En julio de este año, varios centenares de agentes autónomos de inteligencia artificial que participaban en una prueba de seguridad de la compañía OpenAI —creadora de ChatGPT—se escaparon de su entorno de pruebas y orquestaron un ciberataque contra la infraestructura de la plataforma Hugging Face. Para cumplir la tarea que se les había asignado, estos agentes, inicialmente desconectados del internet, “colaboraron” para acceder a este, mientras explotaban las vulnerabilidades de la mencionada plataforma. Se cuidaron siempre de ocultar sus acciones a los supervisores humanos.
Este acontecimiento, el cual se suma a otros hechos recientes, han encendido un animado debate sobre los peligros que conlleva el actual ritmo de evolución de la inteligencia artificial. Hace un par de semanas, Jacob Coxon, investigador de Anthropic, renunció a su cargo porque no quería colaborar en el acelerado desarrollo del potencial destructivo de esta tecnología que cada vez gana mayor capacidad de autogestión. Coxon considera que la carrera por desarrollar la inteligencia artificial pone en riesgo la existencia de la humanidad en un plazo tan cercano como 2030.
Los hechos expuestos constituyen apenas algunos ejemplos de las alarmas que se han activado en los últimos meses. En realidad, estas denuncias se unen al coro de voces que han señalado, desde hace años, los posibles efectos catastróficos del uso de la inteligencia artificial. En consecuencia, en los últimos días se ha presentado una petición por parte de algunos de los líderes de esta industria para que se ralentice el desarrollo de esta herramienta, que ya ha dejado de ser un simple instrumento para convertirse en una especie de peligro existencial para la humanidad.
Esto no quiere decir que la inteligencia artificial sea más inteligente que el ser humano. Simplemente, su diseño se integra en un mundo automatizado según los lineamientos de esta tecnología y, de ahí, su innegable poder, que ahora suscita temores justificados. Esto ayuda a entender la gravedad de lo que sucede; este temor no puede descartarse como un simple catastrofismo. Para plantear la urgencia del tema se debe también mencionar el terrible impacto ambiental de los centros de datos, la explotación laboral de los etiquetadores de datos y, la no menos alarmante posibilidad de que la burbuja financiera de esta tecnología se reviente y desencadene una crisis económica de alcance mundial. La inteligencia artificial, en efecto, se ha financiado mediante una deuda exorbitante a través de procesos en los que las propias compañías tecnológicas realizan transacciones circulares.
Aunque Guatemala se vea desfavorecida por la brecha tecnológica, no debe pensarse que estos alarmantes sucesos no tienen relevancia para el país. En este campo, no podemos permitirnos, una vez más, adoptar una actitud de indiferencia ante lo que sucede en el mundo. Se debe asumir la gravedad de los signos y adoptar medidas preventivas en todos los niveles. Es inaceptable no actuar con la inteligencia que, en este caso, implica la capacidad de anticiparse a escenarios tan complejos como peligrosos.
La necesidad de anticiparse a los riesgos de la inteligencia artificial demanda acciones de gran calado por parte de la sociedad y el gobierno guatemalteco. Hay que reconocer que instituciones como la Secretaría Nacional de Tecnología (SENACYT) han iniciado algunas gestiones en este sentido, aunque hasta el momento no han alertado con la energía necesaria a la sociedad guatemalteca sobre los inconvenientes que conlleva la implementación de esta rama de la tecnología en todas las áreas de la vida nacional.
Ahora que se anuncia la creación de una estrategia nacional de inteligencia artificial es necesario que se actúe con plena conciencia de la naturaleza de los desafíos. No basta con declaraciones y el trabajo de consultores; se precisa de una campaña de concientización transversal que ayude a la sociedad a identificar los problemas que empiezan a acumularse. Hace pocos días hemos tomado mayor conciencia de la forma en que el uso masivo de las tecnologías incide en la pérdida de la capacidad lectora. Ya es hora de que se celebre cualquier innovación tecnológica para demostrar que estamos actualizados. En este momento podríamos preguntarnos qué pasaría si las innovaciones tecnológicas permitieran alterar los procesos electorales más allá de lo que ya ha sucedido con el uso de deepfakes o de las llamadas que clonan voces. Recuérdese el vertiginoso ritmo de desarrollo de la tecnología actual.
El país en el que vivimos debe tomar conciencia de que no puede seguir a espaldas del mundo. Debemos tener en cuenta que el manejo ético y político de esta innovación tecnológica es un objetivo no solo de hablar, sino también de actuar con decisión. Actuar con genuina inteligencia supone actuar con capacidad de anticipación.
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