“Yo quiero ser español” (IV Parte)

Reflexión crítica sobre las identificaciones coloniales en la educación primaria de Guatemala.

Mauricio José Chaulón Vélez

julio 6, 2025 - Actualizado julio 5, 2025

La crueldad de Pedro de Alvarado fue ignorada por la mayoría de los historiadores. Retrato del adelantado Pedro de Alvarado encontrado en el  Archivo General de Indias, pintado por Tomás Povedano.

Esta columna es la IV Parte de las respectivas publicaciones de los domingos 15, 22 y 29 de junio de 2025, las cuales invito a leer para la mejor comprensión del presente texto.

La historia oficial ocultó la crueldad de la invasión y la denominada conquista.

En la historia republicana, el manejo de la ladinidad como maniobra del poder dominante reforzó la idea de la necesidad de desindianizar y se fomentó la identidad ladina desde la negación, como bien lo señalan las tesis de Carlos Guzmán Böckler y Jean Loup Herbert en su libro Guatemala: una interpretación histórico-social. Esas identidades nacionales construidas desde el poder dominante alimentaban imaginarios como el de «España es la Madre Patria», lo cual se reprodujo por varias generaciones en muchos de los libros y enseñanzas de la educación primaria, por lo que la identidad de mestizaje no se planteaba a partir de las relaciones interculturales históricas complejas, sino desde el acontecimiento violento en el que resultó triunfando esa España que por ello se representaba como «la madre». El sociólogo Carlos Figueroa Ibarra en su texto “La comunidad ficticia de La patria del criollo”, publicado en Praxis e historia. Severo Martínez Peláez, el político y el científico (2023, Guatemala: F&G Editores. México: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla) reflexiona sobre estas características del discurso de la historia oficial en el tema de la invasión española y el establecimiento del régimen colonial, mostrando una perspectiva ampliada de lo que aquí menciono.

Una niñez escolar formada con estas ideas tuvo como consecuencia la de preferir escoger el ser español en una obra teatral sobre «la conquista» en vez de representar al indígena, ya que éste era significado desde un pasado muerto y como un ser «incivilizado». Además que la realidad no mostraba las luchas de los pueblos indígenas ni su grandeza civilizatoria en todos los campos. La vida cotidiana de los espacios en los que nos desenvolvíamos esas generaciones con determinados privilegios de clase mostraba el dominio de lo no indígena sobre lo indígena: ellos eran la servidumbre, los vendedores que halaban las carretas o que trataban de comerciar sus productos diversos en los mercados en condiciones que no eran las mejores; en la ruralidad, eran la mayoría de las y los pobres, porque no comprendíamos aún que habían sido históricamente empobrecidos por un sistema de despojo que llevaba ya cinco siglos. La educación ocultaba la historia y al mismo tiempo pretendía ocultar la realidad: así como se procuraba esconder o disfrazar la situación de precariedad a la que el sistema dominante había llevado a muchos de los pueblos indígenas, tampoco se mostraban las relevantes formas organizativas en la lucha y resistencia de los pueblos y se les representaba desde la derrota y la sumisión. Y tampoco se enseñaban las características reales de los «conquistadores». No se encontraba en los libros de texto, por ejemplo, lo que fray Bartolomé de las Casas dijo de Pedro de Alvarado:

“Mató infinitas gentes con hacer navíos. Llevaba de la Mar del Norte a la del Sur (…) los indios cargados con anclas de tres y cuatro quintales, que se les metían las uñas (…) por las espaldas y lomos. Y llevó desta manera mucha artillería en los hombros de los tristes desnudos, y yo vide muchos cargados de artillería por los caminos, angustiados. (…) ¡Cuántas lágrimas hizo derramar, cuántos suspiros, cuántos gemidos, cuántas soledades en esta vida, y de cuántos (…) no sólo de indios, que fueron infinitos, pero de los infelices cristianos de cuyo consorcio se favoreció en tan grandes insultos, gravísimos pecados y abominaciones tan execrables!”. (Bartolomé de las Casas [1552 (1988)]. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. México: Rei. Letras Hispánicas. p. 116.

Los hermanos de Alvarado también fueron severamente señalados por fray Bartolomé de las Casas como “unos de los peores conquistadores y maltratadores de los indios”, como lo indica Aurora Díez – Canedo Flores en su artículo “Septiembre de 1541: un desastre en Guatemala. De la Relación a la historiografía del siglo XVI”. En esa ampliación que las interpretaciones históricas a la luz de fuentes conocidas y nuevas permite profundizar en personajes que los reduccionismos intencionales y convenientes de la historia oficial colocaron como padres de una patria imaginada que sólo le ha servido a las clases dominantes, tiene mucha relevancia lo que escriben W. George Lovell, Cristopher H. Lutz y Wendy Kramer sobre Pedro de Alvarado, en el libro Atemorizar la tierra. Pedro de Alvarado y la conquista de Guatemala, 1520-1541. (2019, Guatemala: F&G Editores):

“Aun cuando estaba físicamente ausente, como lo estuvo de Guatemala por muchos años, la influencia de Alvarado era enorme, el peso de su voluntad indiscutible. El conocimiento pleno de sus opiniones infundía temor y aprensión en todos aquellos que lo rodeaban, incluso entre sus amigos más cercanos y sus hermanos y primos, sentimientos palpables en su servilismo como gobernantes sustitutos. Estigmas como la corrupción, la impunidad, el engaño y los subterfugios, así como la explotación despiadada, la intimidación por terror y el rechazo descarado de la ley, sellos distintivos de Guatemala hasta el día de hoy, tienen en Pedro de Alvarado un fértil progenitor (…) la conquista de Guatemala no estuvo para nada bien definida, pero no queda duda alguna sobre la personalidad contundente de Alvarado en el establecimiento de los parámetros dentro de los cuales se desarrollaría la subyugación y se amasaría la riqueza española y posteriormente la criolla, incluso en un lugar remoto como Centroamérica”.

A Pedro de Alvarado y todos sus lugartenientes, siendo la mayoría de ellos sus hermanos, la historia oficial que se reducía todavía más para la didáctica educativa en función de los intereses del sistema dominante, los representa como estrategas, decididos y exitosos procuradores del proceso civilizatorio, todo lo cual a su vez es representado como necesario y adecuado. Nunca se habla en ese tipo de historia que fue Pedro de Alvarado quien organizó la matanza del Templo Mayor en la fiesta de Tóxcatl, en México – Tenochtitlan, ocurrida entre el 20 y el 22 de mayo de 1520. Esta festividad era la más importante para los mexicas, establecida como Veintena de Tóxcatl en el calendario solar, tal y como lo relata el cronista colonial del siglo XVI y religioso franciscano Bernardino de Sahagún en su obra Historia general de las cosas de Nueva España. Con toda la información que los españoles ya tenían acerca de los mexicas, era imposible que no supiesen la relevancia de esta fiesta, por lo que Alvarado sabía lo que estaba haciendo. En la historia de la denominada «conquista de México – Tenochtitlan», este es uno de los actos más despiadados y aberrantes que sitúan todas las personas especialistas. Los testimonios recogidos por Sahagún entre 1540 y 1585 en su Historia general de las cosas de Nueva España, conocida también como Códice Florentino y una de las principales fuentes para la historia de México – Tenochtitlán en el proceso de la guerra contra los españoles y el inicio del Virreinato de Nueva España,dan cuenta amplia de ello.

Continuará en la próxima columna.

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