, dentro de quienes decen luchar por un mejor país y los que realmente lo hacemos. La depuración moral y profesional es indispensable si queremos avanzar sin lastres ni simulaciones.

Que este fin de año nos permita reflexionar con honestidad sobre nuestras acciones, nuestras omisiones y nuestras responsabilidades. Que los nuevos aires traigan no sólo esperanza, sino también decisión, llenos de esfuerzos robustos, que estén guiados por principios firmes, ética verdadera y voluntad colectiva.

Erradicar a los verdaderamente malos -y a quienes fingen no serlo- no es un acto de revancha, sino un acto de justicia y de amor por Guatemala.

¡Porque recordar, actuar y no claudicar, sigue siendo hoy, más que nunca, una obligación moral!

Muy felices fiestas para todos ustedes estimados y fieles lectores, deseándoles todo lo mejor y que tengan el deseo y la valentía de iniciar un año con mucha fuerza, con energías renovadas y con mucha más claridad de la que hemos tenido antes.

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