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La verdad, ese principio que alguna vez guio a la ciencia, la ética y hasta la política, parece hoy tan moldeable como lodo fresco: una sustancia manipulada por emociones, intereses y relatos. La verdad no debe entenderse como una fotografía del mundo, sino como una construcción social dinámica: un acuerdo frágil que sostiene a la confianza mutua. Lo dijo con claridad el filósofo y periodista holandés Rob Wijnberg: “La verdad no es una descripción fiel de la realidad, sino una promesa compartida”. Siguiendo el pensamiento pragmático de Richard Rorty, Wijnberg plantea que lo verdadero no es lo factual, sino aquello que “funciona” en un contexto social determinado. Ahora bien, esa noción de verdad como “lo que funciona” necesita estar anclada en principios éticos claros, de lo contrario, puede ser explotada —como ocurre hoy— por discursos autoritarios. No hay que olvidar que la realidad no habla; solo los humanos lo hacemos. Y lo hacemos a través del lenguaje, con todo lo que ello implica: interpretación, exclusión, reglas, normas y poder. Necesitamos de lenguaje para decir verdades. Esta mirada desafía la concepción clásica de la verdad como correspondencia entre pensamiento y mundo. En su lugar, propone una idea más social: la verdad como contrato colectivo, como el pegamento invisible que nutre a la confianza, la cooperación y la solidaridad en la sociedad.
Pero aquí surge una pregunta inevitable: si todo depende del relato, ¿cómo distinguimos entre ciencia y propaganda, entre conocimiento y manipulación? ¿No es esta visión la antesala del relativismo absoluto? Rorty habría respondido que la verdad siempre ha sido relativa. Sin embargo, también defendía que, a diferencia de una creencia, el poder de la verdad proviene de su sobrevivencia ante la falsabilidad. Lo importante no es la fidelidad a “lo real” —algo siempre mediado por lenguaje y contexto—, sino la función social detrás de la refutabilidad: permitir que cuestionemos, confiemos, y convivamos. La verdad no se impone como una visión única y objetiva del mundo; se construye como una herramienta para vivir juntos sin destruirnos. La verdad requiere de evidencia. Como le indicó un estudiante a Keynes, “cuando cambias los hechos, cambio mis creencias”. El problema, entonces, no es la multiplicación de verdades relativas. El problema es que, sin espacios para practicar el escepticismo sano, hemos perdido la capacidad de construir una narrativa colectiva honesta, que nos proyecte hacia adelante y nos permita progresar. En ese vacío florecen relatos regresivos: dogmas ideológicos, nacionalismos nostálgicos, políticas identitarias, teorías de conspiración y chivos expiatorios al por mayor. Estas no son meras anécdotas. Son síntomas de una crisis más profunda: la ruptura de la confianza social.
Lo más perturbador es que esto no es un accidente. Es el resultado lógico de décadas de hipocresía institucional, exclusión estructural y discursos falsos. Muchos de los mentirosos actuales no inventan nada nuevo; simplemente dicen en voz alta lo que antes susurraban a puertas cerradas, ahora sin alguien que les cuestione. El cinismo se normalizó. El resentimiento encontró altavoces. Y la verdad —esa frágil promesa compartida— se rompió. Esta no es una revelación. Es una catástrofe. Porque cuando la verdad colapsa, también colapsa la confianza, se deslegitiman los lazos sociales y se envenenan las relaciones. Sin confianza, no hay proyecto común posible.
¿Qué nos queda, entonces? Nos queda la esperanza. No una esperanza ingenua ni mágica, sino una esperanza trabajada: la que se cultiva lentamente en aulas, en los lugares de trabajo, en los medios responsables, en espacios donde se practica la escucha activa y aún sobrevive la pregunta sincera. La educación —no solo formal, sino ética y afectiva— es la única herramienta que tenemos para reducir la crueldad y amplificar la voz de los más vulnerables. Porque sí: toda esperanza tiene algo de fantasía. Pero también necesita de un espacio: instancias designadas para descubrir que podemos rehacer el pacto social desde los valores; para decidir que esta crisis no es un punto final, sino un momento de elección. Tal vez, solo tal vez, de estos espacios pueda nacer un nuevo conjunto de verdades. Verdades que no ignoren el dolor, pero tampoco se rindan ante el cinismo. Verdades que no teman reconocer que, sin diálogo, sin humildad y sin el coraje que conllevan las preguntas punzantes, no hay futuro.
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