Sobre el asesinato de Descartes

Por eso, este clérigo asesino cumplió, sin saberlo, el deseo secreto e íntimo que seguramente tuvieron muchos de estos personajes del poder, que temían que sus enseñanzas condujeran a la reina Cristina a convertirse al catolicismo, y a declarar de nuevo esta religión como la religión oficial del reino.

Camilo García Giraldo

septiembre 7, 2025 - Actualizado septiembre 6, 2025

René Descartes (1596-1650)

En septiembre de 1649 la reina Cristina de Suecia, inteligente, culta y amante del saber, invitó al ya reputado y prestigiosa filósofo y matemático René Descartes a Estocolmo para que le enseñara contenido de estas disciplinas. Descartes quien se encontraba “refugiado” en Holanda desde hacía 17 años para poder consagrarse en paz y soledad, lejos de las premuras académicas y sociales que tenía en París, y, de los avatares sangrientos de la guerra religiosa de Los treinta años que demolía a varios países europeos –la última guerra religiosa que protagonizaron los europeos- a las investigaciones físicas y matemáticas, y a las meditaciones filosóficas que se habían convertido en las grandes pasiones de vida, después de tener bastantes años atrás tres sueños  una noche de invierno en la ciudad alemana de Ulm donde se encontraba como soldado acuartelado, que le mostraron la necesidad de dedicarse de lleno a estas disciplinas del saber, como lo relata en su libro Meditaciones metafísicas.

Descartes, aceptó la invitación de la reina, y viajó a la capital sueca días después. Allí, se instaló en una pequeña en la casa del embajador de Francia que estaba situada a unas cuantas cuadras de distancia del palacio real, que, se fundía en el horizonte con el mar Báltico. Sin embargo, cuatros meses después de dar a la reina lecciones regulares en la biblioteca del palacio, Descartes enfermó severamente, y murió el 11 de febrero de 1650, aparentemente de una neumonía, que había contraído al exponerse al intenso frío invernal en su camino al palacio a las cinco de la mañana, hora que la madrugadora, laboriosa y disciplinada reina sueca había dispuesto para recibir sus lecciones.

Sin embargo, en 1980, el historiador y médico alemán Eike Pies halló en la Universidad de Leiden una carta secreta del médico de la corte que atendió a Descartes, el holandés Johan Van Wullen, que le envió a un antepasado suyo llamado Willen Pies, en la que describía los síntomas de su agonía como las náuseas, vómitos y escalofríos que no eran propios de una neumonía. Tras consultar a varios patólogos, Pies concluyó en su libro El homicidio de Descartes, documentos, indicios, prueba, que la muerte se debió a envenenamiento por arsénico, probablemente hecho por un clérigo fanático y reaccionario católico llamado Viogué, que vivía con él en la casa del embajador francés, en tanto consideraba que Descartes era un pensador herético peligroso y ajeno a las verdaderas enseñanzas de la Iglesia católica, a pesar de ser católico. 

Este capellán fanático, mató a Descartes por sus ideas y pensamientos. Eran ideas que no soportaba. Y, aprovechó la única e inesperada oportunidad de convivir con él para impedir que las siguieran propagando y difundiendo, y, menos, a una persona con gran poder como era la reina Cristina. Descartes, siempre se vio a sí mismo como el claro ejemplo de la sentencia paradigmática que escribió en su libro El discurso del método “Pienso, luego existo”. Es decir, él existía porque pensaba, tenía la certeza de su ser y existencia en la existencia de sus pensamientos. Este clérigo creyó ciega y erróneamente que acabando con su existencia acababa con sus ideas y pensamientos. Sin embargo, no comprendió para nada que los pensamientos de Descartes no le daban a él solo la certeza de su existencia individual, sino también, y, sobre todo, la trascendencia de su existencia más allá de su muerte, tal como en efecto, ha ocurrido a lo largo de estos siglos. Pues, matar o acabar con la existencia de un ser humano nunca acaba o destruye sus ideas, y menos, cuando esas ideas encierran conocimientos profundos y originales sobre el ser de los hombres o del mundo. 

Pero, además, este clérigo fanático, se convirtió, en la primera y única persona, hasta ahora, en haber matado a un gran filósofo. Su nombre será recordado, a partir de este descubrimiento del médico e historiador alemán Eike Pies, como el autor de la muerte de uno de los pensadores fundamentales y emblemáticos de la historia de la filosofía. Y, Descartes, es, y, será siempre recordado, por sus pensamientos e ideas originales y profundas sobre reglas y condiciones del pensar racional de los seres humanos. Y, también, a partir de ahora, por haber sido una víctima célebre de la ciega intolerancia de un hombre ciego e intolerante.    

Ahora bien, su asesinato sirvió, o, favoreció objetivamente, a las autoridades estatales y religiosas del país, que querían preservar la hegemonía política y cultural absoluta, que había adquirido la religión protestante en el país, desde que el rey Gustavo Vasa, un siglo antes, la declaró como la religión oficial. Y, que la recién terminada Guerra de los treinta años, de carácter primordialmente religioso, entre las principales potencias católicas y protestantes europeas de la época, incluyendo a Suecia, había contribuido a afianzar.

Pues, seguramente algunos de los miembros de la corte estatal y de la iglesia, lo vieron como una persona brillante y sabia, que podría socavar o cuestionar con sus lecciones las creencias religiosas protestantes-luteranas de la reina Cristina. Es decir, que es plausible pensar que los miembros de la corte protestante sueca no quisieran que este reconocido filósofo creyente de convicciones católicas convenciera, en virtud de su autoridad intelectual, a la reina de convertirse al catolicismo, poniendo así en peligro la primacía absoluta que tenía la religión protestante en el reino. Por eso, este clérigo asesino cumplió, sin saberlo, el deseo secreto e íntimo que seguramente tuvieron muchos de estos personajes del poder, que temían que sus enseñanzas condujeran a la reina Cristina a convertirse al catolicismo, y a declarar de nuevo esta religión como la religión oficial del reino.

Aunque esto no ocurrió, aunque las enseñanzas de Descartes no pusieron en peligro la hegemonía casi absoluta que había adquirido la religión protestante en el país, y su carácter oficial-estatal, es muy probable que sí hayan desempeñado un cierto papel en fortalecer el proceso de su conversión al catolicismo que seguramente la reina estaba comenzando a considerar en su intimidad cuando llamó a Descartes a su corte para que fuera su maestro.  

Y, cuando, cinco años después, en 1655, estuvo plenamente convencida de dar ese paso decisivo en su vida, no se propuso imponerla a todo el país valiéndose de su gran poder, como temieron quienes vieron con buenos ojos la pronta muerte de Descartes, sino solo vivirla en su intimidad. Por eso, abdicó al trono, y, se fue a vivir a Roma, al centro de la religión que adoptó con profunda convicción, hasta su muerte.

De tal modo que lo que quería la reina Cristina al invitar a Descartes para escuchar sus lecciones y enseñanzas era, en efecto, conocer las razones que tenía para fundamentar sus creencias religiosas católicas, para hacerlas suyas, y afianzar así su propósito de hacerse católica. En este sentido los miembros de la corte y de la iglesia luterana que temían que el filósofo francés pudiera convencer a la reina de la “verdad superior”, no estaban del todo equivocados. Pero, en cambio, sí lo estaban, al creer que esta posible conversión de la reina conduciría al reino a regresar al pasado, a convertirse de nuevo en un reino católico.

Pero, además, lo que más quería la reina al traer a Descartes a su corte era formarse como una mujer culta e ilustrada de la mano del pensador más célebre e importante de la época. Tal vez, porque pensó también, en algún momento, llegar a ser una reina filósofa, tal como Platón lo había reclamado en la Antigüedad griega. Llegar ser una mujer filósofa, la primera de la historia, gobernado los destinos de su país.  Sin embargo, renunció a ese íntimo propósito debido a que la pronta muerte de Descartes, ocurrida apenas cuatro meses después de su llegada a Estocolmo, le impidió seguir recibiendo sus lecciones que le permitieran completar su formación filosófica.

La abdicación al trono que hizo en 1655 se debió, entonces, a que comprendió con claridad la imposibilidad de ser lo que quería ser en su fuero íntimo, una reina católica gobernando un Estado y sociedad protestante, y una reina filósofa. Al comprender esta limitación de su poder, decidió renunciar a él, para poder ser una simple mujer católica ilustrada y culta viviendo en Roma, centro del catolicismo mundial. Por eso, la cualidad suprema de esta excepcional mujer de la historia política europea fue la de ser una mujer profundamente auténtica, una mujer que renunció a las prebendas y privilegios del poder político, para poder ser lo que quería ser.  

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