¿Por qué leemos tan poco sobre los problemas de las indígenas guatemaltecas en la opinión pública? ¿Es culpa de los escritores porque no escribimos suficiente sobre ellas? O ¿es que nos les estamos dando el espacio que necesitan para expresarse? Sea cual sea la respuesta y más allá de nuestras preferencias políticas, filosóficas o raciales, las indígenas son el segundo grupo más grande de mujeres del país y el tercero de personas si tomamos en cuenta a los hombres. Es por ello por lo que me alegró ver que Jaime Barrios Carrillo se preocupara por las mujeres k’iché’ en su columna del 6 de abril de este año, La Mujer en el Popol Vuh.
Pero mi alegría se quedó corta cuando, investigando para este artículo, no encontré más que un silencio sepulcral sobre el tema, con excepción de la iluminadora autobiografía de Otilia Luz de Cotí, publicada en Plaza Pública el 28 de noviembre del 2014. Esta autobiografía me recordó que cuando la voluntad individual y colectiva se ejercen en libertad podemos encontrar soluciones a los nuestros problemas. Lux de Cotí cuenta que, durante la parte más violenta de la Guerra Fría, siendo una universitaria, se organizó con otros mayas para buscar su propia consciencia y soluciones a sus problemas colectivos. Su primer reto fue descubrir quienes eran, de dónde venían, hacia donde iba y, más importante, cuáles eran sus compromisos, es decir, su existencia trascendental.
No todos los mayas fueron siempre víctimas pasivas del racismo español. Muchos encontraron espacios desde los cuáles ejercer su autonomía y alcanzar sus objetivos. Pero, la obsesiva y falsa clasificación que hacen varios intelectuales sobre los mayas y las mujeres k’iché’ como víctimas pasivas de estructuras opresivas, patriarcales y capitalistas o coloniales, nos impide entender la complejidad, matices, cambios y continuidades de su historia. Lejos de ayudarnos, este desenfoque histórico e historiográfico alimenta la creencia la indefensión indígena y de su necesidad de ser tutelados por ladinos buenos. Y es en esta crítica sobre la sustitución de los hechos históricos por teorías mal usadas, en donde comienza mi crítica al artículo de Jaime Barrios Carrillo y a la investigación de Dora Luz Cobián en que basó su análisis.
En 1995 Dora Luz Cobián publicó el artículo que sería la base de su libro sobre el cambiante papel de las mujeres k’iché’ de acuerdo con la “historia” contada en el Popol Vuh. En su ensayo Cobián argumenta qué: el espacio social textual ocupado por la mujer revelará un curso descendente de su status [evidenciado] en la nomenclatura femenina [del Popol Vuh] y en los valores encarnados por los personajes femeninos en las distintas etapas del desarrollo de la sociedad maya-quiché.
Cobián argumenta que la transformación de las mujeres k’iché’ de diosas, a semidiosas, a semimujeres y mujeres normales representa su pérdida de estatus sociopolítico en la supuesta historia económica de los k’iché’. ¡Un libro en un párrafo!
El problema con esta lectura feminista de Cobián es que no toma en cuenta que el “desarrollo” de las mujeres k’iché’ en el Popol Vuh es el mismo que el de los hombres. Es decir, también en la primera parte del Popol Vuh los protagonistas son dioses como Xpiyakok, luego semidioses como Junb’atz y Junchowen, seguidos por semihumanos como Balam Kitzé y Balam Ak’ab y terminando con humanos como el rey Kicab.
Además, asumir que las distintas historias del Popol Vuh siguen una historia lineal dirigida por el desarrollo agrícola de los k’iché’, incluso desde un punto de vista literario, es, como mínimo, ingenuo.
Ciertamente el Popol Vuh muestra un quiebre histórico en la cultura y política de los k’iché’. La primera y segunda parte desarrollan el mito de la creación maya y cuyos referentes artísticos más antiguos están tallados en los dinteles de La Danta, conocidos desde la década de 1970, y elaborados entre los años 300 a.C. y 150 d.C. La tercera parte describe el origen étnico de los k’iché’ en la civilización tolteca, descripta en la Historia Tolteca-Chichimeca, con sede inicial en Tula o siete Cuevas y desde donde salió exiliado el legendario líder Quetzalcoatl, a quien probablemente se refiere el Popol Vuh cuando habla de Nakxit, el rey que da los símbolos de poder a los fundadores de Utatlán. De esta forma, los giros en la narrativa del Popol Vuh no fueron causados por un desarrollo lineal de una supuesta sociedad k’iché’, sino por los cambios políticos, demográficos y culturales que afectaron a los reinos de Guatemala al final del periodo Clásico y durante el periodo posclásico maya.
Un segundo problema es el desconocimiento de la autora sobre la cultura k’iché’ pre-hispánica. Por ejemplo, me resultó incómoda su interpretación sobre que la referencia de los apellidos de las mujeres k’iché’, como pertenecientes a tal o cual “mansión”, hacen referencia a su supuesto papel doméstico. Al contrario de lo que Cobián argumenta sin evidencia, como en las sociedades europeas de la época, la familia era la unidad básica desde la cual se organizaba la sociedad y el poder k’iché’ y la “mansión” o “casa grande” era el apellido de las familias nobles, cómo decir que tal o cual rey perteneció a la casa de los York o de los Lancaster. Es decir, pertenecer a una “casa grande” se refería al carácter dinástico y noble de estas mujeres.
Además, ni los k’iché’s eran tan patriarcales como los hace ver Cobián ni la sociedad española era tan patriarcal como hacen creer estas interpretaciones feministas. De hecho, Fuentes y Guzmán comenta escandalizado, en el tomo dos de su Recordación Florida, que las mujeres k’iché’ solían tener relaciones sexuales libres durante sus fiestas y que sus leyes sólo castigaban el adulterio. Por su parte, la sociedad española, a diferencia de la francesa o inglesa, obligaba a la distribución equitativa entre los herederos y herederas; protegía el derecho de las mujeres de controlar su propiedad y negocios; y no imponía a las mujeres la mayoría de los tributos e impuestos que pagaban los hombres españoles o indígenas. Por ejemplo, Kimberly Guaderman (2003) menciona que esto permitió el surgimiento de las gateras o comerciantes mujeres en Quito, en el siglo XVII, que competían contra los comerciantes españoles, aprovechando que ellas no tenían que pagar impuestos. Catherine Komisaruk (2013) también presenta la historia de una mujer kakchiquel que demandó a sus padres ante la Audiencia de Guatemala porque no recibió su parte de la herencia, sino sólo sus hermanos hombre, en el siglo XVIII.
A estos errores etnográficos se le suma la ausencia de referencias y el cuento de que hubo una sola sociedad k’iché’ que pasó por un proceso económico agrícola lineal que sustituyó un matriarcado divino por un patriarcado fetichista. El Título de los Señores de Totonicapán da cuenta de otras comunidades k’iché’ y de la participación de sus mujeres en sus guerras.
Pero, mi crítica tampoco asume ingenuamente que las sociedades pre-hispánicas o coloniales españolas no tuvieran prácticas injustas y patriarcales para con las mujeres, indígenas, ladinas o españolas. Por ejemplo, la dificultad de divorciarse, la permisividad oficial de la violencia doméstica masculina y el intercambio de mujeres mayas por razones políticas o comerciales atestiguan la existencia de prácticas patriarcales. Pero, estas prácticas no niegan, sino que ilustran la complejidad de las relaciones de género en nuestras sociedades antiguas.
Pero, Barrios Carrillo usa la lectura feminista reduccionista de Cobián para convencernos sobre una supuesta necesidad de liberación maya de las estructuras patriarcales españolas, más brutales que las precolombinas. El autor argumenta que:
El triunfo de Ixquic resulta fundamental para entender y desvelar la necesidad de liberación del pueblo maya, en momentos en que las estructuras precolombinas habían sido rotas y se imponían otras nuevas y desconocidas, donde el nuevo patriarcado hispano, con aún más brutalidad, se imponía al precolombino.
Así, el estudio de Cobián tiene serios errores historiográficos que lo convierten en un cuento histórico y no en una historia verdadera. Y, esta sustitución de la historia por teorías, seguida por Barrios Carrillo, confunde la realidad con fantasía e irónicamente presenta a los mayas como víctimas con necesidad de tua y no como personas capaces de defenderse a sí mismas.
Ahora, el enfoque historiográfico de Barrios Carrillo es justificable por su deseo de solucionar las injusticias de género y raza en el país. Pero este tipo de “errores” también se ha vuelto la norma entre historiadores empíricos de derecha que desprestigian la historiografía guatemalteca sustituyendo la verdad por teorías que justifican el autoritarismo y la corrupción de clase y raza en el país. Y son estos usos incorrectos de la teoría para tratar de llena vacíos históricos o sustituir realidades incómodas, las que contribuyen a desaparecer a las mujeres indígenas de la opinión pública y de la realidad.
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