El recién nombrado embajador de Estados Unidos en Guatemala, Juan Rodríguez, tendrá mucho poder diplomático en nuestro país, porque sin necesidad de esperar instrucciones de su cancillería, podrá levantar el teléfono para conversar con el secretario de Estado Marco Rubio, y quizá hasta con el propio presidente Donald Trump, a quien defendió de acusaciones en su contra. Ocasionalmente, con alguno de ellos o con ambos, en medio de un clima caluroso y sofocante, podrá jugar golf en el Trump National Doral Miami.
No se trata, pues, de un embajador de carrera. Es un nombramiento político. No es el primer caso que ocurre en Guatemala. En el pasado, por ejemplo, tuvimos al embajador Alberto Martínez Piedra, por cierto, también cubano estadounidense, o a Thomas Strook, muy amigo del presidente George Bush padre, por citar casos de embajadores inscritos o ligados al hoy reinante Partido Republicano.
Por su hoja de vida vemos que se trata de un abogado de campanilla. En lenguaje coloquial, de alto calibre. Y esto no es bueno, sino excelente, en la medida en la que, junto con todos en Guatemala, apoye el establecimiento de un verdadero Estado de Derecho. Como lo explicaré, solo por medio de la consolidación del Estado de Derecho en nuestro país, el Embajador cumplirá con todas las directrices de la administración Trump para Guatemala. Aquí estamos urgidos que el Estado y el país funcione como Dios manda, y no como ahora, que opera como Satanás lo ordena. Y no solo ordena, sino que lo exige. Y somata la mesa, porque, para colmo de males, tiene muy mal genio, que hemos tenido que aguantar.
Una retórica simplista que hemos oído, y que algunos han celebrado y hecho eco, es que el Embajador viene para evitar que Guatemala se vaya al comunismo. Pero, como lo verá de primera mano, y no de oídas, ideológicamente aquí no abundan los comunistas, sino, por millares, los más variopintos oportunistas.
Históricamente, en Guatemala tenemos robo de caudales públicos, ya sea con la mano derecha o con la izquierda, lo que al conocerlo le resultará repugnante por ser un hombre de derecho, que comprende que la función pública es de servicio, como lo contempla la Constitución de su país.
Por años sufrimos el oportunismo de Otto Pérez y su mancuerna política, la vicepresidenta Roxana Baldetti, de Jimmy Morales y también de Giammattei y su mancuerna sentimental Miguelito. Se decían y ufanaban de ser de derecha, quizá porque solo robaban, en forma pública e insolente, con la mano derecha.
Y también hemos visto a funcionarios, y especialmente a diputados, que han robado con la mano izquierda. Y muchos que roban con las dos. Ambidiestros en el latrocinio.
Hoy en Guatemala, ninguna bancada del Congreso se salva de la corrupción gubernamental y de todo tipo. Y lo peor, de tener miembros con algún vínculo con las fuerzas del submundo más oscuro.
Aquí, lo que sobra son seudo derechistas y seudo izquierdistas, a quienes les gusta y disfrutan la etiqueta con la que se autonombran, sin haber leído un libro que sustenten sus supuestos principios ideológicos, sino solo los mensajes cortos de las redes.
A quienes no tenga el cerebro del tamaño de una mosca les pregunto ¿qué irá a pensar el embajador Rodríguez, un hombre de derecho, cuando conozca de cerca, y no selectivamente, la forma en que se administra la cholerizada justicia de Guatemala? Cuando vea tantísimos fallos judiciales, más retorcidos que los intestinos o las calles del infierno. Cuando vea cómo proceden los fiscales, jueces y las Altas Cortes. Las cuales solo altas por el nivel que ocupan en el edificio que las alberga. ¿Qué llegará a pensar de todo esto un hombre de derecho, independientemente de que sea de derecha? Para mí, toda persona que de verdad sea de derecha, y no por retorcida retórica populista, entenderá, si es honesta, que, por encima de todo, se encuentra la ley, el derecho, la justicia, los derechos del ciudadano, que son valores universales, preminentes en la tristemente venida a menos cultura occidental.
¿Qué irá a pensar el embajador Rodríguez, cuando atónico, compruebe que aquí jamás hemos movido un dedo para perseguir a los narcotraficantes y lavadores? En sus localidades, el pueblo los conoce muy bien. Aquí también ha habido “abrazos y no balazos”. Cuando los ven pasar, las autoridades, los fiscales y jueces y maestros los saludan atentamente. Se movilizan en sus grandes picops doble cabina, con escolta y guardaespaldas, portando en forma visible armas de calibre no permitido por las leyes de Guatemala. ¿Y qué? Están sobre la ley. Nadie los molesta. Nadie los investiga. Los capturan solo cuando son solicitados en extradición. Por ello, los narcotraficantes no se esconden ni se cuidan de la fiscalía, de las cortes, del gobierno, sino solo de no caer en el radar de la DEA.
Es público en Guatemala, y la Embajada de su país en Guatemala tendrá abundante evidencia, que, sufragando campañas electorales, los narcotraficantes han puesto alcaldes, diputados y hasta presidentes, sin que aquí se haya movido un dedo para investigar esos financiamientos realizados con dinero sucio. A sabiendas de la fiscalía y las cortes, y de todo el país, con total impunidad los narcotraficantes han penetrado toda la estructura del Estado. No de ahora, sino de larga data.
Durante el gobierno de Giammattei y, sobre todo, de Jimmy Morales impunemente aterrizaban las narconaves, en algún año, más de una por semana. Y nunca se hizo nada al respecto. No se investigó a nadie. Pero nunca es tarde aún para empezar y sancionar tanto a los responsables de los hechos, así como también a quienes los apapacharon. Estos últimos, desde el poder, lo hicieron con alevosía, ventaja y nocturnidad. Merecen ser juzgados y, en su caso, castigados.
¿Qué irá pensar el embajador Rodríguez cuando vea que la Intendencia de Verificación Especial (IVE), de acuerdo a los estándares y tratados internacionales, en muchísimas ocasiones ha denunciado movimientos bancarios irregulares, que aparentan ser lavado de dinero, sin que luego la fiscalía los investigue? ¿Será que este comportamiento doloso merece ser premiado, como algunos, que ya dicen ser futuros amigos del Embajador, ya lo han propuesto? Por justicia para con los guatemaltecos, no será mejor investigar, juzgar y eventualmente encarcelar a los implicados.
¿Qué podrá pensar un hombre de derecho, independientemente que sea embajador, que en el juicio al periodista Chepe Zamora hayan utilizado en su contra leyes de otro país? ¿Qué no le hayan permitido en el juicio en su contra presentar las pruebas de descargo? ¿Qué se haya perseguido judicialmente a sus abogados defensores, algunos de los cuales tuvieron que ir al exilio, hasta terminar siendo defendido por la defensa pública? ¿Qué podrá opinar que la jueza presidenta del tribunal en la sentencia haya dicho que lo condenaba a seis años de prisión por lavado de dinero, pese a que la fiscalía no había podido probar el origen ilícito de los fondos? ¿Puede una persona con mente jurídica considerar apegada a derecho una sentencia en la que no le hayan probado nada al imputado? ¿Debe premiarse ese proceder inicuo de la fiscalía y de algunos jueces? ¿Debemos mantenerlos en el cargo o seguirlos promoviendo, como si fueran solo travesuras de niños preescolares?
Reiteradamente me he ocupado del caso de Chepe Zamora por ser un colega periodista y porque, sin tener mayor amistad con él en su momento, me abrió espacio en elPeriódico para que, por largos años, con total libertad editorial, publicara una columna quincenal. Y es de bien nacido, ser agradecido. Después de visitarlo hace tres años en el calabozo, aunque ahora, por distintas razones, casi no lo vea, ya lo considero no solo como un colega, sino como un buen amigo, a quien las alianzas judiciales perversas lo hicieron prisionero político. Independientemente de que sea mi amigo, ¿de qué lado debo colocarme, del lado del victimario o de la víctima? La injusticia siempre clama al cielo.
Pero el caso de Chepe Zamora es uno más. Uno entre centenares. Es la forma de administración de justicia. Aunque aquí habría que mejor hablar de administrar la injusticia. En este esquema de país, sino se va primero a lo sustancial, lo accidental no tendrá sustento.
Y, aunque canse, sigo preguntando, ¿qué irá a pensar el embajador Rodríguez cuando vea cómo se hacen fiesta los fondos públicos, con la anuencia del ministro de finanzas y la aprobación del Congreso, vía los CODEDES, y cómo, en innumerables ocasiones, terminan en los bolsillos de los diputados-constructores (dipuconstructores) y sus amigos, con obra de baja calidad y de mayor precio que el del mercado? Y todo ocurre con total impunidad. No hay fiscalización de nada. En Guatemala, la impunidad es la regla, no la excepción. Esto es remedo de Estado de Derecho. Banana Republic por elección propia.
El tipo de preguntas como las anteriores podrían multiplicarse casi ad infinitum. Pero, para no cansar, y por espacio, basta con las enunciadas.
El hecho de que el Embajador también converse fluidamente en esta bendita y hermosa lengua de grandes escritores universales, que es el español, puede ayudar a entender al país y a entendernos. Aunque vivimos en un mundo hiperconectado, tenemos un déficit de mutuo entendimiento.
Y contrario sensu, como jurista, el embajador Rodríguez comprenderá en toda su dimensión la sentencia aquel gran filósofo y teólogo admirable, San Agustín de Hipona, que escribió: “Sin justicia, qué son los reinos de este mundo, sino solo banda de ladrones”. Y esto es el caso de Guatemala, un país que, por larguísimos años, ha sido gobernado y saqueado por bandas de ladrones. Algunos tratarán de que no lo vea y que no huela nada, porque la corrupción en Guatemala ha llegado a niveles de alcantarilla.
La mayor debilidad de Guatemala no es un asunto simplista, esquematizado por simplistas, de comunistas y anticomunistas, sino del precario Estado de Derecho, permeado por la corrupción en todas las estructuras estatales, el narcotráfico y, en general, el crimen organizado. Se trata de un esquema dentro del cual todo se permite, mientras se tenga dinero o contactos. Aquí la ley ha sido papel de baño que, por rollos empaquetados, se compra en los supermercados.
En el embajador Rodríguez queremos ver no a un posible procónsul, sino al jurista, cuya función diplomática sea de acompañamiento para que en Guatemala impere la ley y se castigue el delito, sin importar derechas o izquierdas. Este sería el gran legado que podría dejarnos, de gran valor para la posteridad. En este campo su presencia sería invaluable. Solo fortaleciendo el Estado de Derecho, el Embajador Rodríguez podrá cumplir holgadamente con los propósitos de su nombramiento. De lo contrario, todo quedará en asuntos cosméticos, sin trascendencia más allá del cortísimo plazo.
El Estado de Derecho es como el tronco del árbol. De allí salen ramas como el combate al narcotráfico y el lavado, el cumplimiento de leyes universales y permanentes, que son las que atraerán a la inversión extranjera, incluyendo la estadounidense, que incrementarán el comercio y crearán nuevas empresas, que ofrecerán puestos de trabajo, para que deje de existir señuelo de la migración irregular a Estados Unidos. Con estado de derecho se cumplirán los objetivos de Trump para Guatemala. Sin Estado de Derecho, nada de esto se construirá con solidez y permanencia en el tiempo. A esto atribuyo el fracaso de décadas de la diplomacia estadounidense. No encontraron cómo apoyar el Estado de Derecho, al que se han opuesto diputados, la fiscalía, jueces y magistrados y hasta presidentes. No supieron cómo ayudar a los guatemaltecos honestos a ponerle el cascabel al gato. Aunque en todo esto puede que también haya gato encerrado. Y siguiendo las metáforas de los gatos, hay que tener cuidado porque se reinventan, porque dicen que tienen siete vidas.
El embajador Rodríguez tendrá mucho trabajo en sus eventuales tres años de presencia en Guatemala, que corresponderán a los tres años del presente segundo y último mandato del presidente Trump.
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