El hartazgo con la degradación ultraderechista

Jorge Mario Rodríguez

febrero 9, 2026 - Actualizado febrero 8, 2026
Jorge Mario Rodríguez

Para quienes no hemos olvidado los múltiples horrores de la historia, tanto la nuestra como la global, la deriva autoritaria de la ultraderecha contemporánea es una fuente de dolorosas anticipaciones. Lo es aún más cuando se examinan las oscuras cavilaciones que infectan la mente de sus ocultos inspiradores tanto aquí como en la esfera mundial. En próximas entregas me ocuparé de exponer algunas de las teorías más bizarras que han capturado la imaginación de sectores de poder a los que las desigualdades han colocado en una cumbre tan alta cuyo aire enrarecido ha hecho que los cerebros de sus “pensadores” carezcan del oxígeno reflexivo para poder pensar. Me refiero a las absurdas visiones políticas que están siendo desarrolladas por las élites tecnológicas contemporáneas en connivencia con la inundación ultraderechista iniciada hace cuatro décadas.

Las consecuencias inmediatas de la progresiva abyección de la ultraderecha apuntan a una política del odio y la exclusión. ¿Qué nuevas vejaciones a la dignidad humanas acontecerán cuando personajes como Adolf Hitler o Augusto Pinochet son reivindicados por personajes electos con la vergonzosa complicidad de una sociedad que parece no tener conciencia de su dignidad colectiva? Durante mucho tiempo, la derecha contemporánea se ha ido radicalizando hasta embestir todos los logros que hacían creer que habíamos superado los horrores del pasado. Como en el cuento de la rana que termina paulatinamente en un caldero hirviendo, tomamos como excepciones pasajeras la serie de eventos que ahora nos instalan en un presente que hace pocos años hubiese sido inconcebible.

Sin embargo, ahora que las opciones de derecha empiezan a echar agua, las posiciones progresistas pueden aprender algo de su reciente pérdida de espacio. Así, las posiciones progresistas pueden anticipar algunos de los futuros movimientos del reaccionarismo conservador. La historia nos invita a los espectáculos por venir.

El primer punto es reconocer que, poco a poco, la ultraderecha está empezando a caer en un profundo descrédito. La sociedad norteamericana, por ejemplo, está abriendo los ojos a los excesos en que pueden caer los extremismos de derecha. Sin embargo, a través de la historia, las posturas ultraderechistas ya han conocido estos momentos. Se trata, ahora, de desarticular lo que queda de la democracia, en particular, las votaciones. Por esta razón, en el caso de nuestro país, es necesario redoblar la vigilancia ciudadana antes los actuales procesos electorales de segundo grado, así como anticipar las maniobras fraudulentes que ensayarán las alianzas corruptas para recuperar el poder.

El proceso ya se va volviendo clásico. Las élites corruptas no son capaces de satisfacer las necesidades de sus seguidores, que de repente ven que un pequeño regalo —una cena, un baile, una lámina— no compensa el sacrificio de echar por la borda un voto que puede incrementar la oportunidad de tener un futuro más digno. En ese escenario, es predecible que las maniobras abyectas de la corrupción fascista van a incrementarse, especialmente cuando la conformación del Tribunal Supremo Electoral registra la influencia deleznable del peor personaje que ha conocido la historia sancarlista. De paso se puede prever que es individuo se acerca a una situación insostenible debido a la incapacidad de pagar todos sus favores políticos. Al final, las enemistades que está alimentado en este momento van a terminar expulsándolo del usurpado puesto.

Se trata, pues, de identificar la estrategia de la ultraderecha: conquistar el poder a través de las instituciones para poder desarticularlas cuando alcancen dicho objetivo. La experiencia es apabullante: el ejemplo quizás más claro es la forma en que Hitler llegó al poder a través de elecciones para después suspender el entramado constitucional que le permitió llegar al poder. Este dato debe ser usado para redoblar las precauciones frente a las maniobras que están organizado la ultraderecha corrupta en nuestro país.

Guatemala debe resistir la ofensiva ultraderechista, pero para lograrlo debe tomar conciencia de los verdaderos retos que enfrentan las sociedades actuales. En esta tarea, el gobierno actual debe tomar conciencia de su papel en la historia. Nunca un gobierno que se esfuerza por ser democrático puede permanecer en el presente, especialmente en una época y región como la nuestra. Evitar la caída en el remolino fascista-corrupto requiere atrevidos golpes de timón, auténtica estrategia política.

Por esta razón, el gobierno actual debe actuar para profundizar el compromiso democrático con la sociedad guatemalteca. Un logro positivo es que no se ha salido de los marcos de legitimidad para hacer frente a las acometidas violentas de los corruptos. Debe reconocerse el compromiso político con una juventud que enfrenta horizontes de incertidumbre y que, por lo tanto, necesita tomar el control de su destino.

El gobierno de Arévalo debe hacer, ante todo, una alianza con los sectores que quieren evitar otro giro radical a la derecha. Se debe recuperar la perspectiva histórica para consolidar la agencia política que surge de una comprensión profunda de la realidad que vivimos. Los nuevos tiempos requieren medidas enérgicas que implican esfuerzos comprometidos con la apertura de un nuevo horizonte político.

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