Tierra encantada

No olvido que la verdadera calidez terráquea emana de su núcleo central que arde de lava y que conserva la temperatura estable de esta bola celeste y azul...

Fernando González Davison

noviembre 30, 2025 - Actualizado noviembre 29, 2025

Foto: INGUAT

Sí, he llegado a entender que vivimos en esta tierra encantada entre paisajes de pasmo del sol que relumbra al amanecer, se desplaza el giro terráqueo y al atardecer embruja con celajes de gloria, mejor si es entre montañas y volcanes, mejor si es en las playas del mar, de los lagos y ríos, entre arenas o selvas tupidas, en desiertos y colosos nevados. Sí, vivimos en una tierra encantada también por su flora y fauna que es tan pura como el alma de la lluvia, de la nieve, del viento, del fuego, del cálido mar.

Sí, vivimos en una tierra donde las nubes nos acurrucan y en las noches las estrellas nos iluminan con deidades cósmicas. Sí, vivimos en la trama de vida nacida desde la cuna de los tiempos y que se cultivó en los océanos procelosos lleno de agua venida de otras galaxias en forma de meteoros de hielo que llegaron por miles de millones a este sistema solar naciente bajo el imán de una estrella de fuego blanco, que era Dios para los antiguos porque su calor nos arrulla a todos por igual como el aire que vivifica a  árboles, animales de todo tamaño, todos inocentes al nacer, hermanos todos como decía Francisco de Asís en sus cantos a la natura y donde el hombre contra natura vive de una guerra tras otra como castigo por vivir bajo el sol, cuyos rayos generan la fotosíntesis de plantas y que sin sus rayos pereceremos, incluso las bacterias que no necesitan oxígeno.

No olvido que la verdadera calidez terráquea emana de su núcleo central que arde de lava y que conserva la temperatura estable de esta bola celeste y azul, vuelta un organismo viviente en sí, gracias a que recibió de otros meteoritos el adn de la vida en forma de espiral como el cosmos mismo y sus constelaciones que encierran a miles de galaxias en la penumbra del espacio sideral ahora que estamos en los albores de entender la majestad del universo dentro de otros multiversos iridiscentes y que hacen de nuestros ojos más singulares a pesar que son tan diminutos porque en esta esquina del espacio podemos ver en noches las creaciones  y recreaciones de estrellas espléndidas y los halos de constelaciones de múltiples colores.

Y es que el universo mismo es el mejor pintor de los mundos y cuyos detalles nos valemos del Hubble para adentrarnos en esas profundidades incógnitas que nos dejan llenos de espasmos como ver por microscopio mundos en miniatura tan inmensos como el cosmos mismo. Y hay otros por conocer bajo los océanos, donde sus aguas agitadas en la superficie no se sienten en las profundidades de silencio roto por los silbidos de las ballenas, orcas y delfines y, mientras se desciende a la plataforma marina, brillan en la oscuridad hongos, moluscos y medusas bioluminiscentes y gusanos, algunos con la piel invisible, luciérnagas luciferinas danzando melifluas en  la noche eterna que nos envuelve como la materia oscura universal que une el etéreo Todo.

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