En 2026 se cumplen los ochenta años de la primera edición de El Señor Presidente, la novela más leída de Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura 1967, la cual en su momento los editores no querían publicar. Veamos cuál fue el curioso origen de la obra y su itinerario hasta el día de hoy.
En octubre de 1924, Miguel Ángel llegó a París con un cúmulo de ilusiones en su mente y el deseo de no defraudar a su familia, especialmente a su mamá, María de la Luz Rosales de Asturias, que tenía una exitosa abarrotería mayorista y minorista en el barrio de la Candelaria de la capital guatemalteca, de cuyo producto le sufragaría su estancia en París, que se extendió a nueve años.
Al final de la jornada, los estudiantes hispanoamericanos se reunían en los cafés. Mientras cenaban y bebían vino recordaban historias de sus países. Los venezolanos narraban sucesos de los atropellos del dictador que los gobernaba.
En alguna ocasión, el venezolano Arturo Uslar Pietri tuvo la idea de apostar a ver quién podía contar el cuento más largo, que debería seguir una y otra noche, como una especie de lo que hoy conocemos como telenovela, que son historias fraccionadas con sucesión temporal.
Miguel Ángel narró el suyo sobre la base de Los Mendigos Políticos, un cuento hasta entonces inédito el cual luego correspondió al primer capítulo de El Señor Presidente. Al terminar este relato, Miguel Ángel siguió la narración, y la historia siguió creciendo y creciendo.
Los sucesos que Miguel Ángel contaba eran de terror político, narradas con la intensidad y pasión de quien las había vivido. El escenario era un ambiente de velas, luz artificial de baja intensidad y el eco de las conversaciones de los otros comensales.
Especialmente impactante fue el relato de cuando en 1919, durante el gobierno del Señor Presidente, Miguel Ángel estuvo once días en la cárcel, tras ser capturado con otros estudiantes, después de haber ido a presenciar una obra de teatro. Miguel Ángel recordaba a sus amigos en París, cómo, en el calabozo totalmente oscuro, una voz decía que tenía miedo que los apalearan. Con insistencia, otra voz pedía que no se callaran, sino que siguieran hablando, porque se le figuraba que una mano alargada en la sombra iba a cogerlos del cuello para estrangularlos. El relato de pánico, la oscuridad, las voces quebradas y atormentadas de los presos fueron parte de la narración que Miguel Ángel realizaba a sus amigos a la hora de la cena.
Entre el murmullo de los comensales, y mientras los meseros hacían malabares para con rapidez pasar o retirar los platos pedidos para la cena o llenar las copas de vino, Miguel Ángel continuaba su narración, una y otra noche. Las interrupciones de los camareros no lo distraían ni le quitaban el ímpetu a la narrativa de sus recuerdos.
Las historias de Miguel Ángel eran tan vívidas que en la mesa en la que cenaban y bebían vino, quizá sentían que de pronto podrían aparecer allí sentados los personajes de la novela: el Señor Presidente, Cara de Ángel, Camila, El Pelele, los esbirros y soplones del Dictador y, como dijo Arturo Uslar Pietri, “los fantasmas y leyendas de cuatro siglos de mestizaje cultural”.
Así, fue en los cafés de París donde nació El Señor Presidente, como un relato oral, oralidad que aún se percibe en el texto escrito.
Después, siempre en París, Miguel Ángel, a partir de 1925, escribió todas las narraciones de los sucesos que había contado a sus amigos en los cafés. En el cuarto de su hotelito, en voz alta leía una vez y otra el manuscrito, que iba corrigiendo. En diversas ocasiones, Asturias ha contado que El Señor Presidente lo mecanografió total o parcialmente al menos diecinueve veces.
Ocho años después de iniciada, antes de volver a Guatemala, Miguel Ángel dio por terminada su novela. Como se comprueba por su lectura, fue un trabajo literario de verdadera orfebrería.
A su regreso a Guatemala no pudo publicarla
Aunque la novela El Señor Presidente quedó terminada en París en 1933, al volver ese año a Guatemala, Miguel Ángel no pudo publicarla, porque el país era gobernado por un nuevo dictador, el general Jorge Ubico (1931-1944). Esto le produjo una gran frustración. Volvía de París, la Ciudad Luz, a las sombra y tinieblas de una nueva tiranía en su amada Guatemala.
Temiendo que a su llegada inspectores de aduana o luego, en un cateo a su casa, el nuevo dictador mandara a secuestrar el manuscrito, le dejó en París una copia a George Pillement, quien años después la tradujo al francés.
En casa de sus padres, en veladas con sus amigos leía y comentaba fragmentos y capítulos de la novela. Esta lectura tenía el delicioso sabor de la fruta prohibida. En 1941, durante su primer viaje a Guatemala, el chileno Pablo Neruda, quien pasados los años también fue premio Nobel de Literatura, convivió con Miguel Ángel durante una semana. Miguel Ángel le leyó a Pablo y a un grupo de amigos, algunos capítulos de El Señor Presidente, que permanecía inédita.
Según refirió un testigo, para resguardar el manuscrito de la incautación de la policía, Miguel Ángel hizo un hoyo en la pared de adobe de su casa, donde lo escondía. Luego, lo disimulaba con un cuadro colgado, que cubría todo por completo.
Después del triunfo de la Revolución del 20 de octubre de 1944, en la cual Miguel Ángel no participó, partió a México con el fin de buscar una editorial que publicara su novela. Ya nadie lo podría perseguir, encarcelar o matar.
Miguel Ángel la presentó a varios editores que terminaron por rechazarla. El español radicado en México, Joaquín Díez Canelo ha contado que en sus manos tuvo la novela, que no aceptó publicarla. Por años se “martirizaba por ese error de juicio”. Igual rechazo tuvo de Daniel Cosío Villegas, director del Fondo de Cultura Económica, editorial mexicana subvencionada por el Estado, cuyas publicaciones tenían gran impacto en el mundo de habla hispana.
Pero no todo fue negativo, porque cuando le devolvió el manuscrito, don Daniel le dijo: Aquí tiene a su Señor Presidente. Miguel Ángel, siempre vivo y receptivo, de inmediato se percató que este debería ser el nombre de la novela, que era más contundente y mejor que Tohil, que era el que había escogido, además de ser universal, como deseaba que fuera la novela.
María, madre de Miguel Ángel le dio el dinero para la publicación, que en México su hijo utilizó para cubrir otras necesidades suyas. Con la vivacidad e intuición que solo tiene una mamá, llamó a un pariente y amigo de la familia, Jorge Asturias, y le dio los doscientos dólares requeridos para la impresión, advirtiéndole que debía decirle a Miguel Ángel que se trataba de un préstamo personal de él. Así, sentiría la responsabilidad de la publicación y el pago. Con fondos de la madre, el 30 de agosto de 1946, la editorial Costa-Amic publicó en México El Señor Presidente.
El subgénero de novelas de dictador ha sido muy famoso en Hispanoamérica.
En él escribieron novelas diversos escritores, entre ellos tres premios Nobel de Literatura latinoamericanos: Asturias, Gabriel García Márquez (El Otoño del Patriarca) y Mario Vargas Llosa (La Fiesta del Chivo). El Señor Presidente de Miguel Ángel terminó siendo la más conocida.
Inicio de la carrera diplomática
Para Miguel Ángel, el año de 1946 fue importante porque no solo se publicó El Señor Presidente, sino que también inició su carrera diplomática, tras el nombramiento de agregado cultural a la embajada de Guatemala en México, por parte del presidente Juan José Arévalo, primer presidente de la Revolución de Octubre. Consciente de que para la publicación de sus novelas Miguel Ángel debería estar donde se encontraran las mayores editoriales de Hispanoamérica, Arévalo lo nombró, primero agregado cultural en México, y luego, en Argentina. Al parecer, la decisión del nombramiento fue tomada por recomendación del escritor chileno Pablo Neruda.
Tres años después de publicado El Señor Presidente en México, el 8 de mayo de 1949 por la noche, en forma súbita, de una embolia cerebral, moría María de la Luz Rosales viuda de Asturias, madre, faro y sostén económico de Miguel Ángel. Para suavizar la noticia de la muerte, Marco Antonio le envió a Buenos Aires un telegrama en que le informaba que la mamá de ambos estaba gravísima. Así, pensó que Miguel Ángel se prepararía para la noticia del deceso que llegó después.
El presidente de la república, Juan José Arévalo le envió un telegrama de pésame a Buenos Aires, que decía así: “Licenciado Miguel Ángel Asturias. Buenos Aires. Sabiendo cuan extraordinario hijo has sido he estado pensando y acompañándote en tu pena desde la muerte de tu señora madre. Juan José Arévalo”
Para Miguel Ángel se cerró un importante capítulo de su vida. Todo el tiempo, su mamá creyó, apostó y apoyó la carrera literaria suya. Jamás dudó del talento de Miguel Ángel. No solo le dio apoyo emocional sino también económico, lo cual la obligó a trabajar duramente en la abarrotería mayorista y minorista para generar los recursos necesarios para la mantener e impulsar la carrera literaria de su primogénito, de lo cual Miguel Ángel siempre estuvo consciente. Por ello, a pesar de la lejanía física, entre los dos siempre hubo una gran conexión espiritual. Le escribió varios poemas.
Cuando en 1967 a Miguel Ángel le anunciaron el otorgamiento del Premio Nobel Literatura, la madre, quien había muerto dos décadas antes, sería la gran ausente en el acto de entrega del galardón. Miguel Ángel estuvo consciente de ello, como en algún sentido lo reconoció en las cartas a su hermano Marco Antonio.
Mélida Montenegro, madre del entonces presidente Julio César Méndez Montenegro, quien fue gran amiga y compañera de banca en el Instituto Belén de la mamá de Asturias, le escribió a Miguel Ángel a París para felicitarlo por el otorgamiento del Premio Nóbel de Literatura. En la carta le decía que María, la madre de Asturias, estaría en el cielo feliz bendiciéndole. En carta a su hermano Marco Antonio, Miguel Ángel le dijo que al leer la felicitación “se me llenaron los ojos de lágrimas y me emocioné mucho”.
Dos años antes de morir, en carta su hermano, Miguel Ángel le escribe: “Mi adorado Marco: hoy, por fecha, es el aniversario de la muerte de mi adorada Muluquita (nombre cariñoso usado por los dos hermanos para referirse a su madre), a quien tenga en el cielo rogando por nosotros. Es curioso, pero, así como ella fue nuestro sostén y consuelo, mientras estuvo viva, lo sigue siendo igual ahora que ya no la tenemos. Cuando me veo muy afligido, digo: Alma de mi mamá…, y esto me tranquiliza.”
Con Gonzalo Losada
Siendo agregado cultural de la embajada de Guatemala en Argentina inició relaciones comerciales, literarias y de amistad con Gonzalo Losada, dueño de una de las mayores editoras de habla hispana. Losada empezó la publicación de las obras de Asturias, incluido El Señor Presidente. A partir de ese momento, los escritos de Miguel Ángel empezaron no solo a ser conocidos, sino también reconocidos en el mundo de habla hispana. Miguel Ángel elevó el vuelo. También empezó su promoción en Europa.
Se destapaban las infamias de la Gestapo
Cuando en 1952 la novela El Señor Presidente se publicó en francés, los europeos todavía estaban perturbados por el recuerdo de la Alemania Nazi y del Holocausto judío, llevado adelante por Adolfo Hitler. Documentos de la temida policía secreta conocida como la Gestapo seguían apareciendo para descubrir y recordar a los europeos y el mundo los horrores del gobierno Nazi, que había sido liquidado siete años atrás. Y lo peor, nadie contaba con una explicación de cómo todo pudo acontecer. El cine se encargaba de mantener vivas las historias e imágenes de terror del gobierno de Hitler y de la Segunda Guerra Mundial, que concluyó en 1945. Así, la narrativa de El Señor Presidente no era ajena a las vivencias francesas y europeas. En esa época, a través del Plan Marshall (1947-1952), el gobierno de los Estados Unidos apoyó económicamente la reconstrucción de Europa, destruida por la guerra.
En ese entorno de postiranía de Hitler, de posguerra y de reconstrucción de Europa, en gran parte todavía en ruinas por la guerra, con la fuerza del lenguaje vanguardista, en Europa la novela de Miguel Ángel irrumpió con pasó propio. En 1952, la traducción al francés de El Señor Presidente recibió el Premio Internacional del Club Francés del Libro.
En 1967, en Estados Unidos, la novela El Señor Presidente ganó el premio de la William Faulkner Foundation.
Dictadores para todos los tiempos
En todos los tiempos y culturas siempre ha habido Señores Presidentes, personajes perversos que han estado por encima de las leyes, la justicia y los derechos ciudadanos. La discusión, aún hoy vigente, es cómo detenerlos.
En el siglo XXI, cuando los europeos creían que la guerra no regresaría a su territorio, el 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin, gobernante de Rusia, invadió el territorio europeo de Ucrania, en un conflicto en el que hasta se habló del uso de las armas nucleares. Putin llevó la guerra adelante sin importarle que los muertos y desaparecidos ya sean cerca de dos millones, no solo de combatientes, sino también de civiles, niños, mujeres y ancianos. No le importó que la guerra dejara lisiados, huérfanos y viudas, hambre y dolor, que se destruyera tanto el tejido social como la infraestructura, las escuelas, los hospitales y los edificios de habitación.
En todas las épocas ha habido y habrá tiranos. En Nicaragua, un país vecino y hermano, hemos visto al dictador sandinista Daniel Ortega y su esposa reprimir brutalmente al pueblo nicaragüense. Y así en muchos lugares del mundo.
Así, pues, la temática de El Señor Presidente nunca pasará de moda ni dejará de interesar. Los dictadores pareciera que son parte de la historia del ser humano. Son sucesos circulares. Como los zopilotes dan vuelta en círculos sobre la presa. Son aves de rapiña que nunca se extinguen. Viven de los muertos, de sus vísceras y sangre. Su actualidad será constante mientras haya seres humanos en la tierra.
El diario español El Mundo incluyó a El Señor Presidente en su listado de las cien mejores novelas escritas en español en el siglo XX, el cual fue confeccionado con el apoyo de los lectores y críticos literarios. Un honor para Miguel Ángel y Guatemala.
Después de ochenta años de la primera edición, El Señor Presidente sigue vigente y leída.
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