La ética colectiva de la reflexión

Jorge Mario Rodríguez

septiembre 24, 2025 - Actualizado septiembre 23, 2025
Jorge Mario Rodríguez

Un rasgo distintivo de la actual permacrisis, tanto nacional como global, es el retorno del autoritarismo más descarado. Sociedades afectadas por la precariedad, el desencanto y la desorientación caen en las redes de provocación y propaganda de la derecha radicalizada. Como en otros países, nuestra sociedad ve cómo la esperanza frustrada de un renacimiento democrático cede el paso a un sentimiento de desesperanza y escepticismo.

El autoritarismo moderno, como lo muestra, la historia del último siglo, solo lleva a desastres todavía mayores. Este hecho sugiere que se debe ensayar la apertura de nuevos caminos. Y la posibilidad de vislumbrar otros horizontes requiere prestar atención a la tarea colectiva del pensar, tarea que se antoja difícil en una sociedad que permite que la universidad nacional esté siendo engullida por una corrupción terminal. En un contexto con tales problemas, las capacidades críticas se atrofian y la estupidez colectiva se fortalece.

Creo que la reflexión sobre nuestra conflictiva cotidianeidad encierra claves que es necesario interpretar para localizar las fuerzas que nos lanzan hacia el abismo. En sus Meditaciones del Quijote, un jovencísimo José Ortega y Gasset ofrecía su famoso filosofema: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Comprender los rasgos circunstanciales de nuestra existencia muestra la forma en que las preocupaciones más profundas de la existencia humana se manifiestan en nuestra realidad concreta.

Yo creo que una de las carencias fundamentales que ha tenido la sociedad guatemalteca a lo largo de su historia es el poco valor que se le concede al pensamiento. Y aquí me viene a la memoria la carta de Bernal Díaz del Castillo en la cual decía que en Guatemala los libros se pudren por falta de uso. Mi insistencia en pensar no significa una elucubración a espaldas de la vida. La tarea de pensar no condena a nadie al esnobismo, como no lo condena a vivir alejado de lo concreto. Aun los detalles más íntimos de nuestra vida solo pueden ser comprendidos cuando pensamos sobre ella. Las personas que no piensan no pueden alcanzar una vida con sentido; no falta decir mucho para comprender lo que significa vivir en una sociedad que no se piensa a sí misma.

Y es aquí en donde se puede lanzar la pregunta acerca de la forma en que la falta de reflexión crea un ambiente propicio para la corrupción que ahora nos engulle. Desde Hannah Arendt hemos comprendido que los grandes males de la humanidad surgen en el ambiente de la indisposición a pensar que suele afectar a los que se acomodan a las circunstancias “ordinarias” de la vida, especialmente cuando se siguen los mores que esculpen la propia circunstancia.

La pura negativa a reflexionar ha creado una dinámica perversa en el ejercicio del poder. Los valores no alcanzan a crear las condiciones de una vida en la que se imponga una vida racional en el sentido en que dicho ideal se manifiesta en sociedades que ya se encuentran encuadradas en la racionalidad opresiva que acompaña a la modernidad capitalista. Y es que el poder manifiesta sus nefastos efectos en un ambiente poco reflexivo. De maneras diversas, el poder trastorna la personalidad de aquellos que pierden la capacidad de pensar sobre sí mismos: los que mandan no pueden oír las voces de una conciencia atrofiada por la negativa a pensar y los que obedecen piensan que el mundo es así y no hay para donde. Una sociedad corrupta siempre confirmará la idea de que no existe salida para la degradación colectiva; no se exige la razón para poder comprobarlo.

En una situación que no tiene un nivel mínimo de reflexividad, los valores de la convivencia se disipan. En consecuencia, cuando se reflexiona, se yergue el sentido de los valores. Para comprenderlo se debe abandonar la creencia de que un valor es una entidad etérea que se presenta a una conciencia aislada y que no se realiza en el mundo social. Cuando se tienen valores, se obtiene un sentido de direccionalidad: es necesario hacer esto o lo otro.

Solo impulsando la tarea reflexiva podemos desentrañar las claves de nuestra propia existencia. Aquí es donde viene el comienzo de la esperanza: desde cualquier posición podemos convocarnos a pensar junto con los otros. En este momento, esta sugerencia exige que nuestro quehacer cotidiano implique el diálogo con los demás, lo cual entraña la certeza de que debemos ir más allá de la cámara de resonancia que crean las plataformas sociales.

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