En 1955, Miguel Ángel Asturias escribió y publicó Week-end en Guatemala, libro ambientado en el contexto del gobierno deJacobo Árbenz Guzmán, el segundo de la Revolución, o en realidad el tercero si se toma en cuenta el periodo del Triunvirato del 20 de octubre de 1944 al 15 de marzo de 1945. Sobre este magnífico texto de Asturias aún se debate si se trata de un conjunto de cuentos, de una novela dividida en distintos ambientes o de una recopilación de relatos que cada uno puede ser una pequeña novela. Pero más allá de eso, Week-end en Guatemala es, sin duda, una obra maestra de la literatura universal, debido a la riqueza del lenguaje, con un Miguel Ángel Asturias en un extraordinario momento de madurez literaria, y por la denuncia que contiene cada página acerca de cómo fue interrumpida de tajo la Revolución guatemalteca y, con ello, el único proceso democrático en su historia, como país y como sociedad, el cual intentaba la construcción de un sistema socioeconómico justo con bases de participación popular.
Asturias colocó al final del libro la siguiente línea: «“Shangri-lá”, El Tigre, verano de 1955», lo que sugiere que la obra se escribió a finales de ese año en el partido de Tigre, perteneciente a la provincia de Buenos Aires, Argentina, y ubicado aproximadamente a 33 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, capital federal del país. Se publicó por la editorial argentina Goyanarte, en 1956 y fue hasta 1991 que fue publicada en Guatemala, por la Editorial Piedra Santa. Su contenido era contrario a los intereses de los regímenes contrarrevolucionarios, anticomunistas y contrainsurgentes, por lo que su difusión inicial se logró a través de ediciones extranjeras, logrando entrar muchos ejemplares a Guatemala, constituyendo uno de los libros de referencia para conocer la tragedia del país a partir de 1954, al mismo tiempo que una gran inspiración para varias personas revolucionarias en América Latina.
Week-end en Guatemala surgió como un proyecto de valiente respuesta de comprometidos intelectuales guatemaltecos a las falacias y reaccionarias publicaciones de la contrarrevolución, la cual intentaba desacreditar por distintos medios a los gobiernos de Juan José Arévalo Bermejo y de Jacobo Árbenz Guzmán. Así, en 1954, Juan José Arévalo publicó Guatemala, la democracia y el imperio; en 1955, Luis Cardoza y Aragón escribió y presentó La revolución guatemalteca; y en 1956 salieron a luz Por qué lucha Guatemala, de Manuel Galich, y Week-end en Guatemala, de Asturias. Como muy bien lo indican Mario Payeras (fallecido en 1995) y Jaime Barrios Carrillo, dos especialistas en la obra de Miguel Ángel Asturias y en las contribuciones y debates intelectuales de la época, aparte de la primera publicación argentina, Week-end en Guatemala se publicó en países como la Unión Soviética y Suecia antes que en Guatemala. Esto evidencia la trascendencia de la obra, cuyo valor fue comprendido en otras latitudes con amplia democratización de la cultura, mientras que en su propia tierra las voces intelectuales fueron censuradas de diferentes maneras.
Payeras, en su ensayo Miguel Ángel Asturias y Luis Cardoza y Aragón, en el que analiza los encuentros y desencuentros entre los dos grandes personajes, toma partido por Asturias y es crítico a las críticas de Cardoza hacia el Moyas, aunque, por supuesto, sin menospreciarlas, sino dimensionándolas en la importancia del debate y con el objetivo de darle su justo lugar a Miguel Ángel Asturias como el gran literato y al mismo tiempo como el intelectual comprometido con su coherencia social y política de las luchas del pueblo de Guatemala y de América Latina. En el caso de Week-end en Guatemala esto se evidencia no solamente con su contenido, sino también con su dedicatoria, sublime y decidida, contundente y clara en la conciencia de clase, cargada de amor y de dolor:
“A
GUATEMALA
mi Patria,
viva en la sangre de sus estudiantes héroes,
sus campesinos mártires,
sus trabajadores sacrificados
y su pueblo en lucha”.
Por eso dice Payeras, reafirmado por Dante Liano en su ensayo Miguel Ángel Asturias, que la lectura de Week-end en Guatemala fue fundamental para abrir más su concientización a la realidad del país y politizarse de una manera más profunda, causando el mismo efecto en muchas otras personas que decidieron dar el salto revolucionario en los años 60 y 70 del siglo XX, escribiendo Liano que Payeras afirma que “toda su generación está signada por esa lectura”. En palabras de Liano, parafraseando a Payeras, “la colección de cuentos funcionó como estímulo literario y simultáneamente como bautizo de conciencias”.
La obra está compuesta de ocho capítulos, que a la vez son ocho relatos que cada uno contiene su fuerza y sus personajes particulares, pero se entrelazan en el contexto histórico: la profundización del proceso revolucionario en Guatemala que provocó la reacción asesina del bloque histórico de la clase dominante guatemalteca y del poder hegemónico del hemisferio occidental: los Estados Unidos. Esa combinación contrarrevolucionaria fue letal para Guatemala y su proyecto democrático. En cada una de las ocho partes de la obra, no hay personaje de los que defienden a la Revolución que no sea alguien común del pueblo. En las diferentes historias relatadas por Asturias, una de las tantas magnificencias del libro es que la contrarrevolución llegó a las entrañas de todos los habitantes de Guatemala, hasta de los mismos contrarrevolucionarios y hasta los que no habíamos nacido, provocando una tragedia de tal magnitud, que es muy bien representada por Álvaro Montenegro Muralles en el título de su extraordinaria columna sobre esta obra, publicada en epInvestiga el 27 de junio de 2024, en el marco del 70 aniversario del derrocamiento de Árbenz: Week-end en Guatemala: el chajazo que desangró al país.
Pero Week-end en Guatemala reafirma la dialéctica en la historia: aunque la represión del sistema sea implacable, los oprimidos luchan, resisten y continúan mostrando las contradicciones que ahondan las grietas del poder. Al final hay esperanza y en todos los relatos ésta se presenta de manera contundente, sin que sea algo idealista nada más, porque la genial narrativa de Asturias logra descifrar y exponer la lucha y la unificación de contrarios en el terrible proceso que vivía Guatemala en aquel momento. “Amigos, el Caballero de la Esmeralda no se presentó en el casino a jugar el 19 colorado, pero fue mejor… Al salir me encontré con el azar iluminado por una sortija color de esperanza…”, es el final de la primera parte, titulada Week-end en Guatemala, que le da el nombre al libro. Atala Menocal es quien dice estas palabras, la personaje que representa a todas las mujeres dispuestas a defender la patria contra el imperialismo. En ¡Americanos todos!, el segundo de los relatos, Emilio Croner Jaramillo, Milocho, guía de turistas, representa a un pueblo decidido a combatir hasta la muerte, prefiriendo embarrancar el bus con estadounidenses que simbolizan la apropiación del país después de que las armas de su gobierno lo destruyen, como ha hecho el ímpetu imperialista en muchas partes del mundo.
Valeria es en Ocelotle 33, el tercer relato, quien dice al final a sus pequeños hijos: “No, mis hombrecitos, no… el Ocelotle 33 ya se ha ido… fue una pesadilla y de las pesadillas se despierta…”, procurando infundir esperanza en los niños, a pesar del daño que los liberacionistas, quienes están representados en la palabra clave “Ocelotle 33”, dejaron en su vida y en la de su familia.
En La Galla, el cuarto de los relatos, el personaje central Diego Hun Ig, quien representa a los pueblos indígenas y campesinos de Guatemala, y por qué no decirlo, de toda América Latina, es asesinado por los mercenarios de la contrarrevolución por ser uno de los líderes comunitarios y quien también recibió tierra en la Reforma Agraria del gobierno de la Revolución. Bernardina Coatepec, apodada “La Galla”, representa al guatemalteco racista y anticomunista, quien se puso a la disposición de los liberacionistas para señalar comunistas, los que, según aquellos, debían de ser eliminados por considerarlos el peor de los peligros para el mundo. La Galla, comerciante amarga como muchos de los que se aliaron con la contrarrevolución, no soportaba a los indígenas, ni sus fiestas, ni sus tradiciones: no soportaba nada de ellos. Lo que más detestaba La Galla era el sonido de los tambores, representación de los latidos incansables del corazón ancestral que no se detiene, aunque la inclemente modernidad capitalista y el colonialismo no frenen su arrollador avance sobre el pueblo. Y así, La Galla aprovechó la llegada de la llamada “liberación” para que los indígenas que tanto le molestaban fuesen asesinados. Sólo por el hecho de defender su derecho a la tierra y a la democratización de la economía desde un proceso que construiría autonomía de los pueblos, Diego Hun Ig fue acusado de comunista y en ello resultó la justificación para eliminarlo, con la complacencia de La Galla. Diego Hun Ig es la lucha de los oprimidos y La Galla es la antítesis en lo burdo del poder entreguista. El final de ese capítulo es la certidumbre de que los pueblos se liberarán por medio de su camino trazado, continuando el andar de su corazón como lo hacen los tamboreros: “Volvió a salir el sol. Arriba, en lo alto, seguía columpiándose con el viento un árbol de matasano. Tendía sus ramas sobre la hondonada siempre verde. El verdor ceniza de oro de las hojas del matasano, contrastaba con la esmeralda de la hondonada. Pero a partir de esos dos verdes, cerrados para siempre los ojos de Diego Hun Ig, otros ojos, otras generaciones de ojos niños seguían contando los once verdes del corazón de la Abuela del Agua, hasta juntar los trece verdes necesarios para el dosel del Joyoso Señor de las Plumas de Quetzal que una mañana de estas nuevas mañanas, repartirá definitivamente a tierra entre los indios tamboreros…”. Todo ese final es un canto inmenso a la esperanza surgida de las luchas históricas y futuras. A pesar de la agresión que despoja, los campos siguen verdes y dando frutos. Asturias se convierte en una voz de denuncia de lo que ha sucedido con los pueblos indígenas, con los territorios y con los bienes naturales en la historia del país, así como lo que sucederá en los momentos álgidos del conflicto armado interno con el genocidio.
Esa denuncia también está en El Bueyón, el quinto de los relatos, evidenciando también la responsabilidad directa del imperialismo capitalista. La Caiduna conversa con su nieta cómo recibieron la tierra en la Reforma Agraria, pero también las atrocidades de la invasión estadounidense y mercenaria que destruyó esa significativa obra y cómo murió Naiqué Bueyón Cuyqué, su esposo, el abuelo de la niña con quien habla, al defender sus derechos agrarios. Uno de los bombardeos estadounidenses lo mató. La conversación de la anciana con la joven es el símbolo de la transmisión de la memoria para que la historia haga justicia. Y en las dos generaciones hay esperanza cimentada en la valentía de luchar contra esa atroz injusticia ocurrida en 1954: “-¿Y para qué se la quitaron, si no la siembran? / -Para tenerla en propiedad, y nada más… Es lo que quien los extranjeros, que nos arruinemos, que nos arruinemos todos con las tierras ociosas, para seguir siendo ellos dueños de nuestra miseria, de nuestra ruina, de nuestra pobreza… / -¡Fue un sueño, Nana Caida! / -Sí, un sueño que como fuego prendido en el descampado, se apagó pronto. / -Pero volverá a prender… / ¡Muchacha! / -Así dice la ‘Profe’. Un incendio que lo va a quemar todo, porque han quedado las chispas volando y las ideas no se apagan. / Y todo eso lo repite usted como lorito…”. En ese íntimo y amoroso diálogo, se muestra también la lógica de la hegemonía estadounidense en América Latina, que consiste en no permitir la autonomía de los pueblos.
En Cadáveres para la publicidad, el relato número 6, la defensa de la dignidad es de las mujeres. Ellas defienden a sus esposos, hijos y hermanos que eran miembros de distintos sindicatos y que fueron asesinados por los anticomunistas, guatemaltecos y gringos, que arrebataron el poder a la Revolución, y que ahora querían desenterrar sus cadáveres para filmarlos y fotografiarlos, construyendo la propaganda de que los comunistas los habían masacrado. Habían sido muertos por defender el proceso revolucionario y sus asesinos pretendían decir que los revolucionarios eran sus ejecutores. Pero las mujeres se oponen: “Bocas de madre que inmovilizaba la pena, acalambrándolas; de esposas que se tragaban el pelo y el llanto; de hijas que se pintaban con lágrimas de pellejo seco y pálido de las mejillas color de tripa; de hermanas que haraganeaban los brazos bajo los perrajes, atándose ellas mismas las ganas de lanzarse contra tanto canalla, tanto gringo chacal provisto de máquinas…”.
En Los agrarios, el séptimo capítulo, Tocho Marchena, ejemplo de terrateniente con una conciencia distinta al resto de su familia, se solidariza con los campesinos que han recibido la tierra en la Reforma Agraria y muere defendiéndolos, combatiendo a los mercenarios anticomunistas de la llamada “liberación”. Solamente su sobrina, Coralia Marchena, lo apoya. Agonizando, Tocho Marchena le dice a la joven, tomándola de la mano que ella le ofrece: “¡Cierra los ojos… no veas… espera que tu país vuelva a ser libre!”. Hay ternura y esperanza en la solicitud, al mismo tiempo que transferencia de la confianza en la continuidad de la lucha.
Y en el último de los relatos, Torotumbo, que cabe decir, y es fundamental hacerlo, que tiene uno de los inicios más poderosos en la literatura, el cual describe el terrible susto que la niña Natividad Quintuche sufre cuando ve un muñeco del diablo en la casa del siniestro alquilador de disfraces, Estanislao Tamagás, el final es la esperanza más enérgica de todas. Lo que hace Benujón Tizonelli es inmensamente maravilloso, evidenciando a Tamagás, miembro del Comité de Defensa contra el Comunismo, como violador de la pequeña Natividad, quien se desmayó en el caserón espantada por el diablo, y el viejo anticomunista aprovechando la situación, la ultraja haciendo creer a su padre, Sabino Quintuche, que el muñeco la había matado. Natividad es Guatemala y Tamagás, el verdadero diablo, integra a todos los sujetos asquerosos que desde diferentes posiciones han participado en el saqueo y explotación del país. Pero su vecino, el ítalo hortelano Benujón Tizonelli, lo descubre, y a partir del nefasto hecho de la violación y del engaño, lo obliga a realizar ciertas acciones para poder salvar la vida de personas señaladas en las listas del perverso Comité de Defensa contra el Comunismo. En el proceso, Tizonelli, personaje que representa a todos los revolucionarios del mundo, logra destruir al núcleo del anticomunismo en Guatemala. Al final de Week-end en Guatemala se hace justicia.
En la realidad, no hemos llegado aún a ese momento, pero la firmeza de la obra de Asturias permite confiar en que eso será posible. Y en la evidencia de lo que muestra el libro, pareciera que Week-end en Guatemala se escribió ayer, porque las prácticas de los grupos que manejan el poder dominante en el país, junto con el actual avance del imperialismo en América Latina, continúan con elementos similares a los de 1954. Y es que aunque existan diferencias propias de cada contexto, muchas estructuras de larga duración se mantienen, haciendo que la vigencia de una obra maestra como Week-end en Guatemala sea no sólo como documento histórico que retrata desde la brillantez literaria la atrocidad de la contrarrevolución de 1954, sino como advertencia del presente, como si se hubiese escrito ayer.
Tags: anticomunistas Literatura universal Miguel Ángel Asturias Portada Week-end en Guatemala








