Entre paleros y carroñeros

Hugo Maul R.

agosto 18, 2025 - Actualizado agosto 16, 2025
Hugo Maul R.

Entre paleros y carroñeros, el mérito se mide por aplauso o escándalo, no por desempeño. En México, “palero” designa al comparsa de los juegos callejeros que se hace pasar por público neutral y simula ganar para atraer incautos; de ahí su uso político: el aplaudidor profesional o preguntón “a modo”. “Carroñero” nombra la ética de quien hace de la desgracia su alimento: magnifica fallas y bloquea correcciones porque su ganancia aparece cuando las instituciones están heridas; quien obra así no busca arreglar: busca administrar escombros. Por supuesto, la crítica que mide, compara y corrige no entra en esta categoría.

En la política y la administración pública, estos comportamientos recurrentes comparten el mismo territorio, aunque rara vez se les nombra como tal. Los primeros barnizan con tecnicismos cualquier despropósito y lo venden como modernización; los segundos describen el país como ruina perpetua y viven de que nada mejore. El resultado es un ecosistema político e institucional donde la forma sustituye al fondo y la indignación sustituye al rigor. En Guatemala, el ciclo político fabrica el ecosistema perfecto para paleros y carroñeros. Sin partidos que sobrevivan al poder, debilidad partidaria y servicio civil frágil, cada nueva administración desmonta lo anterior para diferenciarse, aun si funcionaba; porque la recompensa política está en marcar distancia, no en consolidar lo que funciona.

Históricamente, el oficialismo se ha valido de paleros, expertos en convertir en “éxitos” de corto plazo cualquier acción, por insignificante que sea, sin importar su fundamentación ni su posibilidad de éxito. Los carroñeros en la oposición narran con precisión fotográfica el s mínimo error, pero recortan el encuadre donde empezarían las responsabilidades de sus jefes. Prefieren bloquear antes que corregir, ridiculizar antes que enmendar. Su cálculo es sencillo: cuanto peor funcione el Estado, más barata será la subasta del poder cuando toque relevo. Por eso, cuando llegan al poder, repiten aquello que juraron combatir, ahora con otros apellidos.

Cuando cambia el turno, repiten el libreto con los papeles invertidos. La rueda gira, pero no avanza: se maximizan titulares, se minimizan costos políticos, se posponen reformas que exigen pagar precios hoy para cosechar dentro de ocho o diez años. De ahí la queja de la mayoría de gobiernos que “no nos dejan hacer nada”.  En ese equilibrio, la política se vuelve una industria de intermediación simbólica donde se negocia el relato y no el desempeño, y la alternancia ya no corrige, solo redistribuye los aplausos, votos y escombros. Si se quiere romper este ciclo, la discusión pública debe dejar de premiar al palero, experto en maquillajes, y al carroñero, especialista en monetizar las ruinas.

Debe premiarse la continuidad de la administración pública, no la continuidad de camarillas; evaluar el funcionamiento del sector público mediante metas verificables en el tiempo, no mediante vistosas memorias de labores; enfocarse en la evaluación de resultados del presupuesto, no en la ejecución; sancionar conflictos de interés sin importar colores; presupuestar con costo-efectividad y no solamente en función de la inercia. En términos de réditos políticos, todo esto es menos épico que un gran discurso y menos rentable que la demolición, pero funciona.

Este equilibrio explica por qué tantas reformas nacen muertas y tantas crisis se administran como minas presupuestarias. La evaluación independiente se tacha de “politizada” si incomoda al oficialismo o de “tecnocrática” si incomoda a la oposición. El presupuesto se convierte en un botín con manual de estilo y la regulación, en un negocio de intermediación lingüística en el que ganan quienes traducen la ley a su conveniencia. Mientras el mérito se mida por el volumen del aplauso o del escándalo, y no por el desempeño, toda reforma será fachada y toda crisis, un modelo de negocio.

Mientras la conversación pública siga colonizada por paleros que administran eufemismos y carroñeros que administran rabias —con sus comparsas digitales de aplauso o linchamiento— el país seguirá eligiendo entre espectáculo y demolición. La salida pasa por otro oficio menos vistoso: ciudadanos, medios, jueces, académicos y funcionarios que exigen cuentas con paciencia impaciente; que conceden el beneficio de la duda solo a quien mide, corrige y admite error; que entienden que la honestidad sin competencia no alcanza, como tampoco la competencia sin honestidad. Cuando ese oficio se vuelve mayoría, el palero pierde audiencia y el carroñero pierde clientela; la política vuelve a ser un servicio y no un negocio de aplausos o incendios.

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