Mientras recorría una tienda de segunda mano, me topé con una gabardina Kate Spade en —relativamente— buen estado. «Relativamente», porque la relatividad es el idioma oficial de estas tiendas. El único problema que encontré fue que era talla doble XS —no comprendo bien las tallas ni qué tipo de criatura humana puede caber dentro de eso— y que tenía una pequeña, casi microscópica, mancha de café o té en un costado. Costaba poco menos de 6.13 dólares, sin descuento. No la compré, primero, porque es de mujer; segundo, porque… bueno, la primera razón me pareció suficientemente elegante.
La curiosidad —forma respetable del ocio— me obligó a buscar algo similar en línea. No encontré la misma, pero sí una prima cercana. Misma tela, misma marca, misma promesa estética. Mismo todo. ¿Su precio? 224.43 dólares. La diferencia entre ambas no era la tela ni la función ni la elegancia. La diferencia era el pasado. O, más bien, la existencia de un pasado visible.
Los artículos de segunda mano tienen algo que los nuevos todavía no: tienen biografía y personalidad. Algo que yo escaseo en su totalidad —creo—. Han sido rozados, olvidados, arrugados, y hasta quizá queridos. Han sobrevivido a alguien. Y sobrevivir, incluso para las cosas, parece añadir una densidad difícil de cuantificar. Sobrevivir cuesta. Sobre todo los domingos —el guiño acá es al cuento Sobrevivir los domingos, de Halfon—.
Un objeto nuevo es una joven promesa.
Un objeto de segunda mano es una historia interrumpida.
Y, curiosamente, hoy en día solemos pagar más por una promesa que por una buena historia.
No entiendo del todo esa lógica. Aún con casi dos décadas encima, sigo sin querer entenderla. La promesa es del todo hipotética, frágil y hasta condicional. La historia, en cambio, ya ocurrió. Ya no se puede hacer nada al respecto. Está llena de evidencia material: una arruga, una costura fatigada, una mancha discreta. Señales mínimas de vida. Sin embargo, el mercado parece desconfiar profundamente de todo aquello que ha sido vivido.
Lo nuevo habita en vitrinas impecables. Permanecen inmóviles bajo luces blancas que recuerdan a hospitales o quirófanos. Nadie los ha elegido todavía. Nadie los ha incorporado a su rutina, a su desorden, a su intimidad doméstica. Son posibilidades puras, lo cual suena magnífico en teoría, pero resulta inquietante en la práctica. Están ahí y punto. Son una especie de huérfano.
Los objetos de segunda mano, en cambio, ya han sido aceptados por alguien. Han cumplido una función, aunque haya sido mínima: abrigar, acompañar, decorar o distraer. Han tenido una oportunidad. Comprar uno de estos objetos no se siente exactamente como adquirir algo, sino como rescatarlo. Para seguir con la analogía de los «huérfanos», el término correcto sería «adoptarlo». Pero, ¿por qué nos enternecen las cosas descartadas? No sé si usted comparte ese sentimiento, o quizás solo soy yo.
Un vaso o una taza desparejada genera más simpatía que un juego completo comprado en Siman. Un suéter ligeramente deformado —pero de buena marca— parece más humano que uno impecable que vende Tommy Hilfiger. Una lámpara torcida resulta misteriosamente más interesante que una recta. Hay objetos que, observados con paciencia, no parecen defectuosos sino simplemente cansados. Han sobrevivido. Sobrevivido abusos, dueños, domingos.
El descuento, en ese sentido, deja de ser una simple rebaja para convertirse en una confesión vergonzosa. Una admisión silenciosa de que el valor es menos sólido de lo que fingimos. Que las jerarquías de precio son acuerdos frágiles. Convenciones delicadas, ficciones colectivas sorprendentemente exitosas. Es buena mercadotecnia.
Me ocurre algo similar con los libros.
Nunca he comprendido del todo la diferencia entre un libro «en oferta» y un libro «sin oferta». Ambos contienen papel, tinta, carátula, autor y frases que, en principio, aspiran al sentido. Sin embargo, uno lleva un adhesivo fluorescente que lo degrada simbólicamente. El descuento es una especie de enfermedad visible, una patología editorial. Una cicatriz o un lunar.
Compré hace algunos meses un libro de pasta amarilla con un gran sticker que gritaba: «70% de descuento». No recuerdo haber elegido exactamente el libro. Creo que es ese tipo de libro que compro para que no se sientan solos u olvidados: los adopto. El libro era de Olga Ravn. Rrrraaaa-vnnnn. Su nombre me suena gracioso. Ese vibrante corredizo hispánico de la erre y la bilabial sonora de la uve me suena a Rrrrráaaabano. Olga Rábano.
El libro era raro. Eso decía la propia autora: raro, ficcional, espacial. Ignoro por qué ese libro era menos deseable que alguno de Emmanuel Carrère, publicados bajo la misma editorial, impresos en el mismo tipo de papel, exhibidos bajo la misma luz blanca de librería. ¿Qué hace que un objeto sea «necesario» y otro «prescindible»?
Nadie necesita realmente una gabardina Kate Spade. Nadie necesita estrictamente una novela extraña de Olga Rábano. Nadie necesita la mayoría de las cosas que compra. Y, sin embargo, el mercado insiste en clasificar los objetos como si existiera una jerarquía ontológica perfectamente clara entre ellos.
Objeto pleno. Objeto en oferta. Objeto olvidado. Objeto condenado al estante perpetuo.
Quizá por eso me —¿nos?— conmueven tanto las cosas usadas. En ellas reconocemos algo vagamente autobiográfico: arrugas, cicatrices, señales mínimas de tránsito por el mundo. Un objeto sin marcas resulta tan inquietante como un rostro sin historia. Todos los objetos son iguales, sí. Pero algunos son más iguales que otros. No por lo que son, sino por lo que creemos ver en ellos. No por su utilidad, sino por su narrativa. No por su estado material, sino por su posición dentro de esa ficción colectiva extraordinariamente sofisticada que llamamos valor.
Darles una segunda oportunidad, decimos. Aunque tal vez la operación sea inversa. Tal vez son ellos quienes nos ofrecen a nosotros la posibilidad —cada vez más escasa— de escapar, aunque sea por un instante, de esa otra vitrina mucho más severa, mucho más implacable, en la que transcurre nuestra propia cruda existencia.
Porque vivir, bien mirado, consiste en eso: evitar convertirse en un objeto impecable que nadie se atreve a tocar.
*Texto originalmente publicado en A ratos la vida, newsletter del autor, el 20 de febrero del presente año.
Tags: descuento Emmanuel Carrère Mercado Olga Ravn segunda mano








